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sábado, 17 de enero de 2026

Los enanos de la Vicenta

 

Los enanos de la Vicenta

Ocurrió la historia en el pueblo, sobre los años cuarenta. Un regalo inesperado que recibió la Vicenta.

Viuda hacía veinte años, era ya una octogenaria, algo apartada del mundo, con una vida solitaria.

No sabía escribir, ni por supuesto leer; sabía cosas del campo y una miaja de coser.

No recibía pensión, pues entonces no existía; cultivaba algo en el huerto, comía lo que podía.

Los hijos y los nietos todos habían emigrado. Un nieto fue a visitarla cargado con un regalo.

Era una radio enorme con dos buenos altavoces; al estar un poco sorda, para que oyera las voces.

Aprovechó que la abuela fue a ver a la vecina; para darle una sorpresa, se la instaló en la cocina.

Al regresar la anciana, oyó que estaban hablando; salió a pedir auxilio, ¡pensó que estaban robando!

Se reunió medio pueblo, nadie se atrevió a entrar, hasta que llegó Aniceto, el más bruto del lugar.

Entró armado con un hacha, esa era su costumbre; rompió la radio en pedazos, después los echó a la lumbre.

—Podéis entrar sin temor, que todo está arreglado: me cargué a los enanos y después los he quemado.

Con su Propia Medicina.


Cuarenta años de casados ya no se pueden ni ver; hay intereses de por medio y no se quieren perder.

En situación tan extrema buscan cualquier desperfecto, con tal de librarse el uno del otro y hacer el crimen perfecto.

Como él ya está jubilado, se le ocurre una traición: va al campo a buscar setas con la peor intención.

Él las conoce de sobra, sabe cuál puede comer; es una trampa ideal para matar a su mujer.

Poco ducho en la cocina, no sabe nada de nada, pero le dice a su esposa: —"Están ricas rebozadas".

—"Ten cuidado al cocinarlas, que esta es una seta fina; para apreciar bien su gusto pásala solo por harina".

—"Esta otra es diferente, resulta un poco más sosa; si la rebozas con huevo te quedará más sabrosa".

Con este sencillo truco cree que ya está salvado: distinguirá las venenosas por el tipo de rebozado.

Pero ella, que desconfía, viendo el plan que se ha inventado, por llevarle la contraria les cambió el rebozado.

Engañar a una mujer es tarea complicada; él estiró la pata pronto con la seta envenenada.

Nunca fue ella acusada de malvada ni asesina; él murió por gilipollas con su propia medicina.

Un tacaño en el entierro

 

Un tacaño en el entierro

Era un viejo muy tacaño con el puño bien cerrado, no quería que su mujer disfrutara lo ahorrado.

Antes de morir el hombre le dijo: —"Escucha, mujer, todo el dinero que tengo al hoyo me lo he de traer".

—"Júrame por lo que quieras que al cerrar el ataúd, metes todos mis millones donde no haya ni una luz".

Ella, que era muy lista, le dijo: —"No sufras, marido, que te irás con tus pesetas aunque ya estés fallecido".

Llegó el día del entierro, la caja estaba ya ahí, y la viuda puso un sobre antes de decirle "así".

Una amiga le decía: —"¡Pero tú estás tonta o qué! ¿Le has dado todo el dinero para que no vuelva a pie?"

La viuda, con mucha guasa, le contestó muy sincera: —"Yo soy mujer de palabra y no soy una cualquiera".

—"He contado los billetes, las joyas y hasta el parqué, lo he ingresado en mi cuenta... ¡Y le he firmado un cheque!"

—"Si en el otro barrio quiere comprarse algún capricho, que baje hasta la oficina y que cobre lo que he dicho.

El milagro de la salchicha

 

El milagro de la salchicha

Condenado por el Rey, sumido en la desdicha, le acusan de que a la Reina le gustaba su salchicha.

Cosa tan insoportable el Rey no pudo tolerar; decidió cortarle el miembro: ¡que no vuelva a pasar!

Mensajeros por el reino anuncian el escarmiento, pues quiere el Rey que su pueblo conozca el acontecimiento.

Llegado el día marcado, la plaza está que revienta; entradas por las nubes y funciona la reventa.

Se cruzan mil apuestas de lo que pueda pasar: si cortarán los testículos y cuánto podrán pesar.

Le dejan en pelotas, sin hacer un rasurado; no caerá solo el miembro, irá bien acompañado.

Lo suben al patíbulo, un tronco ponen debajo, mas no encuentran el objetivo para cortarlo de un tajo.

Un silencio sepulcral, la gente queda sin habla: no encuentran lo que buscan, ¡es más liso que una tabla!

El tipo es un portento, la situación la aguanta: metió el miembro en la tripa y los huevos en la garganta.

Imposible castigarle, no encuentran el motivo; le había entrenado un Buda y se libró del castigo.

El Rey, muy avergonzado ante tal situación, no tiene más remedio que otorgar el perdón.

Para el Rey fue un alivio, para la Reina una dicha: ya no sería juzgada... ¡Por gozar de la salchicha!

La Frustración de la Viuda.

 

Veinte años lleva viuda, está muy desesperada; le gustaría recordar algo de cuando estuvo casada.

Recuerda bien a su esposo, aunque era un "puñetero": recogía muchos trastos y los guardaba en el trastero.

Cansada de tanto bulto, se pone a hacer la limpieza; ve una lámpara extraña y de una sola pieza.

Está toda oxidada, parece de varios siglos; por ver si es interesante, decide sacarle brillo.

La mujer frota que frota y no deja de frotar; al genio que estaba dentro lo consigue despertar.

—Date prisa en pedir algo, ¡que casi me muerde el deseo! No te enrolles al pedir, que solo concedo un deseo.

—No quiero abusar de ti, deseo algo modesto: ¡Convierte a mi perro fiel en un joven muy apuesto!

—Deseo concedido, será tu esclavo y amado; es un buen carpintero y sabe clavar el clavo.

La viuda se volvió loca al ver su cuerpo de atleta: «Seguro que está en forma y siempre llega a la meta».

Pero al mirar "la herramienta", ve una pieza obsoleta; ese martillo no clava ni una simple chincheta.

El joven soltó una risa, ella casi se desmaya; él le recuerda aquel día que le hizo una canallada:

—Solo tuviste un deseo, ¿no te has parado a pensar? Que cuando yo era perro... ¡Me llevaste a castrar!

El Avispero Tierno

 


El Avispero Tierno

¡¡Levanta el culo del sofá!! No seas tan marrullero, te llevo un año diciendo que tapes un agujero.

Sigues ahí tan pancho, ni te has dignado a mirar. ¿Necesitas material para poderlo tapar?

De noche ni lo ves, de día te da miedo; solo cerveza y sofá, y encima tirando pedos.

—Sabes que las avispas a mí me dan mucho miedo; esa pared es muy vieja, tiene muchos agujeros.

—Tiene tantos agujeros que no doy con el exacto. —¡Saca la chorra y los meas! Lo encontrarás en el acto.

Obedeciendo las órdenes, meó contra la pared; salió todo un avispero, le picaron más de diez.

Su miembro, una morcilla, no lo podía esconder; lo agarró con las dos manos, se lo enseñó a la mujer.

Sus ojos desorbitados, la mente se le nubló; no lo podía creer, por eso se desmayó.

Recuperada del susto, ella hincó la rodilla; estaba dispuesta a catar ese tipo de morcilla.

No sabía que las avispas elaboran tal morcilla, pero esta sabía a miel: ¡era una maravilla!

Le prohibió ir al médico, dijo que era pasajero, que no matara a las avispas... ¡Y tapará otro agujero!


Falta de Material.

Llevan poco de novios, los dos se encuentran a gusto, pasan a segunda fase: se interesan por sus gustos.

El hablar de casamiento es un poco complicado: ella quiere por la iglesia, él prefiere por juzgado.

"Me gusta por la iglesia, es la cosa más normal; pero antes de casarse... ¡Hay que ver el material!"

"Eso era antiguamente, ahora es más natural: si una cosa no te gusta, se devuelve el material".

"Esa idea que tú tienes no me deja convencida; mejor vamos a la cama y te tomo la medida".

Al catre fue a remolque, eso la hizo dudar; él apagó pronto la luz sin llegarse a desnudar.

Él, para disimular, se soltaba muchos pedos; ella esperaba una cuarta... ¡Y eran solo cuatro dedos!

Aquí termina la historia de María y de Gregorio: faltaba mucho material para llegar al casorio.

Lady: Una historia de adopción

 

Lady: Una historia de adopción

Hola, mi nombre es Lady, una perrita adoptada. No sé si tengo hermanos, porque fui abandonada.

Llegó un ángel del cielo que me libró de una jaula; ese ángel salvador tiene el nombre de Paula.

Me adoptó una familia amante de los animales; soy feliz con todos ellos, se terminaron mis males.

Para los que me conocen, soy una pura delicia; reparto amor a raudales a todo el que me acaricia.

No tengo pedigrí, no soy de raza pura; soy una perra bonita que rebosa de ternura.

Amo a todo el mundo, niños y jóvenes, seres de mediana edad y adoro a los abuelos.

Cada uno en esta vida disfruta a su manera; yo disfruto con los míos organizando carreras.

Antes de comprar un perro, lo que se debe pensar: que no es un simple peluche que se puede abandonar.

Si la vida de un perrito tú la quieres cambiar, ¡valora la adopción!, no necesitas comprar.

Cicatrices de la Infancia

 

Cicatrices de la Infancia

El niño nació pobre, con él nadie jugaba. Al llegar el invierno, ese niño cojeaba.

No lo llevan al médico al llegar el verano; el niño andaba descalzo y corría como un gamo.

Al preguntarle al padre, este siempre respondía que, con la llegada del frío, una pierna le encogía.

Así pasó su niñez, toda llena de complejos, vistiendo ropas usadas, calzando zapatos viejos.

Pasaron los años; a muy temprana edad, emigró del pueblo, se fue a la ciudad.

Trabajando en varios oficios pudo ahorrar algún dinero y conseguir su ilusión: comprarse zapatos nuevos.

Al regresar al pueblo, alguna chica se marea; está la mar de guapo y, encima, ya no cojea.

Al referirse a su cambio, él se muestra muy ufano: "Ahora no uso zapatos que eran de segunda mano".


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viernes, 16 de enero de 2026

La deuda del vecino

 






La deuda del vecino

Va a visitar a un amigo, no está en casa ese día. Lo recibe la mujer con un simple picardías.

Imposible no fijarse en cómo está la nena. Tiene un cuerpo de cine, la tía está muy buena.

Le invita a un café, seguido de una copa. Se sienta, cruza las piernas y no se cambia de ropa.

Él iba a ver al amigo por una causa pendiente. Se olvida del asunto y se la nubla la mente.

Le recuerda a Sharon con ese cruce de pierna. No puede resistir más, se le hincha la entrepierna.

—Sé que eres muy decente, te considero una amiga. Necesito deshinchar el pavo y yo te lo pagaría.

—Eres un tío muy majo, yo no soy una muerta. El tomar la decisión dependerá de la oferta.

Cinco mil pavos la oferta. Ella tira las picardías. —Por esa oferta ofrecida puedes venir todos los días.

La mujer queda contenta, le dice al poco rato: —Puedes llegar a los cinco y te saldrá más barato.

—Estos son los más baratos que puedo echar en la vida. Juego con tu marido y nos tocó la lotería.


La factura y la penumbra

Estas subidas de luz me resultan una locura; no enciendo ni una bombilla, ¡prefiero mear a oscuras!

A tientas me levanté, las paredes iba palpando; la gota quería salir, pero yo seguí aguantando.

Entre tanta oscuridad andaba desorientado, no encontraba bien el baño y me iba para otro lado.

Al llegar a la cocina decidí darme la vuelta, tropecé con la banqueta y choqué contra la puerta.

Atontado por el golpe caí frito en el pasillo; para colmo de mi suerte, di de frente en el bordillo.

Al fin di con el lavabo y, para no mear fuera, apunté al hueco más grande: ¡meé en toda la bañera!

De regreso al dormitorio tropecé con la mesilla, me di con el cabecero y me partí la barbilla.

Ya no salgo de la cama, me he buscado un artificio: ato el pito a una manguera ¡que me llega hasta el servicio!

Estas subidas de luz, con pensiones reducidas, son el caldo de cultivo que provoca mil caídas.

Mejor estaba en el pueblo, donde no había bombillas y al levantarme a mear... ¡Encendía unas cerillas!


Fuego en el Pezón

Fuego en el Pezón

La chica, desesperada, está llora que te llora; el novio se arrepintió poco antes de la boda.

Ella está desesperada; más, con lo guapo que es, está de muy mala leche: todo le salió al revés.

Le cuenta a una amiga el trance que está pasando: —Se pasa mucho peor cuando te estás divorciando.

—Eres una tía estupenda, hay muchos hombres solteros; muchas veces es mejor el segundo que el primero.

Lo mejor es ir al bar y olvidar con el alcohol, o fumarse algunos porros para sentirse mejor.

Infinidad de recuerdos se agolpan en su mente; sin saber bien el porqué, pega un grito de repente.

—No puedo ya olvidarlo, es un pedazo de cabrón; siento ahora mismo que me arde el corazón.

—Procura tranquilizarte, es que eres muy inquieta; ¡un porro no se enciende en el pezón de la teta!

(Cómo Emilia recuperó la alegría)

 (Cómo Emilia recuperó la alegría)


Era el marido de Emilia, un tipo de mucho fuste, trabajador y honrado... ¡Un hombre de los de ajuste!

Pero en esta perra vida la alegría es un momento, y al pobre se le pusieron los huevos de aditamento.

Cumplía bien en el catre con la parienta gozosa, pero el bicho de la muerte le enfrió la "poderosa".

A la hora del cocido apartaba hasta el jamón, y lo mismo le pasaba debajo del edredón.

Viendo que aquello no izaba y que la cosa iba a menos, se infló a pastillas azules como si fueran caramelos.

La "herramienta" funcionaba tiesa como una estaca, pero de tanto darle al muelle le dio un viaje la "paca".

"Me voy al cielo, parienta, pero te mando un consuelo, una señal de mi parte que te quite hasta el duelo".

Fue la viuda al camposanto una tarde de tormenta, y vio que sobre la tumba algo gordo se presenta.

Brotaban como sarmientos unos falos de cuidado, que al mirarlos de cerquita... ¡Eran hongos sazonados!

¡Ay, marido de mi alma, que hasta muerto das placer! Son semillas de tu nabo... ¡y me las voy a comer!

Se pegó tal atracón de boletus y de "palos", que la viuda por la gracia... ¡Parió un hijo sin pecados!

Espejismos de Ayuda

 Espejismos de Ayuda

Hace tiempo que no nos vemos, mi querido amigo Amaro; te veo feliz y contento con esa mujer al lado.

—Aquí vamos aguantando, buscando alguna alegría; unas veces por la noche, otras veces por el día.

—Seguro que esa mujer posee un buen patrimonio; la veo bastante fea, sería un gran matrimonio.

—No hables sin tener idea, la verdad no se adivina. Ella se está rescatando de la maldita cocaína.

Antes era una modelo que me llegó a enamorar; ahora la estoy ayudando, se tiene que recuperar.

En el mundo en que vivimos hace falta la empatía; uno se siente orgulloso al salvar una vida.

Tú, que te encuentras soltero, también lo podrías hacer; te sentirías dichoso al salvar a una mujer.

—Para mí eso es un problema, yo siempre vivo del ocio; meterme en esos líos perjudica mi negocio.

Trato con muchas mujeres, es un oficio que mola; yo soy el "buen" camello que les vende la droga.



La culpa fue del padre

 La culpa fue del padre

El niño vivió unos años un poquito acomplejado: no tenía el cráneo redondo, estaba un poco abollado.

Se dejó el cabello largo, una melena abultada; con ese pelo a lo afro todo se disimulaba.

Llegó la época jipi, esa fue su etapa buena; estaba a la última moda y ligaba con su melena.

Nada dura eternamente, llegó el servicio militar; no admiten esa melena, se la tiene que rapar.

Al pasar por la revista, sin decirle lo que pasa, rápido le dan la baja y lo mandan para casa.

Le pregunta así a su madre, que le diga con certeza: —¿Me sacaron con los fórceps y eso abolló mi cabeza?

—Tú naciste normalmente, te lo afirmo con certeza; fue la culpa de tu padre quien abolló tu cabeza.

Cerca de tu nacimiento mi tripa le motivaba; cuando me hacía el amor, apretaba y apretaba.

Lo hacía todos los días sin ninguna delicadeza; como la tiene muy larga, rebotaba en tu cabeza.

—No sé si me estás mintiendo o me estás contando un bulo; ¡no lo quiero ni pensar si llego a venir de culo!


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Ejemplos con el Chisquero.


Un nieto pide al abuelo que le explique, por favor, cómo era en otros tiempos su manera de dar amor.

El viejo queda atrapado como en un atolladero, se echa la mano al bolsillo y le enseña su mechero.

—Con este antiguo encendedor lo podrás bien entender: así hacíamos el amor, el hombre y la mujer.

Según las instrucciones, lo que se hace primero es, con mucho cariño, meter mecha en el agujero.

Cuando ya llega hasta el tope, la cosa se encuentra lista: das unos cuantos meneos y pronto salta la chispa.

Enciendes el cigarrillo y, mientras lo vas fumando, la mecha se va escondiendo y se termina apagando.

Para que esa mecha dure hay que tener gran cuidado, para no llegar a viejo y encontrarse "des mechado".

Entonces salta la abuela: —¡Estás viejo por fumar! Te falta la mecha y piedra y ya no puedes chispear.

Los nietos de estos tiempos lo tienen mucho mejor: les enseñan en la escuela cómo se hace el amor.

Costumbres que se perdieron, viejas formas de amar... ¡Ahora hay cosas modernas con las que puedes chis car!

La caída del burro (Versión Rústica)

 La caída del burro (Versión Rústica)

Me la topé en el camino, llorando la desdichada; el burro la había tirado, quedó toda magullada.

La mujer, en aquel tiempo, de medio lado, montaba; lo fácil era ir al suelo si el bicho se tropezaba.

Con el tobillo torcido, berreando sin parar, me presté yo de buen grado pa ayudarla a levantar.

—"Abre las piernas, muchacha, y agarra bien esa brida; que si no cambias el modo, te pegas otra caída".

Cuando su padre la vio, que era un viejo bien cazurro, arremetió contra mí por la caída del burro.

—"¡Me la traes hecha unos zorros, con el cuerpo averiado! ¡Tú le has tentado las carnes, tú me la has deshonrado!"

—"Como esto acabe en desgracia, te vas a cagar del susto: te corto los aparejos y me quedo tan a gusto".

Me hizo jurar ante el cielo que yo no la había tocado, que subió al bicho ella sola y el honor seguía guardado.

Vinieron la madre y ella, aplacaron al cazurro: —"Que el muchacho es buena gente, que la culpa es solo del burro".

¡Padres malagradecidos, siempre con la mosca en la oreja! Te buscas un buen pesebre... ¡Y te quedas sin la oveja!


La Caida del Burro




Regresaba de la huerta, Tan alegre y cantando. Se produjo la tragedia y me la encontré llorando.

 La encontré por el camino, llorando, desconsolada; el burro la había tirado, se encontraba magullada.

La mujer, en esos tiempos, de lado,
siempre montaba; lo normal era caer al suelo si el burro se tropezaba.

Con el tobillo torcido no dejaba de llorar; me ofrecí como voluntario para ayudarla a montar.

—Monta con piernas abiertas, asegura bien la brida; si no cambias la postura, habrá pronto otra caída.

Cuando su padre la vio, que era bastante cazurro, rápido me culpó a mí de su caída del burro.

—Me la traes hecha polvo, con el cuerpo magullado; le habrás tocado las tetas, ¡seguro la has deshonrado!

Como esto termine mal, te vas a cagar del susto; te cortaré los huevos y me quedaré tan a gusto.

Me obligó entonces a jurar que no la había tocado, que subió ella sola al burro y no la había deshonrado.

Regresaron hija y madre, convencieron al cazurro: que yo era un buen rapaz y la culpa fue del burro.

Padres poco agradecidos, siempre estaban con la mosca; te metías en un lío... ¡Y sin comer una rosca!



La sombra del orgullo

 

La sombra del orgullo

La familia la agobiaba, le impidió seguir conmigo. Yo me quedé destrozado, sin consuelo y sin camino.

Herido en mi propio orgullo, no supe reflexionar. Me marché a trabajar lejos, para poderme olvidar.

Así pasaron dos años, sin dar señales de vida. Ya no pude aguantar más: quise saber de su vida.

Ella ya tenía novio, pero dijo que me amaba. Si una promesa le hacía, al momento lo dejaba.

Su propuesta me asustó, no quise nada prometer. Y desde aquel triste día, no la he vuelto a ver.

Su boca era tan hermosa, sus labios yo los endulzaba. Con un terrón de azúcar, y después los besaba.

En mi recuerdo se quedan esos besos especiales. No los volví a repetir, fueron besos inmortales.

Es de esos viejos amores que no logras olvidar. Le echas la culpa al destino, sin saber ya qué pensar.

Espero verla algún día, para pedirle perdón. Ella fue buena conmigo; yo, un poco cabezón.

Eran tiempos muy oscuros, una época muy dura. La familia interfería, si no estabas a su altura.

Esos amores se marchan como billetes perdidos. Quien logre encontrarlos luego, ¡qué gran suerte ha tenido!

Entre el Pecado y el Altar


Entre el Pecado y el Altar

Católica es la mujer, él pasa de religiones; prefiere siempre aquel bar que tragarse los sermones.

Cuando ella marcha a la misa, él se va a tomar sus vinos, con buenos aperitivos, ¡mejor si son langostinos!

También le vale panceta, que por tener tanta grasa, le suaviza la garganta y el vino mucho mejor pasa.

En cambio, allá en la iglesia, ni hay vino ni aperitivos; solo rezos y sermones... ¡Y piden hasta donativos!

La mujer le recrimina: «¿Qué sacas tú de aquel bar?». —«Allí me pongo muy alegre y no tengo que rezar».

«¿Y qué sacas tú —él dice— de tanto rezo y sermón? Tendrás pecados muy gordos y querrás la absolución».

Un día regresa a casa a una hora inesperada, y la encuentra allí en la cama con un joven acostada.

—«Si estos son tus pecados, de nada vale rezar; estos cuernos son pesados, difíciles de llevar».

—«Me lo vas a perdonar... ¡No seas tan calzonazos! Él me vendió una Biblia y la pago... ¡A puros plazos!»

_ Vaya biblia tan costosa._ para librarte del infierno, Si tardas mucho en pagarla¡Yo no podre con los cuernos!

La Jefa y el Pardillo

 La Jefa y el Pardillo

Ella, mi jefa maciza; yo, inmaduro veinteañero. Me ponía muy caliente, no se cortaba ni un pelo.

Casada hacía diez años con un marido ya enfermo; siempre andaba repitiendo: «Yo me casé con un muermo».

Ante tal insinuación, yo nunca me terminaba. Era un cándido pardillo y ella me impresionaba.

Cuando me pillaba solo, aquello era un martirio: me abrazaba por la espalda y me buscaba el pitillo.

Al tocarme me decía: «Te noto muy asustado. Seguro que todavía no la has estrenado».

Yo la miraba a hurtadillas, ¡tanta carne yo veía! En vez de ponerse gorda, la ropa se le encogía.

Con veinte años, entonces, poco había yo "mojado"; con las ganas por las nubes, pero sin haber toreado.

Tuve que salir corriendo de esa tía pechugona, y para no dejar rastro, hasta cambié de patrona.

El acoso femenino poco se ha contemplado; aunque existe en su medida, casi nunca es denunciado.



El Sermón y el Porno.

 


Hizo la comunión, no asistía a misa; era un poco inquieto, se lo tomaba a risa.

Un día, estando sereno, se le ocurrió pensar que ya pasó mucho tiempo y se debía confesar.

Le dice al cura que peca, que quizás sea un trastorno: se encierra en su habitación todo el día viendo porno.

—Hijo mío, eso es grave, no te debes encerrar; eres joven, estás sano, sal a la calle a jugar.

—No tengo amigos, ni tampoco tengo amigas; con los jóvenes de ahora nunca hago buenas migas.

Me gustaría haber nacido en la época del abuelo; él siempre está contando que tenía muchos juegos.

—Sobre todo de casado, lo pasó como un enano; es lo que dice mi padre: ¡tiene catorce hermanos!

—Si leyeras la Biblia, se curaría el trastorno; cambiarías de opinión, dejarías de ver porno.

—No estoy muy de acuerdo, ustedes la han leído; hay curas pedófilos... de poco les ha valido.

El salto del camionero

 El salto del camionero

Una pareja actual, el Antonio y la Manola: él es un buen camionero, ella siempre está tan sola.

Así transcurren los días, como en tantas otras parejas; con paciencia lo soportan y sin demasiadas quejas.

Debido a su duro oficio, pasa mucho tiempo fuera; le gusta mucho conducir y ama la carretera.

Ella lo espera en la casa ansiando ya su regreso, soñando con el amor y, de vez en cuando, un beso.

En una de esas uniones, ella lo nota muy tierno; atrevida le pregunta si le ha puesto ya los cuernos.

—En un club de carretera me detuve a descansar; me fijé en una morena, tenía ganas de amar.

Al empezar la faena, vino a mí tu pensamiento; pegué un salto y me detuve por fiel arrepentimiento.

Ahora cuéntame tú, si has tenido tentaciones al dejarte tan solita por culpa de los camiones.

—Claro que las he tenido con el vecino de abajo; pero no pude saltar... ¡Por encontrarme debajo!



Tiempos de Mari castaña

 

Tiempos de Mari castaña

Tiempos de Mari castaña, donde nada tenía prisa, el cura montaba en burro para ir a decir la misa.

Cinco pueblos a su cargo, ¡aquello sí que era curro! Sin dinero para un coche, dependía de su burro.

Un día lo amarró mal (descuido atroz en un cura), y el animal se escapó a vivir una aventura.

En libertad absoluta despertó el bicho su instinto, y montaba a todo aquel que hallaba por el recinto.

Unos dicen que diez burras, otros juran que hasta veinte; la gente siempre exagera, todos sabemos que mienten.

Hasta la pobre María, que al huerto salió a mear, dijo que saltó la valla y la quiso violentar.

Aquello fue exagerado y casi todo mentira: solo había cinco burras... ¡Contando con la María!

Hicieron falta diez hombres para lograr su captura, reducirlo con dos sogas y acabar con la aventura.

Tras aquel festín de amor, el burro seguía con ganas; tenía el badajo listo para tocar las campanas.

Revolucionó a la aldea, aquello fue una locura, y todos fueron a misa a ver qué decía el cura.

Pero aquel día el sermón no estuvo muy acertado: reprochó a la parroquia lo que el burro había montado.

"Copiar lo que hace una bestia es un pecado mortal; él no irá nunca al infierno porque es solo un animal".

"Lo que vosotros debéis, para no llegar a pecar, es hacer siempre el amor solo para procrear".

La parroquia se levanta y se escucha este murmullo: "Hoy se pasó con el vino... ¡Mejor hacer caso al burro!".


Consejo de Madre

Consejo de madre

Te has convertido en adulta y, como buena madre, te aviso: si vas a buscar un novio, toma medidas, te lo preciso.

—Asumiré tu consejo, no tengo más que decir. Llevaré siempre en el bolso una cinta de medir.

La chica tomó en serio tan extraña advertencia, y cargó con la cinta métrica por si surgía una urgencia.

Llegó el primer muchacho pidiendo una relación, y ella le exige al instante: "¡Bájate el pantalón!".

El joven, muy extrañado ante tal petición, le quiso subir la falda mientras bajaba el calzón.

—¡No me subas la falda! Te lo vuelvo a repetir: antes de llegar más lejos, te la tengo que medir.

Consultaré con mi madre, que es una gran entendida; solo aceptaré tu trato si ella aprueba la medida.

El chico no comprendía aquella extraña manía, y al medirla, el pobre mozo medio encogida la tenía.

La madre vio las medidas y no le salía la cuenta, pues la chica aseguraba: "¡Mide un metro noventa!".

—¡Hija, tú no sabes nada! ¡Eso es mentira sencilla! Deja que la mida yo, que he sido modistilla.

Casi le dio un desmayo cuando ella se la midió: su hija no sabía de tallas... ¡Y con el chico ella se quedó!

El sexo ha evolucionad

 

El sexo ha evolucionado

El sexo ha evolucionado como algo extraordinario, tras algunas reflexiones, aquí va mi comentario.

Al pensar en cómo era, hasta yo mismo me asusto; si resucitara el abuelo, se moriría del susto.

Ellos no buscaban amor, ni a la mujer ideal; se la daban "en bandeja", por consejo familiar.

Eso del beso con lengua era una simple tontada; bastaba verle la pierna con la falda arremangada.

Tener alguna aventura antes del matrimonio, lo prohibía la Iglesia: ¡eran cosas del demonio!

Pasaban mucho deseo y muchas necesidades, antes de tocar mujer y entrar en profundidades.

Les daba igual la pareja, no buscaban especiales; como lo hacían sin luz... todas eran casi iguales.

Eran de "pico muy fino", pero nada de ser pijos; no hacían falta estudios para fabricar los hijos.

Como eran muy creyentes y no existían condones, no formaban familias... ¡Reclutaban batallones!


Celebrando una Separación.

 

Dos amigos, celebrando una triste separación, se agarran un buen pedo con licor de garrafón.

Uno ánima al otro, los dos se dan consuelo; van de acera en acera, al final caen al suelo.

Abrazados,
los dos
se empiezan a desnudar; parecen dos mariquitas empezando a cortejar.

El que está menos borracho se cree con mejor forma, hace una maniobra rara que se sale de la norma.

Siempre fue el más valiente, más decidido y más chulo; la poli los descubre con un dedo en el culo.

Al preguntarle qué hace con tan extraña medida: —Le meto el dedo en el culo y vomita la bebida.

—Eso no lo cree nadie, y no te hagas el chulo; estás vejando al compadre, ¡le estás dando por el culo!

—No estoy tan borracho, ni la idea es tan loca; ¡ya verás cómo devuelve cuando lo meta en su boca!


Diálogo de dos amigas

 

Diálogo de dos amigos

—¡Cuánto tiempo sin mirarnos, mi buena amiga María! Cuéntame cómo te va, que saber de ti querría.

Esas dos hijas que tienes seguro se habrán casado; tendrás nietos pequeñitos o alguna estará en estado.

—Mis dos hijas ya están juntas, una tuvo mucha potra: se casó con un buen rico, vive mejor que la otra.

La mayor tiene dos niños que son una monería; la segunda está esperando a que mejore la vida.

—Con la que estamos pasando* es difícil mejorar, está la cosa muy chunga para poder trabajar.

—Su marido sí trabaja, ella es la delicada: no le gustan los chiquillos ni quedar embarazada.

Mi yerno es un hombre bueno, más aún si está dormido, pero ella siempre se queja de la "pega" del marido.

Solo le pone un defecto al buenazo de mi yerno: que se parece a un venado ¡porque tiene mucho cuerno!

El Amigo Inseparable.


 Estoy perdiendo facultades, pensar me cuesta un montón; a pesar de darle vueltas, no encuentro la solución.

Dicen que vive colgado en medio de dos paredes; no es ningún murciélago y les gusta a las mujeres.

Pasa el tiempo encogido, pero en alguna ocasión, se estira más de su doble y no es un acordeón.

Cuando ve a una mujer, él nunca siente pereza; carece de pensamiento, pero le sobra cabeza.

Es como un bebé pequeño: de vez en cuando se mea; y cuando empieza a jugar, al poco tiempo babea.

Es un pájaro muy raro, lo que no sabe es piar; tiene un par de buenos huevos que no llega a empollar.

Lo admira mucho la dama en cualquier comunidad; lo suelen usar los hombres... sobre todo por detrás.

De niño se usa poco, de joven mucho más; para que sigan pensando, no les quiero decir más.

Si eres buen adivinador, mándame la solución; como ya soy un anciano, falla mi imaginación.

jueves, 15 de enero de 2026

La Postura del Pez.

 

Abuelos hablando de sexo, y uno fantaseando, los otros están incrédulos de lo que están escuchando.

El fantasma va presumiendo de todas sus fantasías, que se lo hace a la abuela unas tres veces al día.

Uno antes de almorzar, para que esté despejada, y prepare el desayuno tras terminar la colada.

Otro, después de comer, ese mola un montón, pues resulta el mejor postre y ayuda a la digestión.

Cambiando siempre de bando, la del perrito primero, otra del kamasutra y termina el misionero.

Esa la deja echa polvo, pero le mola un montón; se va rendida a la cama y así duerme de un tirón.

—Deja de contar mentiras, vamos a tomar un vino; si tienes alguna más, la cuentas por el camino.

Esas posturas extrañas no las vuelvas a contar, que tu mujer tiene reuma y no se puede doblar.

Tienes la lengua muy larga, tu manguera está arrugada; vienes de salir del baño con la bragueta mojada.

No te creemos ni una, admítelo de una vez: seguro que la que usas es la postura del pez.

—Esa no la conozco, me tendréis que informar; la incluyo en el repertorio para poderla usar.

—En fantasmas como tú, siempre ha sido la empleada: ¡es la de pasarse el tiempo sin comerse una tostada!



El Dilema de las Posturas.

 

La mujer va a confesar, le cuenta al cura su drama; lo está pasando muy mal, sobre todo en la cama.

Si me tumbo del izquierdo, me duele el lado derecho; si me acuesto boca abajo, se aplasta todo mi pecho.

Si me pongo boca arriba, tengo que abrirme de piernas; si las mantengo cerradas, me pican las zonas tiernas.

De pie no me encuentro bien, sufro estando sentada; espero me recomiende alguna postura rara.

—No es el mejor lugar para preguntar al cura; mejor que vayas al médico, él te mandará una cura.

—Precisamente el doctor fue el que me habló de curas; vengo a confesar, por eso, que me enseñe otras posturas.

—Si el médico te manda, necesitas un milagro; me enseñarás tus posturas a ver si puedo hacer algo.

Dame pronto tu dirección, estudiaré bien el asunto; puede que se solucione si rezamos los dos juntos.

Me tengo que asegurar, no quiero manchar mi honor; dime los años que tienes, no vayas a ser menor.

—No me acuerdo exactamente, ya he perdido la cuenta; serán sobre ochenta y cinco, puede que sean noventa.

—¡Ve en paz, hija mía! Yo rezaré ahora mismo; que el Señor se apiade de ti y te cure el reumatismo.

El Dilema del Triangulo.

El chico está indeciso, se siente en un gran lío; no sabe cómo salir, pide consejo 

a un amigo.

Su amigo es un experto en casos muy complejos; espera que lo oriente para seguir su consejo.

—Tengo tres novias —le dice—, y las estoy comprobando: dándoles mucho dinero para ver cómo lo están gastando.

Una lo gastó en ropa, hasta el último centavo; quiere estar muy hermosa y tenerme enamorado.

Otra me compró un traje para que luzca elegante; presentarme a su familia y poder seguir adelante.

La tercera invirtió en bolsa; pasados ya seis meses, me devolvió aquel dinero con bastantes intereses.

Son variables muy distintas, no sé bien qué debo hacer; tú que eres experto en damas, ayúdame a escoger.

—Fácil de solucionar, no es un problema complejo; como soy amigo tuyo, te daré el mejor consejo:

Ante tal indecisión y el dilema que hoy abordas, te sugiero que te quedes... ¡con la de las tetas gordas!

Repites la Faena


 Mamá, te cuento un secreto que me tiene preocupada: no me baja la regla, creo que estoy embarazada.

—Compartiré tu secreto, se lo diré a tu padre; haremos una reunión y que venga el responsable.

Se presentó un caballero con porte y muy bien vestido, conduciendo un Ferrari, un señor muy distinguido.

—Si la dejaste en estado, te casarás con ella; somos de buena familia y además, ella es muy bella.

—Me haré cargo del asunto, pues la dejé en estado; más no me caso con ella porque ya estoy casado.

Si lo que viene es una niña, la cuidaré con alegría: le regalaré una villa y una pensión de por vida.

Si lo que viene es un niño, me hace mucha ilusión: le regalaré un chalé y diez millones de pensión.

Pero si tiene un aborto, será cosa del pasado: me olvido de este asunto y me marcho de su lado.

Saltó el padre muy molesto: —¡No te vas a desvincular! Si ella tiene un aborto... ¡Te la vuelves a tirar!

La Plancha del Amante.

Estando en plena faena oyen un extraño ruido; es el chirriar de una puerta: el regreso del marido.

Él no sabe qué hacer, ella se queda pensando: —¡Métete en el cuarto de ropa, le diré que estás planchando!

El marido no sospecha al ver al tipo sudando; bien sabe que su mujer las pasa canutas planchando.

—Vamos a otra habitación, no le metas mucha prisa, que si se pone nervioso quemará alguna camisa.

—Ese tipo es un novato, usa la plancha muy fría; para la próxima vez, usa la tintorería.

—No te preocupes, cariño, aunque la use muy fría; ese no cobra por horas, ya volverá otro día.

El amante, a la mañana, se encontró con un amigo, y entre trago y apretones le contó lo sucedido:

—Ayer lo pasé muy mal, terminé hecho una sopa; ¡la muy pilla me obligó a planchar toda su ropa!

—La ropa que tú planchaste... tengo la corazonada, que fue la que yo lavé toda la semana pasada.

Días Rojos Cristales Limpios

 

Entra el hombre en la farmacia sin saber muy bien qué hacer, se olvidó del fiel encargo que le hiciera su mujer.

Se siente desorientado, nada le viene a la cabeza; no es igual que entrar al bar y pedir una cerveza.

La empleada se lo queda mirando, pues la chica es muy apuesta; él se acerca sonriente y una ayuda le solicita.

—"No recordar el encargo me está causando un estrés... Es algo que usan ustedes, creo que una vez al mes".

—"No se preocupe, señor, no me causa una sorpresa; seguro que ella le ha dicho: 'tráeme un pack de compresas'".

Se despejaron sus dudas, vio la luz como el sol; ella sacó las compresas y un frasco de Crista sol.

—""Solo quiero las compresas, lo otro no lo ha encargado; ella lo tiene muy limpio, ¡hasta se lo ha rasurado!".

—"No es para ella, señor, espero que no se asombre, que el líquido de cristales lo suele usar más el hombre".

"Esos días de la esposa no suelen ser muy normales; y el marido, por no aburrirse... ¡Se pone a limpiar cristales!

El Dilema de la Cena.


La mujer está aburrida, su jornada ha sido plena. Llega a casa medio frita y tiene que hacer la cena.

«Este ritmo no es vida, no lo puedo soportar. Cocinaremos por días, me tendrás que ayudar».

«Cariño, lo que tú mandes, es una idea muy buena. De ahora en adelante, nos turnaremos la cena».

Ella se echó una siesta y la piensa disfrutar; comerá lo que él le ponga a la hora de cenar.

Llega el momento esperado, toda llena de ilusiones... ¡Su marido está en pelotas tocándose los cojones!

Con una mano en un vaso, despanzurrado en la silla: «Cariño, siéntate encima, ¡que vas a cenar morcilla!».

«Eres un gran cocinero, no te complicas la vida. Rica está la "morcilla", deliciosa la bebida».

«Mañana me toca a mí, creo que vas a flipar: cenamos las sobras de hoy... ¡Y me lo vas a chupar!».