Se casó mediante poderes, sin conocer al marido. Salió muy mal el negocio: un borracho empedernido.
Falló la noche de bodas, esa noche tan deseada. Él bebió como una esponja y no se le enderezaba.
No existía el divorcio, ni remedio para el mes; ideó ella un invento para no tener bebés.
Aguantar a un hombre así no es para tomarlo a broma; lo primero que compró fueron unas bragas de goma.
Él notaba algo extraño, no sabía lo que era: él empujaba hacia dentro, algo empujaba hacia fuera.
A pesar de estar borracho, protestó por la manía: —No me gusta esta postura, la encuentro algo fría.
—Cambiaremos el estilo si no vienes a gatas; si vienes algo sereno, lo haremos a cuatro patas.
Si no llega bien despierto, se va a enterar del asunto; le prepara una sorpresa que lo dejará en su punto.
No se fiaba ni un pelo, por si salía al revés: cogió esa bolsa antigua que calentaba los pies.
Se la puso entre las piernas para darle un escarmiento, con el agua bien hirviendo para que la echara dentro.
Como siempre, llegó ebrio, no se enteraba de nada. Esa noche terminó... ¡Con la pilila escaldada!


































