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domingo, 18 de enero de 2026

El peligro de las ventosas

 El peligro de las ventosas

Cierta vez me enamoré de una de labios muy gruesos, sin pensar que con sus besos me dejaría en los huesos.

El día que la conocí no fue mi día de suerte: su "chupeteo-morreo" casi me causa la muerte.

Estaba yo ilusionado con darle mi primer beso, por probar la resistencia de unos morros tan espesos.

Al principio, todo bien, no pintaban mal las cosas; lo malo vino después con aquellas dos ventosas.

Se crió con las cabras, no sabía bien besar, pero era toda una maestra cuando se puso a chupar.

Y así, chupa que te chupa, ella seguía engordando; yo, cada vez más canijo, cada día adelgazando.

Doy gracias hoy a los cielos por no abrirle la bragueta, porque de haberlo intentado, ¡me quedo sin piruleta!

Sin fuerzas para dejarla y sin llegar a la meta, no me mantenía en pie: terminé en la cuneta.

Cuando ya me recuperé le solicité sus besos; no quiso saber de mí... ¡Ella no chupaba huesos!

Le estoy muy agradecido por haberme rechazado: mejor vivir sin sus besos que acabar ya deshuesado.

Ahora luzco mi esqueleto con orgullo y con prudencia, que una novia con ventosas te aniquila la existencia.

Agua amarga en la fuente

 

Agua amarga en la fuente 

 

El pueblo no tenía luz, ni tampoco agua corriente; la moza, al atardecer, iba por ella a la fuente.

Allí la espera su mozo, aprovechan la ocasión para apagar cierto fuego tras un fuerte sofocón.

Con el tiempo muy medido, y tras hacerlo una vez, los dos quedan encendidos, tienen que apagar la sed.

El mozo coge el cántaro, bebe un trago apresurado; su cara se pone roja, cae al suelo desplomado.

La moza sale corriendo, entre gritos y llorando, pide ayuda a los vecinos: ¡el mozo se está ahogando!

Llega corriendo la gente, él está ya "medio frito", los pantalones bajados... ¡Y muy tieso el pajarito!

«Este tío no está muerto, es duro como una roca, se puede recuperar haciéndole el boca a boca».

Unos aprietan su pecho, ella soplando y chupando... ¡Cuando retira su boca, sale una rana saltando!

Casi se va al otro barrio, por un descuido temprano; por coger agua de noche... ¡Y no vigilar el rano!

El mozo ya no va al caño, ni se baja los calzones, que ahora el pueblo le canta la copla de los ramones.

El frío y la gaita

El frío y la gaita

En pleno día de invierno, con nieve por el barrio, a dos mujeres hablando les oí un comentario.

Marché corriendo a casa, pues hacía mucho frío; tenía que sacar al perro y pasear al marido.

Con el perro me caliento, me enfrío con el marido, que ya no vale por nada, anda medio "chuchurrio".

Los tres en plena armonía se fueron a pasear, pero al pobre del esposo le dieron ganas de mear.

Como está mal de la próstata, poco pudo aguantar, le daban fuertes dolores y necesitaba orinar.

Sacó fuera la piruleta tras un arbusto escondido, disimulando la cosa para mear con sentido.

Se enfrió la piruleta antes de haber terminado; quedó como un churro tieso que cuelga de un tejado.

La mujer, al ver aquello, tuvo pronto una idea: empezó a soplar el churro, ¡a ver si lo descongela!

Allí sopla que te sopla, y no para de soplar... por más que sople esa gaita, nunca volverá a sonar.

Moraleja de esta historia: si el invierno es muy crudo, mejor quédate en casa y no saques el "canudo".

La Mata hombres

La Mata hombres

Ella lo tenía todo, alias la «Abundante», por su cuerpo tan grandioso, por detrás y por delante.

Era como visitar una tienda de fiambre: ver jamones, grandes quesos, y poder calmar el hambre.

Como solo comían sopa, de vez en cuando un buen vino, soñaban con el jamón mucho más que con tocino.

La «Abundante» se pasea por la noche y por el día, presumiendo de su cuerpo, exhibiendo mercancía.

Todos sueñan con estar con tan singular criatura, pero ninguno se atreve: no se ven a su altura.

Un valiente salta al ruedo y le pide casamiento; ella, que arde en deseos, le da el sí en el momento.

La alegría en los pobres es muy poco duradera: el marido duró un asalto, cayó a la primera.

Se cargó a cientos y cientos, hay quien cuenta por millares; dicen que hasta a un coronel y a un cuartel de militares.

Ya no es más la «Abundante», le cambiaron el renombre: es una fiera terrible, ahora es la «Mata hombres».

Ya nadie busca su alcoba, huyen de su compañía, que estar a la altura de ella... ¡Es morir de alegría!

Evolución y castigo

 Evolución y castigo

Evolucionó el sexo, aunque muy lentamente. Situémonos en los cuarenta, olviden el presente.

Las mozas muy controladas, algunas llevaban palos; los mozos más liberados, pues no quedan embarazados.

La madre decía a la hija: —Hacerlo no es un placer. Los hombres son unos burros y te va a tocar doler.

Lleva tu honra al altar, conserva bien la decencia, que al hombre no le gusta mujer con experiencia.

Si pierdes esa honra y él no se casa contigo, te quedarás solterona, arrugada como un higo.

Difícil para el mozo pillar algo de chiripa; jodido para la moza si se le hinchaba la tripa.

Vergüenza para la familia si ella no estaba casada. Al niño: «hijo de puta», sin tener culpa de nada.

El hombre siempre putero, la mujer callada y pura. En esos extraños tiempos, mejor era hacerse cura.

Las cosas cambiaron mucho, hoy el mundo es más «chulo»; a los que nos tocó esa época, bien nos dieron por el culo.

El Petirrojo y el Carbonero

 

El Petirrojo y el Carbonero

Antiguamente en los pueblos usaban mucho el carbón, y ocurrió un caso extraño que cuento a continuación.

Todo el mundo tenía mote, y a uno el «Petirrojo» apodaban; por tener el pelo rojo de esa forma lo llamaban.

Se casó con una moza, bien apuesta y muy mañosa; ella también tenía el suyo: «María la Cariñosa».

Tuvieron pronto tres hijos, él trabajaba un montón, y para ganar más dinero se dedicó al carbón.

Un niño salió pelirrojo, los otros de tez oscura. Al no entender el motivo, le asaltó una gran duda.

Corría un rumor por el pueblo que le causaba amargura, y por aclarar el misterio decidió acudir al cura.

—Me estoy volviendo loco, con tanto lío en la mente: de los tres hijos que tengo, dos no parecen ser míos.

—Los hijos los manda el Señor, con colores diferentes; tu color es muy extraño, no tendría remanentes.

Tienes que lavarte bien, que trabajas en el carbón; es posible, analizándolo, que encuentres la solución.

Si no usas estropajo y bien no te la has lavado, el miembro se queda negro... ¡Y ahí es donde la has liado!

¡Qué puta casualidad que fuera a ver a aquel cura! Al que llamaban «El Negro» porque su tez era oscura.

Así se quedó tranquilo, lavándose con pasión, sin ver que el tizne del cura no salía con jabón.


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Hermanos de Leche.

Hermanos de leche

 Nacieron el mismo mes, sin poderlo predecir, ni saber, ya de adultos, lo que les iba a ocurrir.

Amigos hasta los quince, en tiempos de emigración, cada cual tomó su rumbo tras aquella separación.

Al cabo de varios años se volvieron a encontrar, y en unas vacaciones se llegaron a enamorar.

Al enterarse, las madres los trataron de apartar: «No pueden ser un matrimonio, son hermanos», dicen al hablar.

Ellos no pueden creerlo, les parece una traición: son de madres diferentes y de distinta unión.

Exigieron la respuesta a tan extraña cuestión, y al juntarse las mujeres dieron esta explicación:

«Una se quedó sin leche, pecho no podía dar; pidió ayuda a la otra, que a los dos dio de mamar».

«Eso los hace hermanos, no es una cosa secreta, es la ley establecida por compartir la misma teta».

Supersticiones antiguas que la gente se creía... ¿Quién sería el inventor de tan grande tontería?

Así quedaron los dos. Víctimas de aquel error. Que por leyes sin sentido,"pusieron freno al amor"



Mucha bulla y poca guerra

 

Esas costumbres de pueblo en la ciudad se han perdido: en la noche de bodas, ir a escuchar el ruido.

Como la cama era vieja y el colchón era muy duro, por amarse en silencio los novios pasan apuros.

Los mozos montan la guardia al pie de la ventana; que de todos era sabido lo fogosa que era Juana.

Conocida de los mozos, en el amor era fina; de los gallitos del pueblo había sido la gallina.

Se casó con el más burro, pues nadie más la quería, y eso aumentó el morbo: ¿cómo se comportaría?

Comienza pronto el jaleo, van dos horas sin dormir; la Juana pide más guerra, solo se la oye gemir.

Se produce un gran silencio, no saben por qué cuestión, y allí quedan esperando a la "segunda función".

Después de aquel descanso quedan todos sorprendidos, cuando él le dice a ella: —¡Te meteré lo no oído!—

—Tanto meter y sacar nos puede dar un problema; como me entra muy justo, mejor untarlo con crema.—

Se marchan todos corriendo: —¡Ese bruto la remata!— —Daño no puede hacerle, ¡si aquello es una alpargata!—

Lo que no saben los mozos es que el "bruto" es un pillo: sabiendo que lo escuchaban... ¡Metía y sacaba el anillo!

Así engañó a los curiosos, que se fueron con el chasco; mientras los novios reían, ¡cenando un buen churrasco!

Se Murió Muy Tranquilo





 La mujer está llorando, el marido está muriendo. Él tiene los ojos cerrados, y parece que está sonriendo.

—Cariño, no te me vayas, trata de espabilar, te prometo ser mejor y que voy a cambiar.

¡Qué extraña promesa!, él no se la puede creer. Abre los ojos como platos por si no es su mujer.

—No necesito que cambies, sigue guapa y tan tiesa. Me iré feliz de este mundo si cumples una promesa.

—Te juro por mi cariño, que dejaré de ser tiesa. Me pidas lo que me pidas, yo cumpliré la promesa.

—Vas a quedarte viuda y estás muy de desear; no quiero que me llores, te tienes que volver a casar.

Pero no con cualquiera, recuerda lo que te digo: te casarás con Antonio, que es mi mejor amigo.

—¡Eres tan buen marido! ¿Cómo se te ocurre eso? Él está solo y soltero... ¡y está mejor que un queso!

—Es porque lo quiero mucho, mi amigo de toda la vida: ¡si tú te casas con él, pronto me hará compañía!

Así me muero tranquilo, sabiendo que mi destino, se lo vas a hacer pasar al pobre de mi vecino.

La Partera de la Aldea

La Partera de la  Aldea

Obtuvo por correo, su título de partera. En una aldea olvidada, ella era la primera.

Eran tiempos sin cesáreas, sin ciencia ni medicina; ensayó sus habilidades cuando paría la gorrina.

Es una noche muy cerrada, el pueblo no tiene luz. La vecina, primeriza, está por dar a luz.

El marido está borracho, de la noche a la mañana. Para estorbar en el parto, se ha quedado en la misma cama.

Un debut muy complicado, una experiencia muy dura; todo lo hace a tientas, la madre poco ayuda.

Buscando entre las piernas algo empieza a asomar. Para animarlo a salir, lo empieza a acariciar.

El cuello estira y estira, los hombros sin aparecer. Siente de pronto un espasmo, y el niño se vuelve a esconder.

Experiencia negativa, la mujer sigue gritando, y el marido, relajado, se queda en la cama roncando.

Tuvo muy mala suerte en aquella vez primera. Viendo lo que tarda el niño, ya no quiere ser partera.

Se pasó a veterinaria, era menos complicado: la hembra pare solita, sin un macho a su lado.

Prefiere tratar con vacas, o con yeguas en el prado, que al menos no tienen suegras, ni un marido emborrachado.



El Secreto de la Mairena

 El Secreto de la Mairena

En el pueblo era sabido que la iglesia no pisaba; no practicaba el rito y el cura no le gustaba.

Tiene un secreto muy gordo que no se puede guardar, y un día le pide al cura que se quiere confesar.

El cura queda extrañado de cambio tan repentino: «esa oveja descarriada al fin halló el camino».

—Bienvenido sea al rebaño si viene arrepentido; confiese sus pecados, será bien recibido.

Se hinca para la cura, recibe la bendición: —Nadie sabrá tus faltas, secreto de confesión.

—Yo solo quería decirle que me tiro a la Mairena, «horno caliente» de mote, ¡esa tía que está tan buena!

—¡Tienes que dejar de hacerlo! ¡Que ella es mujer casada! Si se entera el marido, va a darte una cornada.

—No dejaré de hacerlo mientras el cuerpo aguante; no me importa el infierno, yo seguiré adelante.

—Si no estás arrepentido, ¿por qué vienes a confesar? —¡Es para que sienta envidia, al no poderlo contar!

Se marchó muy satisfecho por dejarlo con la duda, que el pecado sabe a poco si no se entera el cura.


Aquella Etapa Maldita

 

Aquella etapa maldita, difícil de confesar: las veces que la tocabas a la hora de mear.

Las reglas eran estrictas, una cosa exagerada: tomarla con solo dos dedos, nunca la mano cerrada.

La tarea era difícil, un esfuerzo sobrehumano; si la tenías encogida, no alcanzaba ni una mano.

El cura con su sermón y el canto del aleluya, haciéndote pecar por tocar una cosa que era tuya.

Siempre espiando al cura, de noche y de mañana: ¿Cómo coño se la sacaba debajo de la sotana?

El vino que se bebía se debía evaporar; dos años de monaguillo y nunca le vi mear.

Hasta llegué a pensar que el cura no tenía pito, y meaba como las viejas: agachándose un poquito.

Recé muchos padrenuestros y miles de avemarías, castigado por usar mal esas cosas que eran mías.

Al final, desesperado y sin poder aguantar, le daba cuatro meneos al terminar de mear.

El Tesoro del Lavadero

El Tesoro del Lavadero

Montando guardia en el río, rondando por el lavadero, buscando algún dormitorio o el más pequeño agujero.

Vestían con tanta ropa, no enseñaban ni el tobillo, y no dejaban que viera ni el pelo del sobaquillo.

Cierta tarde, una mozuela yo me puse a vigilar; se acercaba al lavadero sin ropa para lavar.

Como ya estaba oscureciendo, me pareció muy extraño; pensé: «cabe la sospecha de que quiera darse un baño».

Miró, bien a su derecha, vio que nadie se acercaba, se despojó de su ropa... ¡Y no llevaba ni bragas!

Tras un matojo de negrillos, allí me quedé mirando; sabía que estaba mal, pero seguía espiando.

De tanto darle a la mente, la razón quedó maltrecha; pequé con el pensamiento... y con la mano derecha.

Ver ese cuerpo desnudo fue para mí todo un drama: sin saber cómo ocurrió, soñando mojé la cama.

Pasaron ya muchos años, de aquel río y el pecado; pero aún veo a la moza, cuando duermo descuidado.

Inesperado Contratiempo.

 El Contratiempo

Me tocó comerle el coco para una cita amorosa. Se puso la mar de tonta pidiendo mil y una cosas.

Que fuera un lugar tranquilo, que estuviera bien aseado, sin vecinos en la puerta, pero no muy alejado.

El colchón, viscoelástico; la habitación, bien pintada; con suelo de moqueta y con la cama dorada.

Que me vistiera de gala en las grandes ocasiones, y que fuera preparado con una caja de condones.

Pensaba recuperar el dinero allí invertido; ¡había tardado más tiempo que la cigüeña en su nido!

Al contemplar la escena se quedó muy emocionada; recibió tal impacto que se le cayeron las bragas.

"¡Desnúdate!", le dije, "yo estoy listo al momento". Pero ella me dijo "no", y surgió el contratiempo.

"Habrá que dejar la cita para mejor ocasión; hoy no va a poder ser porque llevo puesto un tampón".

Me quedé frío del todo ante aquella bobada: ¡que se taponara el chichi jamás me lo esperaba!

"¡Tendrías que haber avisado que taponabas el chocho! Lo hubiera solucionado con un simple sacacorchos".

Tanto lujo y tanto traje, tanto esfuerzo derrochado, para acabar con el vino por un corcho bien guardado.


La Pareja y la Contorsionista

 La Pareja y la Contorsionista

Él pesa más de cien kilos, ella menos de cuarenta. A la hora de amarse, es para tenerlo en cuenta.

Son enormes diferencias, una cosa de locura. Por mucho que lo intentan, no hallan jamás la postura.

La normal, la de toda la vida, es muy difícil de usar: él no da nunca en el blanco y la puede hasta asfixiar.

Si ella se pone encima, —postura muy socorrida—, el pito no encuentra sitio si lo impide la barriga.

Compran revistas de adultos para poderse ilustrar; prueban todas las posturas y ninguna saben dar.

La pareja, tan perfecta, se empieza a deteriorar: él por no bajar de peso, ella por no adelgazar.

La relación se termina, se nota a simple vista. Más el panorama cambia al ver a una contorsionista.

Ver a la contorsionista despertó sus emociones: ¡una doblándose así llega a todos los rincones!

Se hizo ella experta en el arte, fue su mejor aventura. Ahora es la que manda en cama con mil y una posturas.

Hoy viven muy felices, sin quejas ni amargura, pues donde no llega el pito ¡llega la arquitectura!



El Precio de la Honoria

 El Precio de la Honoria

Cinco cabras me pidieron los padres de la Honoria; me reservaban a la hija para que fuera mi novia.

No acepté la propuesta, no sabía qué pensar: yo era un niño mocoso y ella a medio criar.

Mi contraoferta fue una cosa algo más fina: lo más que podía ofrecer era darles una gallina.

Sus padres casi me pegan y me tildan de roñoso, que soy un miserable, además de un tonto soso.

Al no llegar a un acuerdo, todo aquello fue cambiando: las formas de buscar novia fueron mucho mejorando.

Se podían hallar gordas, se podían buscar finas, sin necesitar las cabras ni cambiarlas por gallinas.

La Honoria seguía sin novio, ya era una veinteañera; la madre, desesperada, vio que se quedaba soltera.

Era demasiado tímida y de curvas carecía; era un poco difícil colocar la mercancía.

Barata me la ofreció, estaba ya de rebaja; lo que querían sus padres era sacarla de casa.

Alaban sus cualidades: "¡Es una chica divina! Trabaja mucho, come poco y en la cama es muy fina".

Pasó la era del trueque, la cosa marcha mejor: en estos tiempos actuales uno se casa por amor.

Y aunque el amor sea muy lindo, celebro con gran euforia que aún conservo mis cabras y no me cargué a la Honoria.

¿Como Consiguió la Medalla?

 

Era el marido ideal, amante y trabajador; casi el hombre perfecto, de lo bueno, lo mejor.

Su leve defecto era que, algún fin de semana, se pasaba con la bebida y se meaba en la cama.

A un marido tan bueno lo quiere perfeccionar: que corrija ese defecto y no se vuelva a orinar.

Verlo en tales condiciones le produce mal humor, y le manda que se duerma en el sofá del comedor.

Él duerme como un tronco, pues lo mismo le da descansar en el colchón o dormir en el sofá.

La mujer, que es católica, contó su desventura; al ir a confesarse, se lo dijo al señor cura.

Él, tratando de ayudarla, le ofrece un gran remedio: le entrega una medalla de la Virgen del Remedio.

—Cuando esté bien borracho y no se entere de nada, ata esto a su atributo y evitará la meada.

La mujer así lo hizo. Él despertó atontado: con el "miembro" al doble de tamaño, pero no se había meado.

Al mirarse la entrepierna descubrió la medalla: —¡Joder! Menuda batalla ha librado esta metralla.

La mujer le pregunta: —¡Estás hecho un desastre! ¿Dime qué hiciste anoche? ¿Dónde coño la pillaste?

—Del lugar no me acuerdo, mi memoria allí me falla... ¡Pero debió ser un convento, pues me han puesto una medalla!


Fea pero Cariñosa.


 Sueños de la juventud: tener una novia hermosa, sin pensar que "la no bella" te brinda mejores cosas.

Tuve una allá en el pueblo que no era una hermosura, pero tenía de todo... aunque era bruta y muy ruda.

Me hacía muchas caricias si me encontraba cansado; con sus manos tan ásperas me dejaba relajado.

Labios curtidos y gruesos, y si me daba un "chupetón", un mes me dejaba marca luciendo aquel moratón.

Sus pechos eran enormes, ¡yo estaba entusiasmado! Al meter uno en la boca casi muero asfixiado.

Dalle un pellizco en el culo era pura fantasía; me quebré una vez los dedos de lo duro que lo tenía.

¿Y en el amor? ¿Qué decir? Nunca llegué yo a la meta; sentía un pánico enorme al bajarme la bragueta.

Sabía que con sus manos debía tener cuidado: si agarra el "pinganillo", lo deja despellejado.

Como estaba muy seguro que nunca me dejaría, no le hacía mucho caso, la tuve desatendida.

Ella quería algo serio, buscaba echar sus raíces... ¡Se fue con otro y me dejó con un palmo de narices!

Memorias de Tinta y Pizarra.


 Al pasar frente a la escuela, me vuelven a resurgir las fatigas que pasé para aprender a escribir.

Con una simple pizarra me tenía que apañar: pizarrín para escribir, un trapo para borrar.

No utilizaba cuaderno ni un simple lapicero; era una época mala, carecía de dinero.

Aprender a usar la pluma me llenó de frustraciones: al mojarla en el tintero me llenaba de manchones.

Tuve una enciclopedia en la que pude estudiar; salí pronto de la escuela, no la pude terminar.

Como sabía sumar, ya tenía suficiente: me llevaron a un comercio como simple dependiente.

La maestra, un sargento, siempre estaba bien armada: unas veces con la regla, otras veces con la vara.

Ella mandaba en la escuela, el cura en la religión; y los padres siempre decían: "Ellos tienen la razón".

Tenía que estar atento, tenerla siempre contenta; decían en esos tiempos: "La letra con sangre entra".



El Milagro del Cura

 El Milagro del Cura

Un matrimonio normal pasa una época dura: ella no se queda encinta y piden consejo al cura.

El cura les ha prometido rezos al mismo Señor, pero antes deben decirle cuánto hacen el amor.

Los pilla desprevenidos, no saben qué contestar; le piden cinco minutos para poder calcular.

Los cálculos son exactos, responden con avidez: los dos están de acuerdo, ¡lo hacen una vez al mes!

Le pregunta a la mujer por tan poca actividad: —Mi marido la tiene floja, es una calamidad.

Al escucharlo, el marido contesta de mala gana: —Ella lo tiene escondido, ¡más seco que la mojama!

—Los dos estáis anticuados, esas no son las razones; hay muchas cosas hoy día, traigo aquí las soluciones.

Antes de hacer el amor, como algo muy natural, rebózate bien el "sitio" con crema lubricante.

Y tú, marido, al día, con algo que nunca falla: una horita antes de todo, te tomas una viagra.

Si nada de esto funciona o no lo sabéis hacer, como buen samaritano me dejas a tu mujer.

Soy como el buen pastor que cuida bien su rebaño; estoy joven y en forma, puedo hacer un buen apaño.

Llegó el niño esperado, no se sabe con qué ayuda: si fue efecto de la viagra... ¡O fue la gracia del cura!

La Flor que Nació del Dolor 2º

 2º capítulo de la flor

Ahora interviene Cupido, la princesa ya está lista. Surge al fin ese flechazo: amor a primera vista.

Lanza otra flecha al príncipe, apuesto y desconocido. Cupido, ya se retira: cumplió con su cometido.

Al Rey no le gusta nada ver a su hija asediada. «Si no la encierro pronto, me la dejarán preñada».

La encierra en una torre donde nadie pueda subir. Guarda muy bien las llaves, vela por su porvenir.

Su enamorado la ve al otro lado del foso. No puede vivir sin ella, en su vida no hay reposo.

Cuando el amor es tan fuerte no existen impedimentos; en situaciones extremas a veces surgen inventos.

Una maroma con garfio para salvar el abismo; cruzó el príncipe el foso: ¡inventó el funambulismo!

Otra con nudos y garfio es la que lanza a su amada. Sube por la pared alta, así inventó la escalada.

Una vez juntos, los dos, dan rienda suelta a su amor. Ella queda embarazada... y aquí surge lo peor.

Al verle la tripa hinchada, el Rey se queda asombrado: «¡Si yo te tengo encerrada! ¿Cómo coño te han preñado?».

«La torre no tiene váter, lo hacía fuera del muro, dejando así al descubierto buena parte de mi culo.

Mi enamorado vigila por la noche y la mañana; me apuntó con su cañón... ¡Y acertó en plena diana!

Al recibir el impacto me asusté en ese momento; cerré fuerte las piernas y se me coló hacia dentro».

El Rey quedó pensativo, no le entraba en la cabeza, pero no quiso ignorar a un joven con esa pieza.

«No lo dejes escapar, aprovecha la ocasión: no hay otro en el contorno con tan potente cañón».

El Rey le cedió su trono, estaba muy convencido: con el cañón de su yerno estaba bien defendido.

Se celebró una gran fiesta con gran menú incluido, y la princesa presumía del cañón de su marido.

Las damas del contorno se sintieron marginadas; sus maridos tenían solo carabinas descargadas.

Su reinado fue feliz, dejó buena descendencia. Mejoraron los cañones y ganaron en potencia.



La Flor que Nació en el Dolor 1º

 La Flor que Nació en el Dolor

Un relato de amor, pérdida y belleza

Había un Rey muy bondadoso, y una Reina sin igual, todo era maravilloso en aquel reino ideal.

Para más felicidad, la Reina quedó encinta. Esperaban un varón de noble y regia impronta.

Pero la dicha completa no suele durar cien años, y al llegar el nacimiento surgieron los desengaños.

La criatura viene inversa, se complica la partida, y los médicos no saben cómo salvar esa vida.

La Reina se debilita, el bebé no quiere salir, y ella entrega su aliento sin terminar de parir.

El Rey, ante tal tragedia, da la orden terminante: —¡Tiren fuerte del infante! ¡Hay que seguir adelante!—

No es un varón lo que nace, es una niña preciosa, parece una muñeca con su carita de rosa.

El Rey le entrega su amor, su ternura y su cariño; no piensa casarse más, ya no le importa un niño.

Mas la imagen del suceso en su mente quedó fijada: no quiere volver a ver a ninguna embarazada.

Pasan dieciocho años con toda normalidad, y la presenta en un baile a toda la sociedad.

Presentar a la Princesa es mostrar un diamante; todos quedan asombrados, su belleza es deslumbrante.

No parece una princesa, sino el más dulce clavel; todos se acercan a ella como moscas a la miel.

Esta bella joven reina hasta a mí me está gustando. Pasaré a otro capítulo y lo seguiré contando.


El Catálogo de Novias

 El Catálogo de Novias

Hijo en edad de casarse, lo que le falta es salero. La madre le busca novia, no quiere en casa un soltero.

Eran cosas de los pueblos, no se ven en las ciudades; le presenta candidatas con distintas cualidades.

—Siéntate, hijo, y escucha las novias que te he buscado; dime la que más te gusta o la que es de tu agrado.

Está María, hija única, que está a tu misma altura, sabe leer y escribir, tiene gracia y tiene cultura.

Mauricia, que cose bien, sabe zurcir calcetines; es una chica apañada de gustos muy afines.

La Paca es muy salerosa, luce, seda o un pingajo; sabe hacer de todo un poco, hasta la sopa de ajo.

Antonina es muy simpática, lo hace todo deprisa; es una joven devota, no se pierde nunca misa.

Juliana baila con arte, le gusta mucho la jarana; siempre está de buen humor de la noche a la mañana.

Dominga sabe de campo y cuida los animales; no conoce los catarros ni padece de otros males.

Todas ellas están bien, son sanas y muy honradas; nunca tuvieron un novio, ni han sido manoseadas.

—Esas cosas no me importan, la que me tienes que hallar es una de tetas grandes, ¡y que se quiera casar!


La Mirilla y la Zanahoria

 La Mirilla y la Zanahoria

Eran tiempos antiguos, ya pasados de moda, donde todo se estrenaba en la noche de la boda.

La novia, una pardilla, estaba muy asustada; nada sabía del asunto al estar mal informada.

Por eso le dice al novio: —Me tengo que preparar, entra cuando te avise, que me voy a desnudar.

Cuando ya está desnuda, le viene a la memoria: no sabe las dimensiones que tiene la "zanahoria".

Echa la llave a la puerta, la cual tiene una mirilla; es un simple agujero que le viene de maravilla.

Al querer entrar el novio, ella le dice con miedo: —Para saber cómo es, ¡enchúfala en el agujero!

El novio la metió floja, ella la empezó a tocar; aquello engordó tanto, que no la pudo sacar.

La mujer, al ver aquello, no se lo puede creer, escapó por la ventana desnuda a todo correr.

Él quedó toda la noche atrapado en la mirilla; aunque estuviera pillado, ¡la pasó de maravilla!

La novia se arrepintió, él le otorgó el perdón, y ahora se acuesta siempre... ¡Sin bragas ni camisón!

El Regreso del Difunto

 El Regreso del Difunto

Murió hace ya cien años, se fue estando muy cuerdo. Se toma unas vacaciones; quiere ver cómo está el pueblo.

La ruina que allí encuentra no es por casualidad. El pueblo está abandonado: se fueron a la ciudad.

Hacia allí se traslada, quiere ver la realidad. Debe de ser fantástico el vivir en la ciudad.

Se encuentra con atascos cuando la gente va al curro. Él nunca tuvo un atasco cuando viajaba en burro.

Asistió al Parlamento para ver una sesión. Eso era una jaula de grillos, todos armando follón.

En una manifestación no entendió lo que pasaba: la gente se volvía loca y todo lo destrozaba.

Fue a un partido de fútbol, pero no entendió nada. La gente se enfurecía con los que daban patadas.

Contempló a la juventud en los fines de semana: se marchaban a la cama a las seis de la mañana.

La gente corre que corre, aquello es un hormiguero. No entiende en qué compiten para llegar el primero.

Se montó en el metro y salió medio asfixiado. Le pisaron la cabeza, casi lo dejan planchado.

Allí las malas noticias vuelan de forma exagerada. Él era feliz en el campo sin enterarse de nada.

La conclusión que saca es que el mundo está loco; que para vivir feliz se necesita muy poco.

Se volvió al cementerio, a su tumba húmeda y fría. Allí descansa feliz, sin añorar esta vida.

Propuesta de Mejora

 


Propuesta de Mejora

Dos amigas comentando sus historias de casadas, una por Dios bendecida, la otra, por mil desgracias.

Una, marido de santo; la otra, marido demonio. Viudas están las dos hoy, tras aquel fiel matrimonio.

Una lo recuerda en llanto, la otra ríe sin medida; mientras una busca luto, la otra baila a la vida.

—Yo disfruté con el mío, en todo me complacía. Me daba amor por la noche y caricias todo el día.

Desde que él se marchó, se apagó mi corazón. Con él se me fue la vida, se me acabó la pasión.

No habrá otro como él, pues siempre le fui fiel. Solo espero que la muerte me reúna con su piel.

—¡El mío era como un cardo! ¡Nada, nada cariñoso! No me hacía sentir placer y era un hombre de lo más soso.

Me puso siempre los cuernos, cientos y miles de veces. Cuando supe del asunto... ¡Se los pagué con creces!

Ahora que ya está muerto, no lo quiero ni nombrar. Soy una mujer libre y lo pienso disfrutar.

Una añora la muerte, la otra busca diversión. Siendo vidas tan distintas... ¿A cuál darás la razón?

Propuesta de Mejora

 

Propuesta de Mejora

Un día de primavera, en una noche estrellada, creí ver a una belleza en una silla sentada.

Me fui a la cama pensando: "¿Quién será esa belleza?". No pude dormir por ella, la tenía en la cabeza.

Al día siguiente pasé por ver si la conocía; esa noche no estaba, hacía frío y llovía.

Así pasó una semana de mucho frío y de viento, y yo sin poder dormir con extraños pensamientos.

Reapareció una noche, estaba al cielo mirando, las manos entrelazadas... ¡Parecía estar rezando!

Mi vista se nubló toda al contemplar su belleza; no podía ni mirarla, me dolía la cabeza.

Era casi una obsesión, yo quería conocerla; pedí por fin a los suyos que me dejaran verla.

Amablemente, accedieron a tan extraña petición: ella estaba allí sentada, esta vez en el salón.

—Aquí tiene a un admirador... —Es la abuela Prudencia; está hoy con nosotros por cerrar la residencia.

Me fui corriendo a la óptica para ponerme en la lista: ¡necesitaba unas gafas y graduarme bien la vista!

Justicia de Sotana y Castillo


Justicia de Sotana y Castillo

Se lo dedico a mi madre y también a mi abuela, que por culpa de aquel cura les quedó una gran secuela.

Se habla mucho de los curas y de abusos sexuales, pero hubo otras injusticias aunque no fueran iguales.

En Puebla de Sanabria mi madre me comentaba: «Dentro de aquel castillo, por un cura, estuve encerrada».

¿El delito cometido? Algo que es una locura: segar un cesto de hierba en el prado de aquel cura.

Era para su burrito, se equivocó de sembrado; la segó en el de la iglesia, que estaba justo allí al lado.

Cuando el cura se dio cuenta de que su hierba fue segada, pidió a la Guardia Civil que fuese ella castigada.

Tenía solo diez años, eso nunca lo olvidó; fue la noche más amarga que en su vida ella pasó.

Al ser ella tan pequeña su inocencia ya no cuela: la justicia, por el «crimen», incluyó también a mi abuela.

En un calabozo oscuro, un lugar muy deprimente, las tuvieron encerradas como al peor delincuente.

Apoyado en el sistema cometió atrocidades: se burló de dos mujeres con muchas necesidades.

El cura no comía hierba, eso sería un disparate; cuando alguien le invitaba, pedía pan y chocolate.

Por suerte todo ha cambiado, sin burros para comerla; con menos poder los curas, hoy... que les sobre la hierba.


Sexo con "Cascabeles"


 La historia es verdadera: una vieja prostituta, estando ya retirada, me contó sus aventuras de una vida ajetreada.

Siendo joven fue criada, se enredó con el señor; desde entonces su destino fue de mal a mucho peor.

Fue un capricho del rico, de los tantos que tenía; cuando él se cansó de ella, fue al punto despedida.

Se casó sin amor alguno, buscando una solución; persistió su mala suerte: su marido era un cabrón.

Él no le daba dinero, ni para el pan del hogar; hacía las veces de chulo y ella lo fue a buscar.

No lograba quedar encinta, le sobraba algún vicio; no le quedó más remedio que entregarse al oficio.

Abandonó a aquel marido y se marchó de Madrid; recaló allá en Tetuán, donde al fin se hizo feliz.

Sus clientes, legionarios, hombres fuertes y aguerridos; ella siempre presumía: "¡Todos fueron mis maridos!".

Al morir aquel esposo, encontró por fin la vía de regresar a Madrid y seguir su "artesanía".

Cascabeles en las ligas para avisar al cliente que ya estaba el campo libre y que pasara el siguiente.

Ya vieja y sin un dinero, casi nadie la escuchaba; yo seguía siendo su amigo, su historia me interesaba.

Tuvo un final de tristeza, murió sola y despreciada; sin familia y sin afectos, murió muy abandonada.

Yo era entonces muy joven, ella pudo ser mi abuela; con todo lo que contó, bien se escribe una novela.


La guerra del mando

 

La guerra del mando

Dos abuelos en el sofá, un duelo de alta tensión. No se ponen de acuerdo... ¡Estalla la discusión!

—¡No me pongas cotilleos!, que me tienen ya quemado. ¡Si hasta el perro está del "Hola" y del "Lecturas" harto!

Se sientan de tertulianos y no saben ni hablar; parece un patio de monos a punto de merendar.

Desentierran a los muertos y les sacan los pecados, ¡aunque lleven en el hoyo ya más de un siglo enterrados!

¿Y eso de las "Tentaciones"? ¡Vaya sarta de embusteros! Siguen todos un guion... ¡Y se creen que somos lerdos!

Esos programas que ves, son chorradas de primera; te están dejando la mente como una vieja cafetera.

—¡Tú te callas, "enterado"!, con tanta noticia y diario, que te pones de un humor que no hay quien te aguante el radio.

Te has vuelto un cascarrabias, un gruñón de bofetada, creyendo a los que prometen... ¡Y luego no te dan nada!

De tanto fútbol que tragas tienes la neurona hueca. ¡Si te mueven la cabeza te suena como una terca!

—Tanto anuncio y tanta "toña" no lo puedo digerir. Me largo con mi libreta, ¡al menos podré escribir!

Es una edad delicada, que requiere mucha unión... ¡Pero aquí no hay quien se quiera viendo la televisión!


La indecisión del baile

 

La indecisión del baile

Allá por los sesenta, era difícil ligar. Cuatro jóvenes pidieron que las llevara a bailar.

Una extraña petición, no me lo podía creer: ¡tener tanto material donde poder escoger!

A tres dejaría libres, con una me bastaría. Las miraba y remiraba, pero no me decidía.

Juana estaba muy gordita, eso hizo descartarla. Quizás me costara mucho el poder rodearla.

María era muy finita, de curvas ella carecía. Como no quería rectas, también la descartaría.

La Antonia era tan bajita que me podría pasar: para tenerla a mi altura, me tendría que agachar.

Y la Pilar era alta; al estar yo a su lado y mirar hacia arriba, me sentí acomplejado.

Entramos, pues, al baile sin decidir por ninguna, y al poquito me quedé más solito que la una.

Aquello bien me enseñó que tanto pensar atonta: hay que elegir al momento, sea fea, guapa o tonta.

Así terminó la historia de aquel joven tan "exquisito", que por mirar los defectos se quedó solo y frito. ¡Moraleja: si te invitan, di que sí... y rapidito!


Es 

sábado, 17 de enero de 2026

La viuda liberada

 

La viuda liberada

La María está que trina, con el ánimo decaído. Le están dando el tostón por la muerte del marido.

Disimula su alegría, no le queda otro remedio; muestra cara de tristeza camino del cementerio.

Le van dando el pésame y ella se va preguntando: «Vaya coñazo de gente, ya se podían ir largando».

Repiten todos el rito de lo bueno que él ha sido, y la suerte que tuvo ella de que fuera su marido.

Todos siguen el guion, ninguno recapacita: una cosa es convivir y otra, verlo de visita.

La verdad, era un tirano, un celoso, un egoísta; lo que hoy todos critican como un hombre machista.

No la dejaba pintarse ni ir a la peluquería; decía que no hacía bien el amor... ni la comida.

Ahora que ya se ve libre no piensa en el casorio; espera a un viudo joven que la trate como un novio.

Esto de quedarse viuda es de esas ocasiones para unirse con otro viudo... ¡y juntar las pensiones!

Ya se marchó el carcelero, ya se acabó la agonía; ¡que ahora el muerto va al hoyo y al bolsillo la alegría!

Memoria de un baño

 

Memoria de un baño 

Eso de bañarse desnudo, que ahora mola un montón, yo lo practiqué en mi pueblo y no causaba sensación.

No tenía calzoncillos, mucho menos bañador; la verdad es que en pelotas se nada mucho mejor.

No utilizaba el jabón, ni esos geles de baño: un puñado de hierbajos me hacía siempre el apaño.

Restregaba con esmero, por detrás y por delante; eso me dejaba nuevo, servía de exfoliante.

Eso de los rayos uva era entonces un cuento chino: mejor cambiar de color con unos vasos de vino.

Para dejar limpio el cuerpo, un manojo de follaje; mezclado con las hormigas, ¡menudo paso al masaje!

Era una cosa normal, antes de tirarme al río, untar el cuerpo con barro: se sentía menos frío.

Yo me lanzaba a la orilla, no sentía la pereza; me sentía muy feliz en plena naturaleza.

Uno cambia con los años: si ahora me acerco al río, solo con meter el pie... se queda el pito encogido.

¡Qué tiempos aquellos, madre! ¡Qué libertad la del río! Hoy me sobran los prejuicios y me mata tanto frío.