—Sospecho que no me amas, haces el amor sin gana; creo que escondes a alguien debajo de nuestra cama.
—Estás mal de la azotea y vives obsesionado. Puedes echar un vistazo: verás que está despejado.
En efecto, comprobó que ella tenía razón. Todo estaba despejado, no quedó ni un rincón.
Su obsesión no se le pasa, no lo puede soportar. Pide cita al psiquiatra por si lo puede curar.
Alegre acude a la cita en la primera ocasión. ¡Le parece que es muy cara! Curarse valdrá un pastón.
Triste regresa al hogar, pensando por el camino: «Me sale más económico agarrar un pedo con vino».
Va directo a la cantina, allí, entre vaso y vaso, le comenta al cantinero lo singular de su caso.
Este, que es un lince, se ríe de su obsesión; entre risas le comenta: —Yo tengo la solución.
Dices que tu cama es alta y no sabes qué hacer... ¡Prueba a cortarle las patas y nadie se podrá esconder!
Si esta recomendación no te sirve de modelo, olvida cama y colchón ¡y te acuestas en el suelo!










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