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viernes, 16 de enero de 2026

El salto del camionero

 El salto del camionero

Una pareja actual, el Antonio y la Manola: él es un buen camionero, ella siempre está tan sola.

Así transcurren los días, como en tantas otras parejas; con paciencia lo soportan y sin demasiadas quejas.

Debido a su duro oficio, pasa mucho tiempo fuera; le gusta mucho conducir y ama la carretera.

Ella lo espera en la casa ansiando ya su regreso, soñando con el amor y, de vez en cuando, un beso.

En una de esas uniones, ella lo nota muy tierno; atrevida le pregunta si le ha puesto ya los cuernos.

—En un club de carretera me detuve a descansar; me fijé en una morena, tenía ganas de amar.

Al empezar la faena, vino a mí tu pensamiento; pegué un salto y me detuve por fiel arrepentimiento.

Ahora cuéntame tú, si has tenido tentaciones al dejarte tan solita por culpa de los camiones.

—Claro que las he tenido con el vecino de abajo; pero no pude saltar... ¡Por encontrarme debajo!



Tiempos de Mari castaña

 

Tiempos de Mari castaña

Tiempos de Mari castaña, donde nada tenía prisa, el cura montaba en burro para ir a decir la misa.

Cinco pueblos a su cargo, ¡aquello sí que era curro! Sin dinero para un coche, dependía de su burro.

Un día lo amarró mal (descuido atroz en un cura), y el animal se escapó a vivir una aventura.

En libertad absoluta despertó el bicho su instinto, y montaba a todo aquel que hallaba por el recinto.

Unos dicen que diez burras, otros juran que hasta veinte; la gente siempre exagera, todos sabemos que mienten.

Hasta la pobre María, que al huerto salió a mear, dijo que saltó la valla y la quiso violentar.

Aquello fue exagerado y casi todo mentira: solo había cinco burras... ¡Contando con la María!

Hicieron falta diez hombres para lograr su captura, reducirlo con dos sogas y acabar con la aventura.

Tras aquel festín de amor, el burro seguía con ganas; tenía el badajo listo para tocar las campanas.

Revolucionó a la aldea, aquello fue una locura, y todos fueron a misa a ver qué decía el cura.

Pero aquel día el sermón no estuvo muy acertado: reprochó a la parroquia lo que el burro había montado.

"Copiar lo que hace una bestia es un pecado mortal; él no irá nunca al infierno porque es solo un animal".

"Lo que vosotros debéis, para no llegar a pecar, es hacer siempre el amor solo para procrear".

La parroquia se levanta y se escucha este murmullo: "Hoy se pasó con el vino... ¡Mejor hacer caso al burro!".


Consejo de Madre

Consejo de madre

Te has convertido en adulta y, como buena madre, te aviso: si vas a buscar un novio, toma medidas, te lo preciso.

—Asumiré tu consejo, no tengo más que decir. Llevaré siempre en el bolso una cinta de medir.

La chica tomó en serio tan extraña advertencia, y cargó con la cinta métrica por si surgía una urgencia.

Llegó el primer muchacho pidiendo una relación, y ella le exige al instante: "¡Bájate el pantalón!".

El joven, muy extrañado ante tal petición, le quiso subir la falda mientras bajaba el calzón.

—¡No me subas la falda! Te lo vuelvo a repetir: antes de llegar más lejos, te la tengo que medir.

Consultaré con mi madre, que es una gran entendida; solo aceptaré tu trato si ella aprueba la medida.

El chico no comprendía aquella extraña manía, y al medirla, el pobre mozo medio encogida la tenía.

La madre vio las medidas y no le salía la cuenta, pues la chica aseguraba: "¡Mide un metro noventa!".

—¡Hija, tú no sabes nada! ¡Eso es mentira sencilla! Deja que la mida yo, que he sido modistilla.

Casi le dio un desmayo cuando ella se la midió: su hija no sabía de tallas... ¡Y con el chico ella se quedó!

El sexo ha evolucionad

 

El sexo ha evolucionado

El sexo ha evolucionado como algo extraordinario, tras algunas reflexiones, aquí va mi comentario.

Al pensar en cómo era, hasta yo mismo me asusto; si resucitara el abuelo, se moriría del susto.

Ellos no buscaban amor, ni a la mujer ideal; se la daban "en bandeja", por consejo familiar.

Eso del beso con lengua era una simple tontada; bastaba verle la pierna con la falda arremangada.

Tener alguna aventura antes del matrimonio, lo prohibía la Iglesia: ¡eran cosas del demonio!

Pasaban mucho deseo y muchas necesidades, antes de tocar mujer y entrar en profundidades.

Les daba igual la pareja, no buscaban especiales; como lo hacían sin luz... todas eran casi iguales.

Eran de "pico muy fino", pero nada de ser pijos; no hacían falta estudios para fabricar los hijos.

Como eran muy creyentes y no existían condones, no formaban familias... ¡Reclutaban batallones!


Celebrando una Separación.

 

Dos amigos, celebrando una triste separación, se agarran un buen pedo con licor de garrafón.

Uno ánima al otro, los dos se dan consuelo; van de acera en acera, al final caen al suelo.

Abrazados,
los dos
se empiezan a desnudar; parecen dos mariquitas empezando a cortejar.

El que está menos borracho se cree con mejor forma, hace una maniobra rara que se sale de la norma.

Siempre fue el más valiente, más decidido y más chulo; la poli los descubre con un dedo en el culo.

Al preguntarle qué hace con tan extraña medida: —Le meto el dedo en el culo y vomita la bebida.

—Eso no lo cree nadie, y no te hagas el chulo; estás vejando al compadre, ¡le estás dando por el culo!

—No estoy tan borracho, ni la idea es tan loca; ¡ya verás cómo devuelve cuando lo meta en su boca!


Diálogo de dos amigas

 

Diálogo de dos amigos

—¡Cuánto tiempo sin mirarnos, mi buena amiga María! Cuéntame cómo te va, que saber de ti querría.

Esas dos hijas que tienes seguro se habrán casado; tendrás nietos pequeñitos o alguna estará en estado.

—Mis dos hijas ya están juntas, una tuvo mucha potra: se casó con un buen rico, vive mejor que la otra.

La mayor tiene dos niños que son una monería; la segunda está esperando a que mejore la vida.

—Con la que estamos pasando* es difícil mejorar, está la cosa muy chunga para poder trabajar.

—Su marido sí trabaja, ella es la delicada: no le gustan los chiquillos ni quedar embarazada.

Mi yerno es un hombre bueno, más aún si está dormido, pero ella siempre se queja de la "pega" del marido.

Solo le pone un defecto al buenazo de mi yerno: que se parece a un venado ¡porque tiene mucho cuerno!

El Amigo Inseparable.


 Estoy perdiendo facultades, pensar me cuesta un montón; a pesar de darle vueltas, no encuentro la solución.

Dicen que vive colgado en medio de dos paredes; no es ningún murciélago y les gusta a las mujeres.

Pasa el tiempo encogido, pero en alguna ocasión, se estira más de su doble y no es un acordeón.

Cuando ve a una mujer, él nunca siente pereza; carece de pensamiento, pero le sobra cabeza.

Es como un bebé pequeño: de vez en cuando se mea; y cuando empieza a jugar, al poco tiempo babea.

Es un pájaro muy raro, lo que no sabe es piar; tiene un par de buenos huevos que no llega a empollar.

Lo admira mucho la dama en cualquier comunidad; lo suelen usar los hombres... sobre todo por detrás.

De niño se usa poco, de joven mucho más; para que sigan pensando, no les quiero decir más.

Si eres buen adivinador, mándame la solución; como ya soy un anciano, falla mi imaginación.

jueves, 15 de enero de 2026

La Postura del Pez.

 

Abuelos hablando de sexo, y uno fantaseando, los otros están incrédulos de lo que están escuchando.

El fantasma va presumiendo de todas sus fantasías, que se lo hace a la abuela unas tres veces al día.

Uno antes de almorzar, para que esté despejada, y prepare el desayuno tras terminar la colada.

Otro, después de comer, ese mola un montón, pues resulta el mejor postre y ayuda a la digestión.

Cambiando siempre de bando, la del perrito primero, otra del kamasutra y termina el misionero.

Esa la deja echa polvo, pero le mola un montón; se va rendida a la cama y así duerme de un tirón.

—Deja de contar mentiras, vamos a tomar un vino; si tienes alguna más, la cuentas por el camino.

Esas posturas extrañas no las vuelvas a contar, que tu mujer tiene reuma y no se puede doblar.

Tienes la lengua muy larga, tu manguera está arrugada; vienes de salir del baño con la bragueta mojada.

No te creemos ni una, admítelo de una vez: seguro que la que usas es la postura del pez.

—Esa no la conozco, me tendréis que informar; la incluyo en el repertorio para poderla usar.

—En fantasmas como tú, siempre ha sido la empleada: ¡es la de pasarse el tiempo sin comerse una tostada!



El Dilema de las Posturas.

 

La mujer va a confesar, le cuenta al cura su drama; lo está pasando muy mal, sobre todo en la cama.

Si me tumbo del izquierdo, me duele el lado derecho; si me acuesto boca abajo, se aplasta todo mi pecho.

Si me pongo boca arriba, tengo que abrirme de piernas; si las mantengo cerradas, me pican las zonas tiernas.

De pie no me encuentro bien, sufro estando sentada; espero me recomiende alguna postura rara.

—No es el mejor lugar para preguntar al cura; mejor que vayas al médico, él te mandará una cura.

—Precisamente el doctor fue el que me habló de curas; vengo a confesar, por eso, que me enseñe otras posturas.

—Si el médico te manda, necesitas un milagro; me enseñarás tus posturas a ver si puedo hacer algo.

Dame pronto tu dirección, estudiaré bien el asunto; puede que se solucione si rezamos los dos juntos.

Me tengo que asegurar, no quiero manchar mi honor; dime los años que tienes, no vayas a ser menor.

—No me acuerdo exactamente, ya he perdido la cuenta; serán sobre ochenta y cinco, puede que sean noventa.

—¡Ve en paz, hija mía! Yo rezaré ahora mismo; que el Señor se apiade de ti y te cure el reumatismo.

El Dilema del Triangulo.

El chico está indeciso, se siente en un gran lío; no sabe cómo salir, pide consejo 

a un amigo.

Su amigo es un experto en casos muy complejos; espera que lo oriente para seguir su consejo.

—Tengo tres novias —le dice—, y las estoy comprobando: dándoles mucho dinero para ver cómo lo están gastando.

Una lo gastó en ropa, hasta el último centavo; quiere estar muy hermosa y tenerme enamorado.

Otra me compró un traje para que luzca elegante; presentarme a su familia y poder seguir adelante.

La tercera invirtió en bolsa; pasados ya seis meses, me devolvió aquel dinero con bastantes intereses.

Son variables muy distintas, no sé bien qué debo hacer; tú que eres experto en damas, ayúdame a escoger.

—Fácil de solucionar, no es un problema complejo; como soy amigo tuyo, te daré el mejor consejo:

Ante tal indecisión y el dilema que hoy abordas, te sugiero que te quedes... ¡con la de las tetas gordas!

Repites la Faena


 Mamá, te cuento un secreto que me tiene preocupada: no me baja la regla, creo que estoy embarazada.

—Compartiré tu secreto, se lo diré a tu padre; haremos una reunión y que venga el responsable.

Se presentó un caballero con porte y muy bien vestido, conduciendo un Ferrari, un señor muy distinguido.

—Si la dejaste en estado, te casarás con ella; somos de buena familia y además, ella es muy bella.

—Me haré cargo del asunto, pues la dejé en estado; más no me caso con ella porque ya estoy casado.

Si lo que viene es una niña, la cuidaré con alegría: le regalaré una villa y una pensión de por vida.

Si lo que viene es un niño, me hace mucha ilusión: le regalaré un chalé y diez millones de pensión.

Pero si tiene un aborto, será cosa del pasado: me olvido de este asunto y me marcho de su lado.

Saltó el padre muy molesto: —¡No te vas a desvincular! Si ella tiene un aborto... ¡Te la vuelves a tirar!

La Plancha del Amante.

Estando en plena faena oyen un extraño ruido; es el chirriar de una puerta: el regreso del marido.

Él no sabe qué hacer, ella se queda pensando: —¡Métete en el cuarto de ropa, le diré que estás planchando!

El marido no sospecha al ver al tipo sudando; bien sabe que su mujer las pasa canutas planchando.

—Vamos a otra habitación, no le metas mucha prisa, que si se pone nervioso quemará alguna camisa.

—Ese tipo es un novato, usa la plancha muy fría; para la próxima vez, usa la tintorería.

—No te preocupes, cariño, aunque la use muy fría; ese no cobra por horas, ya volverá otro día.

El amante, a la mañana, se encontró con un amigo, y entre trago y apretones le contó lo sucedido:

—Ayer lo pasé muy mal, terminé hecho una sopa; ¡la muy pilla me obligó a planchar toda su ropa!

—La ropa que tú planchaste... tengo la corazonada, que fue la que yo lavé toda la semana pasada.

Días Rojos Cristales Limpios

 

Entra el hombre en la farmacia sin saber muy bien qué hacer, se olvidó del fiel encargo que le hiciera su mujer.

Se siente desorientado, nada le viene a la cabeza; no es igual que entrar al bar y pedir una cerveza.

La empleada se lo queda mirando, pues la chica es muy apuesta; él se acerca sonriente y una ayuda le solicita.

—"No recordar el encargo me está causando un estrés... Es algo que usan ustedes, creo que una vez al mes".

—"No se preocupe, señor, no me causa una sorpresa; seguro que ella le ha dicho: 'tráeme un pack de compresas'".

Se despejaron sus dudas, vio la luz como el sol; ella sacó las compresas y un frasco de Crista sol.

—""Solo quiero las compresas, lo otro no lo ha encargado; ella lo tiene muy limpio, ¡hasta se lo ha rasurado!".

—"No es para ella, señor, espero que no se asombre, que el líquido de cristales lo suele usar más el hombre".

"Esos días de la esposa no suelen ser muy normales; y el marido, por no aburrirse... ¡Se pone a limpiar cristales!

El Dilema de la Cena.


La mujer está aburrida, su jornada ha sido plena. Llega a casa medio frita y tiene que hacer la cena.

«Este ritmo no es vida, no lo puedo soportar. Cocinaremos por días, me tendrás que ayudar».

«Cariño, lo que tú mandes, es una idea muy buena. De ahora en adelante, nos turnaremos la cena».

Ella se echó una siesta y la piensa disfrutar; comerá lo que él le ponga a la hora de cenar.

Llega el momento esperado, toda llena de ilusiones... ¡Su marido está en pelotas tocándose los cojones!

Con una mano en un vaso, despanzurrado en la silla: «Cariño, siéntate encima, ¡que vas a cenar morcilla!».

«Eres un gran cocinero, no te complicas la vida. Rica está la "morcilla", deliciosa la bebida».

«Mañana me toca a mí, creo que vas a flipar: cenamos las sobras de hoy... ¡Y me lo vas a chupar!».


Una curiosa Historia



El pobre sufre un complejo que arrastra desde pequeño: tiene los huevos muy grandes y el pito... ¡Sin mucho empeño!

Se echó novia de mayor y, siguiendo con el tema, buscó pronto un curandero que arreglara su problema.

Era un curandero negro de una tribu de Gabón, donde el pene usan los viejos ¡como si fuera un bastón!

El ungüento es efectivo, ni él mismo se lo creía: el miembro se desarrolla un poquito cada día.

Le pide pronto a la novia un rápido casamiento, temiendo que eso se encoja y se le joda el invento.

La mujer, con semejante arma, lo pasa de maravilla; pero sigue aquel creciendo por debajo la rodilla.

Efectos colaterales: ha pasado más de un año, no quiere que crezca más... ¡Ya!
no cabe ni en el baño!

Deja de darse la crema y se le encoge un montón, la piel no le queda tersa: parece un acordeón.

Es una cosa muy rara, no lo tiene controlado; necesita más ungüento para volver a su estado.

Pero ya es demasiado largo, tiene que tomar medida: al vaciar la bañera, ¡él le tapa la salida!

—Cari, esto es demasiado, pasa de castaño oscuro. —No te preocupes, amor... ¡Podemos hacerle un nudo!

—Si te molesta al bañarte, no me hagas la puñeta: lo mejor es que te duches subido en una banqueta.

El Habito del Desertor.


Un soldado va escapando de una estúpida guerra. Él no quiere ser valiente, todo le importa una mierda.

Salta el muro de un convento donde se piensa ocultar. Es un terreno sagrado, nadie lo irá a buscar.

Una monja está rezando absorta en su oración; él ve allí un escondite y aprovecha la ocasión.

Bajo el hábito ancho se siente bien protegido. Nadie entra en ese sitio, ni el más fiero enemigo.

La monja no dice nada, pues cumple con su deber: es amor hacia el prójimo, perdonar y proteger.

Pasado ya cierto tiempo se encuentra más relajado. Siente un roce en la cabeza: el peligro ha terminado.

Da las gracias a la monja con un abrazo y un beso. Nota unas piernas de hierro y el roce de "su grueso".

—Yo te sacaré de dudas y te hablo con certeza; solo tienes que pensar en el golpe en tu cabeza.

Soy desertor como tú de esta guerra de mierda; me disfrazo de novicia... ¡Pues no quiero ir a la guerra!



El Luto Inespersdo.


Por andar de picos pardos, pescó una enfermedad; el pito cae a trozos, solo queda la mitad.

La parienta le recrimina, ya no duerme en su cama; con dolor de cabeza, del amor no tiene gana.

Él ama a su mujer, quiere seguir adelante. El médico le aconseja: —Lo mejor es un trasplante.

—Yo no quiero la de un viejo, que es el único donante. Un joven jamás la dona, no habrá quien lo trasplante.

—No te preocupes, cariño, déjame pensar en algo; quizá existan otros métodos que puedan solucionarlo.

—No pienses en siliconas ni medios artificiales; de esos ya tengo de sobra, solo admito naturales.

Al fin llegó el trasplante al decimoctavo día; se lo enseñó a su mujer y la dejó sorprendida.

—¡Eres un pedazo de cabrón, un verdadero demonio! No quiero saber de ti, aquí acaba el matrimonio.

Se marchó lejos de él, no quería ver su canuto; se vistió toda de negro, de riguroso luto.

Cuando una amiga la vio, quiso saber del entuerto: —¿Cómo es que vas de luto, si tu marido no ha muerto?

—No es por ese cabrón, que es un verdadero cerdo; el luto que estoy guardando... ¡Es por la pérdida del perro!

Soluciones da Cantina.

 

—Sospecho que no me amas, haces el amor sin gana; creo que escondes a alguien debajo de nuestra cama.

—Estás mal de la azotea y vives obsesionado. Puedes echar un vistazo: verás que está despejado.

En efecto, comprobó que ella tenía razón. Todo estaba despejado, no quedó ni un rincón.

Su obsesión no se le pasa, no lo puede soportar. Pide cita al psiquiatra por si lo puede curar.

Alegre acude a la cita en la primera ocasión. ¡Le parece que es muy cara! Curarse valdrá un pastón.

Triste regresa al hogar, pensando por el camino: «Me sale más económico agarrar un pedo con vino».

Va directo a la cantina, allí, entre vaso y vaso, le comenta al cantinero lo singular de su caso.

Este, que es un lince, se ríe de su obsesión; entre risas le comenta: —Yo tengo la solución.

Dices que tu cama es alta y no sabes qué hacer... ¡Prueba a cortarle las patas y nadie se podrá esconder!

Si esta recomendación no te sirve de modelo, olvida cama y colchón ¡y te acuestas en el suelo!

Lencería para un difunto

 

Lencería para un difunto

Dos viudas coinciden visitando el cementerio: una viste de colores, la otra guarda el misterio.

La de negro se arrodilla y se pone a rezar, rosario siempre en la mano y no para de llorar.

En cambio, la de colores no siente ningún complejo: luce una minifalda que casi enseña el conejo.

A veces se abre de piernas, las lleva bien depiladas, y le pide al esposo que mire sus mini bragas.

Otro día se despoja de la prenda superior, para lucir el escote y el mini sujetador.

La viuda de luto negro está muy alucinada; ante tan rara conducta, no entiende nada de nada.

—¿Cómo es que en tus visitas nunca vienes a rezar, y cada prenda que estrenas se la vienes a mostrar?

—Mi esposo era un viajante de lencería fina; dejó maletas tan llenas que el armario no termina.

Como siempre andaba fuera, poco pudo contemplar; ahora que sé dónde ubicarlo, se las vengo a modelar.

Te extraña que esté tan alegre, cantando y sonriendo... ¡Es que hoy sé dónde descansa y quién se lo está comiendo!



El Joven y la Avería

 

El Joven y la Avería

El joven tuvo una avería en un lugar algo oscuro. Se encuentra sin cobertura y no lo cubre el seguro.

A lo lejos ve una luz en medio de la espesura; parece un lugar habitado, se acerca a pedir ayuda.

Allí encuentra a una familia dispuesta a prestarle ayuda; una singular familia que siempre anda desnuda.

—Ahora ya es muy tarde, te invitamos a cenar; debes quitarte la ropa para no desentonar.

A su lado, una rubia toda en pelota picada; su miembro golpea la mesa sin él poder hacer nada.

Ella le dice al oído al terminar de cenar: —Por normas de la familia, te la tengo que bajar.

Se la dejó como un trapo, y emocionada repetía: —Cuando pases por aquí, ¡simula otra avería!

Esto contó a un amigo, el cual no se lo creía: —Mañana paso por allí y simulo una avería.

El recibimiento es bueno, la rubia está a su lado; él se pone muy nervioso, se sienta de medio lado.

Por contemplar a la rubia cometió el error primero: no asentó bien el trasero y se le escapó un pedo.

El padre le dice al hijo: —A este se le van los pedos. Llévalo a tu habitación y ¡tápale el agujero!

La Tragedia del Amor


 Es un muchacho sensible, de muy noble corazón, que se entrega por entero a la primera ocasión.

Con la vecina del quinto, el padre lo vio abrazado; tuvieron una charla seria en un lugar apartado.

—Hijo, deja a esa muchacha, su madre es la Mariana; tuve una aventura con ella... ¡Puede que sea tu hermana!

Ante tal revelación, él se quiere suicidar; era su primer amor y lo tiene que olvidar.

Ha pasado casi un año, ya superó lo peor. Su vida se normaliza: encontró un nuevo amor.

Esta será la elegida, ya lo tiene decidido; pero al verla, nuevamente, el padre halla un parecido.

—Hijo, tienes que dejarla, hazme caso, por tu bien; mira bien sus facciones, son las mías, ¿no las ven?

De joven fui un semental, y fumaba marihuana; el próximo amor que busques... ¡Mejor que sea australiana!

Imposible asimilar la historia de aquel padre, y decide consultar la opinión de su madre.

—Yo siempre lo vigilé porque me tenía mosca; su semilla es muy estéril y no se come una rosca.

Deja ya de preocuparte, pásalo de puta madre; vete con la que tú quieras... ¡Que él ni siquiera es tu padre!

La Profecía del Siglo 28

 



La mujer era ignorante en esto de las posturas; le gustaba lo de siempre, por la noche y a oscuras.

Está algo desfasada, no se cuelga ni un adorno; ve poca televisión y nunca entró en el porno.

Su pareja le propone que hace falta innovar: buscar distintas posturas a la hora de chingar.

«Esto es como el tiempo, que de vez en cuando llueve: la próxima probaremos a hacer el sesenta y nueve».

—Eres un caprichoso y te voy a complacer; dime qué postura es esa y lo que tengo que hacer.

—Es una cosa sencilla, no es una cosa rara: tanto el uno como el otro pone el culo en la cara.

—Eso debe ser moderno, no creo que antes se usara; es un poco "guarrete" poner el culo en la cara.

Tenía razón la mujer: con chupada y movimiento, le soltó un pedo en la cara que movió los cimientos.

«Si este es el sesenta y nueve y aún faltan sesenta y ocho... ¡Yo cierro el chiringuito hasta el siglo veintiocho!».

Sabor Tropical

 Sabor Tropical

Regresa de vacaciones, las pasó en Punta Cana. Allí comió mucha fruta, incluida la banana.

Libre de aquel marido que no pudo acompañar, pues no hubo vacaciones y tuvo que trabajar.

Al regreso, su esposo la encuentra muy cambiada: le han crecido los pechos, está más guapa de cara.

Se la lleva a la alcoba y se lleva una sorpresa: al besarle un pezón, ¡aquello sabe a frambuesa!

Emocionado el marido, busca el otro "biberón"; este sabe aún mejor: es fruta de la pasión.

—Cariño, no te emociones, y deja ya de chupar. Te portas como un niño que solo quiere mamar.

—Este sabor tropical algo me está transformando; noto cosas muy raras, pero seguiré probando.

Las tienes tan infladas... tengo que seguir chupando; ¡con cada beso que doy, mi plátano sé va estirando!

Si chupas más abajo, seguro te sabe a fresa y pasados nueve meses¡Te daré una sorpresa!

Tiempos sin locomoción


 Tiempos sin locomoción

Tiempos sin locomoción, en un pueblo ya perdido, con una tropa de hombres buscando el oro en el río.

Sin trabajo y sin dinero, allí espera encontrar la gran pepita de oro para poderse casar.

Pero ya ha pasado un año y no sabe qué ha de hacer: no encontró la gran pepita ni ha visto a una mujer.

Es un lugar solitario, donde no existen placeres. Desesperado pregunta: "¿Dónde hallaré a las mujeres?"

—Es un camino muy largo el que hay que recorrer; llegarás muy fatigado a la "casa del placer".

—Sigue recto ese sendero, encontrarás un cercado; allí verás unas burras pastando hierba en el prado.

Elige la que te guste, que ya haya sido montada; si eliges una novata, puede darte una patada.

Te acercas muy despacito, la empiezas a acariciar; si ella levanta la cola, es que se deja montar.

A su regreso preguntan si se siente satisfecho, si encontró aquel lugar y por todo lo que ha hecho.

—Elegí la burra joven, no se dejaba montar; la cabalgué varias veces hasta que la logré domar.

—Lo de montar a la burra veo que no has asimilado: ¡eran para ir al burdel y no llegar tan cansado!

La Postura del Murciélago.


Madre, tengo un ligue que no se piensa casar. Dime qué tengo que hacer y a dónde puede llegar.

—En estos casos puntuales, hay que usar la cordura y proteger la parcela debajo de la cintura.

De cintura para arriba te puedes dejar tocar; de cintura para abajo, eso lo debes guardar.

Esa es zona peligrosa, no olvides nunca mi consejo: allí está la conejera, ¡no dejes que entre el conejo!

—Seguiré tus consejos, llenos de sabiduría; le dejaré que disfrute de cintura para arriba.

—De cintura para arriba, gracias, no pasa nada... Seguí todos tus consejos ¡y estoy embarazada!

—Me dirás cómo lo hizo, estoy la mar de intrigada. Será por arte de magia que te dejó embarazada.

—La postura del murciélago es la mar de divertida... ¡Y la conejera queda de cintura para arriba!

miércoles, 14 de enero de 2026

Las tres viajeras


Las tres viajeras

Comentan tres amigas, sus viajes en avión, y el tipo de vestuario para dicha ocasión.

Viven obsesionadas, lo tienen muy presente: destacar con sus ropas si ocurre un accidente.

Una se viste de rojo por si el motor fallara, pues es un tono fuerte que pronto se avistara.

—No es una mala idea, pero la mía es mejor: yo voy de fosforito, que da más resplandor.

María no dice nada, jamás voló en avión, no sabe qué ponerse para tal situación.

—Tú guardas el silencio, pero habrás de viajar... ¿Qué prenda elegirías a la hora de volar?

—Subiría a la cabina sin llevar ni una muda, sin maleta y sin ropa, completamente desnuda.

—¡Es una idea estupenda! Si se estrella el avión, al ver tu cuerpo inerte llamaría la atención.

Más en la charla interviene mi futura suegra: —¡Lo primero que buscan es siempre la caja negra!

El Pronóstico de María

 El Pronóstico de María

Con el tiempo tan revuelto la gente no sabe qué hacer: si será un día estupendo o si acaso va a llover.

Esas mismas inquietudes no preocupan a María; ella sabe cuándo llueve o será un hermoso día.

Con un sol muy despejado, sin visos de caer agua, María sale a la calle cargada con su paraguas.

Cae al poco un chaparrón y le dice una vecina: "—¿Cómo sabes cuándo llueve? ¿Eres acaso adivina?

El otro día te vi, con el cielo muy nublado, ibas tú sin el paraguas y al poco hubo despejado".

"—Antes de salir de casa, miro el pene a mi marido; a ver si lo tiene húmedo o si lo tiene dormido.

Si lo tiene muy húmedo, ya sé lo que tengo que hacer: salgo pronto con paraguas porque ese día va a llover.

Si lo tiene bien dormido y al tocarlo ni se mueve, puedo salir muy tranquila, pues sé que ese día no llueve".

"—¿Y qué haces —dice la otra— si al tocarlo algún día, lo encuentras muy animado apuntando hacia arriba?"

"—En esas condiciones, ¡rápido sé lo que pasa! Ese día lo aprovecho... ¡Y no salgo de la casa!"



El Amor Sordera.


 

Tiene un novio muy roñoso, ella lo quiere cambiar, con mucho amor y cariño para podérselo casar.

Surge un acontecimiento: él juega a la lotería, y llega su día de suerte con la "suerte" primitiva.

Dos millones y medio... ¡Ella salta de alegría! Eso lo cambia todo, bendita la lotería.

Nunca le hizo un regalo, este será el primero; antes siempre repetía: "Es que no tengo dinero".

"Ahora que tengo parné, puedo darte una alegría. Pide lo que tú quieras, que lo tendrás en el día".

Para darle una sorpresa y queriendo ser original, ella le pide el regalo escrito en una postal.

Rápida contestación: "Iré a media noche. Tú me abres la puerta cuando escuches el coche".

Se presentó puntual, sonriendo y cantando: "Ya traigo tu pedido, vete ya preparando".

"¡Estás jugando al despiste! No pedí cuarenta polvos... ¡Eres un puto roñoso! ¡Es un deportivo XL Volvo!"

La justicia divina

 La justicia divina

La justicia, la de arriba, es difícil de explicar, y este es un claro ejemplo de lo que puede pasar.

En el pueblo vive un cura que ejerce con gran pasión, que cuida de su parroquia y enseña la religión.

También vive un buen taxista que invade hasta las aceras, no respeta las señales en calles ni carreteras.

Dos personas tan distintas que, por culpa de la prisa, se encuentran cuando el cura va a paso de dar su misa.

Una decisión fatal: subir con aquel alocado. Chocan contra una farola y quedan "espachurrados".

Juntos llegan hasta el cielo; el taxista es premiado con la distinción más alta, más el cura es ignorado.

No entiende tal injusticia, pues sus misas y sermones no le sirven para nada... ¡Exige explicaciones!

—Tus misas y tus sermones eran lentos y aburridos; siempre decías lo mismo y acababan todos dormidos.

En cambio, con el taxista, como nada respetaba, pedían ayuda a Dios ¡y todo el mundo rezaba!

Tras oír la moraleja y el veredicto escuchado... ¿Quién merece ser premiado?


Especial el "Sesenta y nueve"

 

Sus amigos no comprenden que no le guste bailar, y a sus veinticinco años esté aún por estrenar.

Es un chico singular que se explica con paciencia: siempre pone de pretexto que le gana la vergüenza.

"Te buscamos una chica muy sencilla y educada; tú espera en la habitación y con la luz apagada.

No hace falta ni que hables, todo se hará en la espesura, comprobar el material y probar alguna postura".

Él no sabe de "material" ni se muestra exigente, le basta con una joven que sea un poco inocente.

De posturas nada sabe, la curiosidad le puede, solo recuerda en su mente algo del "sesenta y nueve".

De duraciones no entiende, desea que sea breve, y le pregunta a la dama: "¿Tú haces el sesenta y nueve?".

"Si alargamos la función, yo espero no sea breve; a las doce y un minuto... ¡Cumplo los sesenta y nueve!".

El milagro del paracetamol

 

El milagro del paracetamol

La mujer dice al marido: —Eres un buen cabezón, estás hecho una castaña y no me das la razón.

Tienes que ir al médico, que te haga una revisión; siempre estás de mal humor y has perdido la pasión.

—Eso es normal a mi edad, son unas simples cosillas; verás lo que me receta: seguro simples pastillas.

—Si unas simples pastillas te mejoran el humor, yo sería más feliz... ¡se lo explicaré al doctor!

Le explicó la mujer lo que le pasa al marido. Sin la cita presencial, la mujer se hizo un lío.

Con las pastillas en casa que le trajo la mujer, con la letra tan pequeña él no se puso a leer.

A la hora de tomarla empieza a reaccionar: —Vente, cariño, a la cama, que te voy a espabilar.

Cada ocho horas un "kiko", él siempre estaba a punto. Pero al terminar la caja... ¡se le declaró difunto!

La buena mujer compró pastillas para el amor, ¡y el médico recetó simple paracetamol!


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Misión de Intercambio.


 Se van a vivir al campo, muy lejos de la ciudad, buscan la vida sencilla, con paz y tranquilidad.

Esa paz que tanto ansían muy pronto se ve truncada, por unos extraterrestres en visita inesperada.

Han venido a la Tierra en una misión compleja: probar a crear otra raza intercambiando pareja.

El reto es inesperado, a la vez que atractivo; la mujer, más decidida, pronto anima a su marido.

Terminada la sesión, pasada ya la "calentura", los dos están de acuerdo en contarse la aventura.

—Al sacar el aparato, yo me quedé muy asombrada: era como un gusano, no servía para nada.

—No te preocupes, terrícola, sé bien lo que estás pensando: si le das unos tirones, esto se va agrandando.

El sistema era sencillo, el método funcionaba: se ponía larga y gorda cada vez que la estiraba.

Fue una noche muy feliz, la más grande de mi vida; jamás volveré a encontrar un "aparato" a medida.

—Ahora cuéntame tú, ¿qué tal te lo has pasado? Seguro le diste caña hasta quedar reventado.

—De tanto estiramiento, me la dejó hecha una mierda: me quedó larga y finita... ¡Como una lombriz de tierra!


La confesión del cura

 

La confesión del cura

Se encuentra ante el doctor con el rostro demacrado, tiene profundas ojeras y se siente muy cansado.

—Para poder valorar, aunque conozco tu oficio, cuéntame algo de tu vida, sobre todo de tus vicios.

—La verdad, tengo muy pocos, llevo una vida sin vicio: como bien, duermo lo justo y hago un poco de ejercicio.

De tabaco, casi nada, tres pitillos cada día: uno después del almuerzo, dos más con el mediodía.

No me paso en la bebida, bebo el vino que me agrado, con tres gotas de agua fría para que tenga menos grado.

Quizás en la comida sí que me esté sobrepasando, mi trabajo no es de fuerza y por eso voy engordando.

—No es para estar tan cansado, ¡tendrías que estar bailando! ¿Haces mucho el amor... o solo de vez en cuando?

—Eso es igual que el comer, siempre me sobran las ganas; lo más normal es que yo eche unos doce a la semana.

—No creo estar excediéndome, pues según he consultado, es lo que suele hacer siempre cualquier joven recién casado.

El médico se hizo cruces: —¡Válgame Dios, qué recuerdo! ¡Que tú no estás casado... y eres el cura del pueblo!

La técnica del ladrillo



La técnica del ladrillo

En tiempos de Mari castaña, con técnica muy avanzada, decían que, haciéndolo en pie, no quedabas embarazada.

Para reforzar el asunto, un complemento existía: si al terminar hacía pis, limpiaba la tubería.

Dos amigas estudiaban técnicas tan avanzadas; si el invento funcionaba, se iban a poner moradas.

A una la ronda un cojo, y ella, que el defecto ve, piensa: «si tiene una corta, no podrá hacerlo de pie».

Se va el cojo con la otra, a quien le mola un montón; le soluciona el problema en la primera sesión.

La otra, por darle envidia, busca un mozo más alto, que le fabrica una tripa casi en el primer asalto.

Le dice a la del cojo: «Tú no estás embarazada; gozarás más que ninguna, pero lo harás tumbada».

«¡Siempre lo hacemos de pie! Aprovecho su cojera; me da muy buen resultado, te explicaré la manera:

Yo llevo siempre un ladrillo, no me fío a la aventura; lo pongo bajo la corta y quedan a la misma altura.

No me fío de los dichos, ni que "de pie es lo mejor"; si no entra la gasolina, no arrancará el motor.

Me mantengo siempre alerta, y cuando él más acelera, ¡le doy un pie al ladrillo y desenchufo la manguera!».


La Dosis Equivocada


Dosis Equivocada

Pide un hombre en la sexshop unas pastillas potentes, que al tomarlas su mujer rápida se recaliente.

—Para darte esas pastillas yo tendría que saber, a cuántos grados bajo cero se te pone la mujer.

—Nunca le medí los grados, yo le puedo asegurar que cada vez que la toco me pongo hasta a tiritar.

Si le enchufo el pizarrín, la cosa se pone peor: ¡es como si la metiera dentro del congelador!

—Toma, pues, estas pastillas, que son el último grito. ¡Que solo se tome una! O con más... ¡Te funde el pito!

Llega a casa emocionado, le da una a la mujer, pero él se toma dos para poder responder.

Ella se desnuda rápido llamando pronto al marido, pero al mirarle la pieza... ¡La tiene medio dormida!

—¡Marido, eres un desastre! Esto no tiene perdón. No me sirves para nada, ¡yo quiero un hombre de acción!

—¡No eres tú sola, mi amor! ¡Ahora ya somos dos! Tengo el culo como un horno, ¡y necesito un extintor!

Por no seguir los consejos lo pasó mucho peor: para enfriarse las nalgas, ¡vació todo el extintor!

La Solución de la Bruja.

 

Un desastre de marido, tan borracho y comilón, que su mujer, ya aburrida, buscaba una solución.

Consultó a varios doctores, nadie dio con la receta; halló al fin la medicina en una bruja discreta.

—Con este simple brebaje que te voy a preparar, si se lo echas en el vino creerá que va a reventar.

Perderá el conocimiento, te podrás aprovechar; dile, cuando vuelva en sí: "¡Algún día vas a explotar!

Hoy tuviste mucha suerte, estás vivo de chiripa; si sigues haciendo el tonto, te quedarás sin la tripa".

—Tienes otra alternativa: ve directo al matadero, y recoge entre el despojo unas tripas de cordero.

Cuando vuelva a recaer y lo encuentres bien "pedo", se las pones junto al culo... esas tripas de cordero.

—¡Qué razón tenías, mujer! Sigo vivo de chiripa; se cumplió lo que advertiste: ¡se me salieron las tripas!

—Eso es por no cuidarte, aunque tiene solución; seguro que al escaparse te dolieron un montón.

—No dolieron al salir, lo que no llego a entender... ¡Es que las pasé muy putas al volverlas a meter!

El niño, la bruja y los huevos

 

El niño, la bruja y los huevos

Diez años sin tener niños sin saber cómo ocurrió, ella queda embarazada y de mellizos parió.

Al comenzar con el habla uno es más adelantado, el otro no dice nada: es bueno, pero callado.

El matrimonio, angustiado por corregir esa pega, con empeño lo han llevado directo al logopeda.

Lo revisan los doctores y llegan a sentenciar: «El niño está muy perfecto, solo tarda en hablar».

No se fían del dictamen, buscan otra solución; la abuela les recomienda curanderos de la región.

La bruja le pone en cueros, le hace una revisión y dice que por mil euros le dará la solución.

—No me importa ya el dinero, no me haga usted esperar, le daré lo que me pida si el niño empieza a hablar.

Usa un truco muy antiguo, el método no es muy nuevo: le agarra de las pelotas y le retuerce un huevo.

El niño pega un chillido, las está pasando putas, se encara con la señora: «¡Usted es una hija de puta!».

El padre, muy emocionado, llama rápido a la madre: «¡Estoy la mar de contento, he conseguido que hable!».

—¡Marido, eres un desastre, un torpe y un cornudo! ¡Te llevaste al que ya habla y aquí me dejaste al mudo!


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Cuestión de Retraso.


Bien que te lo advertí y tú sin hacerme caso, por culpa de tu despiste ya va un mes de retraso.

Presumías ante todos de tenerlo controlado, mañana iré yo al médico a que me dé el resultado.

Con el análisis hecho llega el primer fracaso: el doctor nos confirma que hay un mes de retraso.

Llaman de la compañía, ¡qué raro suena este caso! Le dicen que su mujer lleva un mes de retraso.

El hombre está en un lío, no se lo puede creer: ¿Cómo sabe Iberdrola lo que siente su mujer?

—Vaya usted pronto al banco, le dan poco tiempo y plazo, si su mujer se pone al día cerraremos este caso.

—¿Y si me niego a pagar? —pregunta él con frialdad. —Pasaremos por su casa y se la vamos a cortar.

—¡No me la pueden cortar! ¡Piensen en mi mujer! Con el marido capado, ¿ella qué va a hacer?

—Eso no es problema nuestro, a nosotros nos la pela, que se las arregle ella... ¡Con un cirio o una vela!