Cierta vez me enamoré de una de labios muy gruesos, sin pensar que con sus besos me dejaría en los huesos.
El día que la conocí no fue mi día de suerte: su "chupeteo-morreo" casi me causa la muerte.
Estaba yo ilusionado con darle mi primer beso, por probar la resistencia de unos morros tan espesos.
Al principio, todo bien, no pintaban mal las cosas; lo malo vino después con aquellas dos ventosas.
Se crió con las cabras, no sabía bien besar, pero era toda una maestra cuando se puso a chupar.
Y así, chupa que te chupa, ella seguía engordando; yo, cada vez más canijo, cada día adelgazando.
Doy gracias hoy a los cielos por no abrirle la bragueta, porque de haberlo intentado, ¡me quedo sin piruleta!
Sin fuerzas para dejarla y sin llegar a la meta, no me mantenía en pie: terminé en la cuneta.
Cuando ya me recuperé le solicité sus besos; no quiso saber de mí... ¡Ella no chupaba huesos!
Le estoy muy agradecido por haberme rechazado: mejor vivir sin sus besos que acabar ya deshuesado.
Ahora luzco mi esqueleto con orgullo y con prudencia, que una novia con ventosas te aniquila la existencia.
































