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miércoles, 14 de enero de 2026

El Doctor (Curalotodo)


Se jubiló el viejo médico, Don Cipriano, el del lugar, que solo daba pastillas y te mandaba a callar. 👴💊

Llegó un doctor muy moderno con un pirsin en la ceja, dice que curar los males es una cuestión muy vieja. 💉🤨

Ya no te mira la lengua, ni te ausculta el corazón, te receta tres cervezas y un buen plato de jamón. 🍻🍖

«Si le duele la rodilla o le pica la nariz, tómese un gin-tonic frío y verá qué es ser feliz». 🍹✨

La sala de espera ahora es una sala de fiesta, con hilos de luces rojas y una banda de orquesta. 🎺💃

Los abuelos con el reuma ya no llevan el bastón, están bailando un reguetón cerca del mostrador. 🕺🔥

El boticario del pueblo está que echa chispas, claro, pues ya no vende jarabes, ¡solo vende ron del caro! 🥃🚫

Vino a verlo el inspector con cara de pocos amigos: «¿Qué receta usted, doctor, a estos pobres mendigos?». 📋🧐

Y el médico le responde con una gran alegría: «¡Si la gente está contenta, no existe la enfermedad fría!». 🥳🌈


Cuidado con lo que te Untas


Tiene una buena amiga que está de pan y moja; ella sueña con algo más, pero él la tiene floja.

Le invita a merendar solitos los dos en casa; él acepta encantado, ya veremos lo que pasa.

Es un día de verano, una tarde de calor; ella, para estar más fresca, se queda en ropa interior.

Él está muy asustado, el pobre empieza a sudar; para refrescarse un poco se tiene que desnudar.

Tapa el pito con las manos, lo tiene algo encogido; ella le mira diciendo: "estamos entre amigos".

—Vete pronto a mi tocador, está en el cuarto de baño, allí tengo yo una crema que aumentará su tamaño.

Cogió la primera crema que vio en el cuarto de baño, se untó una buena ración para aumentar su tamaño.

Las prisas nunca son buenas, y por no leer primero, el pito se puso duro... ¡Parecía de puro acero!

Ante tal acontecimiento, él no sabía qué hacer; desenroscó bien el tubo para poderlo leer.

Casi se cae del susto, la había liado buena... Esto es lo que decía el letrero de la crema:

"Pomada para los callos: frótela y se endurece; a los pocos días se cae... ¡Y al final desaparece!"

EL Buen Samaritano.

 


Se encontró con un amigo que estaba muy cabreado. —¿Qué te pasa? —le pregunta—, ¿por qué estás tan enfadado?

—Un joven paseaba al perro, se cagó en mitad la calle; le llamé la atención y me dijo que me calle.

Es de mala educación contestar de esa manera. Le hice recoger la caca y echarla a la papelera.

—No es solo la juventud la que ya no hace ni caso. A mí me pasó lo mismo, ahora te cuento el caso:

Ayer llegué a mi casa a una hora muy temprana, y encontré a mi mujer en pelotas en la cama.

Le puse el termómetro y casi me lo revienta; me dejó muy asombrado el calor de la parienta.

Un ruido en el armario me dejó sorprendido; me asusté mucho al abrirlo: ¡había un tío escondido!

No salía de mi asombro, me quedé fijo mirando: —¿Qué estás haciendo ahí dentro? Y él dice: —Pues... meando.

Tuve que indicarle el sitio, que aquel no era el adecuado; lo agarré de la pirindola y lo llevé hasta el lavabo.

Le advertí seriamente: —Que no te vuelva a pillar. El armario es para la ropa, ¡aquí es donde hay que mear!


C

Empleado Ejemplar.

 

El empleado llama al jefe diciendo estar medio muerto: —Me encuentro muy fatigado, me duele todo el cuerpo.

No puedo ir a trabajar, si me pusiera peor tendría que ir a urgencias a que me vea el doctor.

—No me hagas la puñeta, tenemos mucho trabajo, yo te daré una receta para que vengas al tajo.

Cuando a mí me pasa eso, no hay medicina mejor que agarrar a la mujer y hacerle bien el amor.

Es el mejor tratamiento, hazlo y me cuentas luego, seguro que te espabilas y quedas como nuevo.

Pasadas unas horas, el chico llegó radiante, con cara de mucha dicha y alegría desbordante.

—Muy bueno fue su consejo, seguí su recomendación, la seguiré practicando en la próxima ocasión.

—Te daré una paga extra por venir a la oficina, por seguir mis instrucciones y tomar la medicina.

Eres un buen empleado, el mejor de la oficina, soltero y con buena planta... ¿Quién te dio la medicina?

—Seguí sus instrucciones, le tuve que obedecer: fui directo hasta su casa y me la dio su mujer.

martes, 13 de enero de 2026

El aniversario de los despistados

 

El aniversario de los despistados

Aniversario de boda, un día muy señalado; la mujer bien lo recuerda, el hombre lo ha olvidado.

—Marido, eres un despistado, ya no te importo nada; ni un miserable regalo en fecha tan señalada.

—No me eches la bronca ahora, no merezco tu reproche; tengo el regalo guardado, te lo daré esta noche.

—No me gusta «ese» regalo, está demasiado usado; cada día está más triste, más viejo y más arrugado.

—No pensaba darte eso, tampoco un ramo de flores; es algo mucho más moderno, de diferentes colores.

La mujer se va a la cama toda llena de alegría; casi adivina el regalo: ¡un bonito picardías!

Al poco entra el marido, todo alegre y sonriente, con una cajita mini como caja de pendientes.

—Mejor que estés acostada, pues el regalo es muy chulo; al llevarte la sorpresa te podrías caer de culo.

Son tapones de colores, para poner en los oídos; así dormirás tranquila, sin oír mis ronquidos.

—Eres un ser «especial», un marido cojonudo... ¡Ese regalo tan guay te lo metes por el culo!

La Piruleta y la Farola.


El matrimonio es difícil, más ponerse de acuerdo. Si Antonio dice que es blanco, María dice que es negro.

Si el marido nunca cede, ella le manda a la calle: —Tú no tienes la razón, ¡lo mejor es que te calles!

Antonio sale a la acera y se pone a deambular; hace un frío que pelaba y se refugia en el bar.

Empieza tomando copas, el hombre no se da cuenta: si regresa muy borracho, la tendrá con la parienta.

Pilló tal "mona" o castaña que casi no puede andar, y por si esto fuera poco, le dan ganas de mear.

Abrazado a una farola, se saca la piruleta; forma un enorme charco que llega hasta la cuneta.

Una mujer que volvía a esa hora de trabajar, la pobre pisa el reguero y se empieza a resbalar.

Resbalando, resbalando, se va hacia la cuneta, y al pasar cerca de Antonio... ¡Le agarra la piruleta!

—¡No seas tan impetuosa, que me la vas a arrancar! Piensa que la necesito, al menos para mear.

El hombre pide perdón por caer en su meada; la mujer le perdonó... ¡Pero la tiene agarrada!

—Vivo muy cerca de aquí, me debes acompañar; en el estado en que estamos, nos tenemos que duchar.

Se ducharon los dos juntos, ¿qué más podría pasar? ¿Lo normal en estos casos? Se pusieron a "rezar".

Se siente feliz con ella por lo bien que le atendía; no regresó más a casa, se olvidó de la María.

Pasan las noches durmiendo, pasan los días rezando... y el tiempo que les sobra... en lo que tú estás pensando.


La Selva del Amazonas.

 
Le despiden del trabajo, trabajaba en la construcción, el capataz le pilló en plena "operación".

Era un buen trabajador, pero no pudo aguantar; si le picaban los bajos, se tenía que rascar.

La doctora, sin mirarle, le receta una pomada; le siguieron picando, no le sirvió para nada.

En la segunda visita, tras una larga entrevista, la doctora no lo entiende y le manda al especialista.

Se presentó al urólogo, uno de los mejores, para pedirle opinión y quitarse los picores.

Al revisarlo el doctor, se queda muy asombrado: —Lo primero que hace falta es hacerse un rasurado.

Te los rasuras muy bien por las diferentes zonas, que ahí parece que tienes la selva del Amazonas.

Si todo sale normal y no te cortas un huevo, pasas a la segunda fase y quedarás como nuevo.

Siguió fiel el consejo, aunque no le hacía gracia. Con el "monte" despejado, se acercó a la farmacia.

Le seguían picando, perdió ya la paciencia, y le pide a la boticaria algo que tenga "frecuencia".

—No entiendo lo que quiere, me deja usted despistada; no sé si busca pastillas o tal vez una pomada.

—No sé si serán pastillas o un invento muy nuevo, ¡a mí lo que me pasa es que me pican los huevos!

—Quizás sea algún jabón de los que tienen esencia... ¡pues el médico me dijo: "que los lave con frecuencia"!

El Campo Abandonado

 

El Campo Abandonado

Arde el monte sin control, una desgracia moderna; es culpa del abandono de esta época cruenta.

Abandonamos los pueblos, esa es la pura verdad, buscando una vida mejor lejos de la soledad.

A pocos les gusta el campo, se perdieron las costumbres, como recoger escobas para encender las lumbres.

Hacer la comida en pote, que llevaba todo el día, para cocer las legumbres con la llama siempre viva.

Desbrozábamos los árboles, se aprovechaban las hojas, recogíamos la hierba y otras tantas mil cosas.

Los campos estaban limpios, las tierras todas labradas, los caminos transitados y las casas habitadas.

La lumbre estaba en el suelo, consumía de cojones; se necesitaba el humo para curar los jamones.

Inviernos de frío intenso, casas sin calefacción; con la lumbre siempre ardiendo, esa era la solución.

Carentes de electricidad, pues aún no había llegado, y con el tejado abierto el aire entraba de lado.

Sin vacas para labrar ni ovejas para pacer, la cosa está complicada, no sé qué se puede hacer.

La solución no la sé, todo está muy enredado; ese es el gran problema de nuestro campo olvidado.

Diálogos de matrimonio

Diálogos de matrimonio

—Tenemos que hablar más claro de ahora en adelante, tengo que comunicarte algo muy interesante.

—Lo que te voy a contar es difícil de creer, te vas a caer de culo si permaneces de pie.

—No me vengas a contar una de tus muchas penas, que cada vez que hablamos no traes noticias buenas.

—No es noticia mala o buena, pero la vas a creer: este hijo que tenemos quiere cambiarse a mujer.

—Ese hijo es un idiota, será solo un arrebato. Si se convierte en mujer... ¡Le cortan el aparato!

—No sé qué ventaja tiene eso de querer ser mujer. Si ella tiene que sentarse y el hombre mea de pie.

—La operación es muy cara, ¿no se ha puesto a pensar? No tiene ni un puto duro, ¿quién se la va a pagar?

—Por eso no te preocupes, lo acaba de solucionar: esa reforma la paga la Seguridad Social.

—¡Joder con los adelantos! ¡Estamos de enhorabuena! Y yo sin un sonotone porque no tengo la tela.

—Comiendo puré a diario porque la carne está dura, sin dinero en el bolsillo para una dentadura.

—Tengo que comprar la Viagra y nos cuesta un dineral; por dos ratos al mes... ¡Pierdo el sueldo mensual!

—Así tiran los impuestos en esta moda increíble, y que el viejo se fastidie y se muera lo antes posible.

—Ya te lo decía yo, tú no traes noticias buenas. Me voy para el jubilado... ¡A compartir mis penas!

La Pluma y el tintero

 Pluma y el tintero

Sra. Cariño, hazme este favor, ve pronto con la analista. Tengo el tiempo muy ocupado, y aunque no esté yo en la lista, recógeme el resultado.

Sr. El marido va contento por ver pronto el resultado, pero la cosa se afea y se pone complicado.

Anl. No se lo puedo entregar, pues nunca nos ha ocurrido: que coincidan dos mujeres en nombre y en apellido.

Extraña coincidencia, pocas veces nos sucede. Le daré una nueva cita... ¡Vuelva en tres meses, si puede!

Sr. ¡Eso es demasiado tiempo! Yo no puedo más esperar. Me gusta escribir a pluma y la tengo que mojar.

Anl. No lo veo tan difícil, no será usted el primero. Si no puede mojar pluma, ¡use mano y lapicero!

Sr. Dígame, ¿qué dan las pruebas? ¿Cuál es el diagnóstico dado? Así volveré a mi casa alegre y más confiado.

Anl. Uno marca gonorrea, el otro anuncia demencia. Le aconsejo que se aguante y tenga mucha paciencia.

Sr. ¡No puedo esperar tanto! ¡Estamos de mil demonios! Tú, que sabes del asunto, ¿qué hago con mi matrimonio?

Anl. Abandone a su mujer una noche con mil brumas; si ella regresa a la casa... ¡No sueñes usar la pluma! 



Los Higos sin Pelo

 

Mil leyendas le acompañan en su fiel emigración: "que no frecuente las putas ni se vuelva maricón". 

Le pintan la capital peor que una oscura mazmorra, donde todo es puterío como en Sodoma y Go morra.

Pasa un año de temores, las está pasando cánulas, hasta que se arma de valor y busca casa de putas. 

Temblando entra en el tugurio, está muy sugestionado; la mujer que allí le atiende cobra siempre por adelantado.

Se encierra con una morena, él se queda en un rincón. Ella dice: "apaga el foco, que me ponga el camisón".

 Huele a tabaco de liar y a whisky de garrafón; su pecho late muy fuerte, no domina la emoción.

Con el aparato armado —el pobre es un poco lerdo—, toca y toca sin descanso, no sabe dónde meterlo.

 Comienza por las firmezas, se pierde por el ombligo, espera encontrar el vello para dar con el "higo".

No encuentra lo que buscaba, va muy desilusionado; él esperaba otra cosa... ¡Allí todo está afeitado!

 Asustado se da a la fuga, cree que es timo o camelo, añorando a las del pueblo que en el higo tienen pelo.



La Vecina Tacaña.


 Tiene Antonio, una vecina bastante despreocupada; dice que tiene de todo y nunca tiene de nada.

No quiere comprar aceite, dice que mancha y es caro; prefiere siempre comer algún plato preparado.

Freírse un par de huevos le resulta deprimente; una vez que probó a hacerlos, se manchó toda de aceite.

De especias mejor ni hablamos, pues le provocan ardores; dice que son muy intensos y no aguanta sus olores.

Siempre acude a su vecino, que es muy majo y educado; no le falta nunca nada, parece un supermercado.

—¡Vecino! Necesito sal, que hoy cenaré una ensalada; con una pizca me vale, me quedará aderezada.

—Yo nunca la tengo fina, pues la gorda es la mejor: aporta mucha sustancia, más placer y más sabor.

—Eso cambia mi menú... ya sé que no eres tacaño: ¡préstame veinte centímetros, que con eso yo me apaño!

El Abuelo nunca Miente.

 

Dos abuelos se saludan, cuentan sus novedades; lo normal en estos casos es hablar de enfermedades.

—A mí me duele la espalda, la tengo escacharrada, y la rodilla derecha la tengo muy jorobada.

—¿Me lo vas a contar a mí, que padezco de riñones? Que no duermo casi nada y estoy hasta los cojones.

Me regaña mi mujer cuando hago los recados: dice que pienso en mujeres y los llevo caducados.

—Tu mujer siempre celosa, no te deja ni respirar; seguro estará pensando que todavía puedes ligar.

—Ella lleva la razón, y no es por presumir, pero tengo mil mujeres que me invitan a salir.

—¡No te tires ya pegotes! Que yo tengo la certeza: no te comes ni una rosca porque no se te endereza.

—Yo jamás digo mentiras, te lo puedo demostrar: acompáñame al servicio, que tengo ganas de mear.

Se metió a soltar el chorro al servicio de señoras, y se quedó allí escondido casi más de media hora.

Tres mujeres con apuro lo acaban por descubrir: ¡se confundió el abuelo y le invitan a salir!

Se dirige a su compadre, todo feliz y contento: —¡Me invitaron a salir! Como ves, yo nunca miento.

Una HIstoria del Combento.


 Lo llamó el ejército, el país estaba en guerra. Él no apoyaba la causa y le importaba una mierda.

Huyó en cuanto tuvo opción, pensó que era lo mejor. Sabía que lo buscarían: era un pobre desertor.

Divisó un viejo convento; allí estaría salvado. Nadie entraría a buscarle en aquel lugar sagrado.

Vio a una monja en el huerto que parecía rezando; se ocultó bajo su hábito mientras ella iba implorando.

Era el escondite ideal, oscuro y muy calentito. El hombre llegó cansado y pronto se quedó "frito".

Le despiertan unos golpes recibidos en la testa; sale lleno de chichones, le arruinaron la siesta.

—Llevas dos horas roncando, por eso te he despertado; mis rezos y mis plegarias hace tiempo han terminado.

—Lo que yo he notado en ti es que eres una monja rara: muchos pelos en las piernas y algo de barba en la cara.

—Soy desertor como tú, estoy aquí camuflado; no me gusta nada el frente, aquí vivo bien cuidado.

—Pues me hiciste la puñeta, que yo estaba allí soñando: creía estar en la gloria con campanas repicando.

—Si soñabas con campanas mientras estabas ahí abajo... es fácil de adivinar: ¡te despertó el badajo!


Ca

Lo que antes era Blanco

 

Lo que antes era Blanco.

No me gusta lo que veo, todo el panorama es negro. Lo que antes era blanco, hoy se tiñe de lo negro.

La autoridad de los padres ya no se puede ejercer. Para educar a los hijos no saben ya qué hacer.

No se escucha con respeto el consejo del abuelo; dicen que está anticuado, que ha caído por los suelos.

Asustados los maestros, no saben ya qué enseñar. Su autoridad se ha perdido, los llegan hasta a pegar.

El médico cuenta poco, sabe más el que es paciente. Si no le firma la baja, el trato se vuelve hiriente.

Se ha perdido todo el humor, no quedan ya humoristas. Su campo está limitado, aunque sean buenos artistas.

Los hombres andamos tristes, sin saber muy bien qué hacer. No nos ponemos de acuerdo ni con la propia mujer.

Si ves una chica guapa, mejor apartar la vista; rápido sueltan la frase: «¡Eres un viejo machista!».

Hoy cambian los jóvenes, buscan la acera de enfrente. Los abuelos ya no pueden, la vela no es suficiente.

Para entretenernos queda un poco de diversión: disputas de políticos por la televisión.

No defienden al pueblo, se dan la gran buena vida. No se ponen de acuerdo... ¡Y nos acortan la vida!



Experimentos en el Baile.

El Experimento

 Joven y sin un dinero, buscaba yo mis inventos. Los domingos, en el baile, hacía mis experimentos.

Un tubo redondeado, forrado con un pañuelo, atado en el sitio exacto, servía como señuelo.

La moza sale a bailar, el baile es bien agarrado; no quiere apretujones, se pone de medio lado.

Incómodo bailar así, resulta muy deprimente. Ella cambia de opinión y al fin se pone de frente.

Choque con otra pareja, reacciona de inmediato: sus ojos se desorbitan al notar «el aparato».

Con la mano en mi pecho, quiere bailar separada. La cabeza le da vueltas, la moza está intrigada.

Comienzan entonces dudas de si aquello será verdad; si arrimarse o separarse para ver la realidad.

Casi todas las personas somos, creo, curiosas: queremos ver el contenido al dudar de cualquier cosa.

Poco duran sus cautelas, le da como un arrebato; echa la mano a mi espalda y se pega al aparato.

Se escuchaban los suspiros, su corazón palpitando; jadeos, sudores, lágrimas... ¡Y se sigue presionando!

—Salgamos de este lugar, te lo pido por favor; necesito salir de dudas para encontrarme mejor.

Pillada ya en la trampa, su invitación eludía; así quedaba intrigada para el próximo día.

Fórmulas muy sencillas que no conducían a nada, pero eran muy efectivas para dejarla intrigada.

Matrimonio campesino


Matrimonio campesino

Matrimonio campesino, animales por doquier; entre ellos una cabra con leche para beber.

Ella es la preferida, su leche es la más estupenda, rica para el desayuno, buena para la merienda.

El hijo, de veinte años, encargado del ordeño, lleva tocando sus ubres desde que era muy pequeño.

Cierto día, la madre quiere sacarla a la huerta, y se lleva un gran disgusto: ¡la cabra está supermuerta!

En el pueblo hay una bruja que cura todos los males; algunos hasta aseguran que revive a los animales.

Mandan al hijo a la bruja, un duro por consultarla: «Que le rece a San Antonio si es que quiere rescatarla».

La bruja, al mirar al mozo, salta loca de alegría; lleva más de cuarenta años sin limpiar la cañería.

«Para salvar a tu cabra tienes que hacerme el amor; mínimo cinco veces... si son diez, ¡mucho mejor!

Y si consigues las veinte, eso sería un disparate: la cabra te daría entonces la leche con chocolate».

«Por mí no existe problema, para eso está la viagra; ¡si estás dispuesta a morir de lo que murió la cabra!».

El hombre en baja forma

 

El hombre en baja forma

El hombre en baja forma se encuentra alicaído, y le dice a su mujer: —Te quedarás sin marido.

—No digas más tonterías, eso es una mentira; vas a durar más que yo y me amargarás la vida.

Eres un hipocondríaco, eso es lo que yo creo; mejor iremos al médico a que te haga un chequeo.

El médico lo chequeó y le dice a la mujer: —Para que se ponga bien, esto le debes hacer:

Cuando vayáis a la cama, usa ropa llamativa; enchufa bien el "pendrive", eso alegrará su vida.

Para el desayuno, par de huevos con jamón; que descanse dos horitas para hacer la digestión.

Una comida esmerada, como de recién casados; un buen vino de Rioja con unos ricos asados.

De postre, un poco de tarta, de esas que llevan bizcocho, con un sabor especial... de las que saben a... ¡Ocho!

Que se duerma la siesta como si fuera un niño; al despertarse, un masaje y unos besos con cariño.

Merienda: café con leche, mantequilla con galletas; y si se queda con hambre, le das un poco la teta.

Noche: una cena ligera, que se quede con la gana, pues tomará el postre cuando estéis en la cama.

—Si sigues este régimen, tendrás marido para rato; no morirá en un siglo... ¡Pero no te saldrá barato!

El marido le pregunta: —¿Qué te dijo, vida mía? —¡Que vayamos a la mutua a hacerte un seguro de vida!

El Globo del Bartolo.

 El globo de papá

Un bartolillo el marido, que vive a su propia manera. Lo que se dice un pasota, con tripa muy cervecera.

Eso del teletrabajo le vino de maravilla: se pasa el día sentado, del sofá siempre a la silla.

La mujer bien que trabaja en una peluquería; entre el viaje y la jornada se le escapa media vida.

Tienen un hijo pequeño que es una gran maravilla: listo a más no poder, pero un poquito cotilla.

Los pilla haciendo el amor, la mamá dándole caña; el papá estaba debajo... ¡Qué postura tan extraña!

Le pregunta a la mamá: «¿A qué estaban jugando?». Y la madre le responde: «¡Lo estaba desinflando!».

«Papá tiene un globo dentro que al respirar se va inflando; yo me subo y le aprieto, y así se va desinflando».

«Pierdes el tiempo, mamá... pues la que viene a limpiar, le sopla siempre al pito, ¡y lo vuelve a inflar!».

Son Demasiadas Perdidas

 

La joven va con el médico para hacerse un chequeo, pues dice que, de vez en cuando, le da un fuerte mareo.

"Es una cosa normal que se sienta mareada. Diga si se halla soltera o su estado es de casada".

"Nada tendría que ver una de esas situaciones; soy una chica soltera y tomo mis precauciones".

"Haremos unos análisis, incluido el de orina; quizás es que le faltan algunas vitaminas.

Puede ser por el trabajo o también por las pasiones, si se las toma a pecho o le importan tres melones.

Diga qué hace o qué come, tiene que contarme todo: ¿lo pasa muy mal o bien cuando tiene su periodo?".

"Lo paso muy regular, hay que seguir adelante; son esos días tan malos de pérdida constante".

"Nos estamos acercando para ver la solución: ¿de cuánto es esa pérdida en los días en cuestión?".

"Calculando por lo bajo lo que dejo de ganar... ¡Unos treinta días al mes al no querer trabajar!".

"Creo que lo que me cuenta es una gran tontería; no es culpa del periodo... ¡Eso es pura vaguería!".

lunes, 12 de enero de 2026

El último abrazo al minino


 

El último abrazo al minino

Su gato está muy enfermo, ella vive preocupada; le tiene un cariño inmenso, está de él enamorada.

Si ella lo quiere tanto, también lo adora su nuera; lo llevan al veterinario, no quieren que se les muera.

«Revíselo, por favor, mire que es una monada. Al acariciarlo noto que tiene la tripa hinchada».

Pasadas ya las dos horas: imposible salvación. El gato yace cadáver, murió en la operación.

Lo estrecha entre sus brazos, lo aprieta contra su cuerpo; con ojos como dos ríos, pregunta de qué ha muerto.

—Si un gato no tiene gatas, estando siempre en celo, se chupa y tanto se lame que traga mucho pelo.

Esas bolas de pelaje atascaron su intestino; esa fue la triste causa del final del pobre minino.

Fue un ser muy especial, por eso yo lo he querido; murió de la misma dolencia que se llevó a mi marido.



. Los sesenta y la posguerra

.

Los sesenta y la posguerra

Estamos en los sesenta, la mujer ya se libera; lejos de la familia, ve el sexo de otra manera.

Se conquistan a las chicas si se tiene caradura; si eres un poco formal, muestras muy poca apertura.

Tropiezos y desengaños jalonan la juventud; escondiendo la cabeza cuál si uno fuera avestruz.

Si tienes poco dinero y no lo puedes gastar, te quedas siempre a dos velas sin tener dónde rascar.

Poco a poco, despacito, uno se va soltando; perdiendo la vergüenza, alguna se va ligando.

Los de la clase más baja tuvimos pocas opciones: muchas horas de trabajo y muy pocas vacaciones.

El salir con la novia no te quitaba las ganas; solo había poco tiempo: dos tardes a la semana.

Nos  casamos por la iglesia,  con muy poca experiencia. Antes del casorio, no teníamos convivencia.

Eso nos pasó a muchos, nuestra vida fue muy perra: fuimos los hijos nacidos tras el final de la guerra.

El Niñero sin Titulo.

 


Al ser yo el primogénito, cuidaba de mis hermanas; a veces con entusiasmo, otras con muy pocas ganas.

Con un cajón de madera, les fabriqué un carrito; tirado con una cuerda, que corría muy poquito.

A una le hice una herida con una lata con filo; un avión que yo hacía con un carrete de hilo.

Otra vez un chichón, tirándole un palo fuerte; creo que estaba gafada, siempre tuvo mala suerte.

Creo que me aprecian, que me tienen cariño; fueron cosas sin querer, pues yo también era niño.

Los padres en el campo, yo quedaba de niñero; carecía de juguetes y no tenía dinero.

Pelotas hechas de trapo y muñecas de cartón; hasta eso nos faltaba para tener diversión.

Así pasamos el tiempo, con muchas lamentaciones; pero salimos muy duros ante tantas privaciones

Cuestión de feo y de barro.

Cuestión de feo y de barro.

Pregunté un día a mi madre, con amor y con cariño: —"¿Me explica usted, por favor, cómo se fabrica un niño?"

—"Vete donde haya barro, haz uno que a ti te guste; lo dejas secar bastante y después le sacas lustre.

Cuando ya esté muy bonito, si eres un buen cristiano, le pides mucho al Señor y Él te echará una mano.

Tienes que rezar con fe, no decir ni una mentira; si resultas elegido, el Señor le dará vida.

Y si no eres elegido... cuando tengas el dinero, lo compras ya fabricado, ¡que los hace bien el tejero!"

—"Yo pensaba de otra forma, más sencilla de entender: que a los niños los hacían un hombre y una mujer".

—"Las madres solo ayudamos a dar teta y a criarlos, pero no intervenimos a la hora de fabricarlos".

Aquello no me convenció, no entraba en mi mente; yo veía a los animales hacerlo muy diferente.

Historias de nuestras madres, relatos de las abuelas... que si hoy se las cuentan a un niño, ¡a ninguno se la cuelan!

La Aventura del Albañil.


 Le surgió una gran aventura con una mujer divina. Tenía que aprovecharla, ¡la ocasión de su vida!

Ante tal acontecimiento le asalta una preocupación: que se le afloje el invento o le falle el corazón.

Se encuentra tan nervioso ante la gran aventura, que busca pronto un remedio que asegure la tersura.

Trabajando de albañil tiene material de sobra: kilos de yeso y escayola que se trajo de la obra.

Se puso una capa gruesa, pensó: "vaya buen apaño, aguantará un rato largo y aumentará mi tamaño".

Aquello asustó a la chica, que no sabía qué hacer; jamás vio nada parecido y escapó a todo correr.

Él no logra comprender comportamiento tan extraño, ¡si solo había aumentado cuatro veces su tamaño!

Pero ante lo desconocido siempre hay curiosidad; la muchacha se lo piensa y le da otra oportunidad.

Esta vez, sin escayola, ella queda convencida: no iba tan mal de "herramienta" y se unieron de por vida.

Hoy, que ya son abuelos, recordar aquello mola; y ella le dice al oído: —¡Quiero tocar algo duro, ve a por la escayola!


El Conjunto de Lencería


 El Conjunto de Lencería

Ve un conjunto muy sexy y queda impresionada. Es fino y transparente, le parece una monada.

Pero al ver el precio, se acaba el romance. Es carísimo el conjunto; está fuera de su alcance.

El dueño la contempla, pues es una chica preciosa, y le propone un trato para conseguir la cosa:

—Si hacemos el amor con el conjunto puesto, te lo llevas por la cara... si no te tiras un cuesco.

Tengo que advertirte: en el amor soy un jabato; si sueltas un solo pedo, ahí se acaba el contrato.

Imposible conseguirlo, tuvo una mala hora: no disparó un solo tiro, ¡fue una ametralladora!

Se lo contó a su madre: —¡Hija, eres un desastre! Verás cómo lo consigo y lo dejo para el arrastre.

Allí se presentó ella con su cuerpo madurado, dispuesta a dejarlo KO, o más bien, a dejarlo frito.

No se le escapó solo uno, lo hizo con tal violencia que aquello parecía una traca de las fallas de Valencia.

Regresó luego a su casa con el ceño muy fruncido. La hija le dice al verla: —¿Mamá, lo has conseguido?

—Necesito ir al banco, lo traigo para lavar... A ver si me dan un crédito para poderlo pagar.


 

El Precio de la Elegancia.

 

En un lugar de altos vuelos entra un señor elegante, con la firme intención de cenar en el restaurante.

Al echar una ojeada recorriendo el interior, ve a una "chica, bombón" sentada en el comedor.

Se acerca rápido a ella con la mejor intención: si comparten hoy la mesa, él paga la consumición.

—"Para compartir la mesa y poder cenar conmigo, necesitas un millón, tres motos y un deportivo".

—"Si sueñas llevarme al catre, eso es otra cuestión: veinticinco centímetros, dos lanchas y un avión".

—"Tengo más de diez coches y veinte aviones volando, cien chalets en el Caribe y todo está funcionando".

—"Mil millones en el banco, cien en moneda virtual; podría bañarte en oro y me quedaría igual".

—"Sé que eres muy bonita y te sientes una diosa, pero no voy a complacerte por ser tan caprichosa".

—"¿Que quieres veinticinco centímetros? Por ahí no voy a pasar: me sobran más de ocho y no los pienso cortar".

La Sonata del Huerto.


 Sin váteres en el pueblo se van a mear al huerto. Para que no los divisen buscan un ángulo muerto.

El hombre, para hacer pis, no se tiene que agachar; por eso ve a la vecina cuando ella sale a mear.

Es delicia contemplar cuando ella sale al huerto: no toma precauciones ni busca el ángulo muerto.

No necesita esconderse, ella usa mejor maña: como usa falda larga, monta tienda de campaña.

Él ya le cogió el tranquillo por la noche y la mañana; sabe que nunca le falla los siete días por semana.

Llama mucho su atención una cosa inesperada: mueve falda y tira pedos al terminar la meada.

Ella madruga bastante, eso lo hace a diario. ¿Será acaso el despertador que despierta al vecindario?

Los que suelta por la noche los lanza con más ganas. Seguro que es la señal de irse pronto a la cama.

No le convence el asunto, lo tiene que descifrar; no le queda más remedio que tener que preguntar.

—Eres un poco cotilla además de preguntón; para despejar tus dudas te daré la solución.

Como no tenemos pito y tenemos manantial, se nos queda la humedad y nos moja el matorral.

Veo que tú la sacudes al terminar de mear; ¡yo muevo falda y tiro pedos para poderme secar!

La Criada Precavida.

 

Todos buscan una interna que les lleve bien el hogar; pero en los tiempos que corren es difícil de encontrar.

La mujer se desentiende de tan complicada cosa, y le encarga a su marido: "Búscame una que sea curiosa".

Decisión equivocada encargar eso al marido, pues busca una que le deje meter el pájaro en nido.

La mujer sale de viaje, se marcha muy mosqueada; el marido está feliz quedándose con la criada.

Ella es un poco de pueblo, parece muy inocente; a él eso no le importa: quiere "meterla en caliente".

Con el trasero que tiene, bien le daría un buen viaje; ¡sería más fácil que meter el coche dentro del garaje!

Al proponerle el asunto, el hombre es rechazado; la pega que ella le pone: "Usted es un hombre casado".

"Nada le debo a usted, ni de antes ni de ahora; quien manda aquí es su mujer, y a mí me paga la señora".

"Por eso no te preocupes, en eso estoy de acuerdo: te daré una paga extra y, además, un sobresueldo".

El dinero abre las piernas, esa es la pura verdad; pero ella pide un informe: "Que no tenga enfermedad".

Al comprobar que está sano, se estremece de alegría; se desnudó en un minuto, ¡lo que el hombre quería!

"Dale ya caña al mono, ¿de esta te vas a acordar? Soy tan buena en el asunto que no lo vas a olvidar".

"Te permito repetir hasta que afloje el canuto; ya sabes que soy de pueblo: me gusta hacerlo a lo bruto".

Al terminar las funciones, el hombre queda pensando:  "¿Es esta una chica tonta, o se está cachondeando?

"Eres una mujer fantástica y veo que estás al día; al pedir el certificado, fuiste muy precavida".

"Se lo pido a todo hombre, así soy de precavida: ¡disfruto como una loca cuando les pego el SIDA:

Tiempos de Prohibición



Tiempos de Prohibición

Tiempos eran de prohibición: ni mirar, ni abrazar, ni tocar. Hasta la noche de bodas, nada se podía catar.

Tres años llevan de novios, sin agarrarse ni un brazo. Un día, por un impulso, quiso darle un gran abrazo.

—¿Qué te figuras que soy? ¡Cacho perro del demonio! Solo te dejaré tocar, consumado el matrimonio.

—Eres igual que tu abuela, solo dices necedades. Las mujeres y los hombres tienen sus necesidades.

Fíjate bien en tus padres: ellos no se reservaron, y por eso tú naciste el día que se casaron.

—Estás hoy muy encendido, ¡olvídalo de una vez! Vas y te la machacas, pero ya, con rapidez.

Machácala bien a fondo, déjala bien machacada, que se te quiten las ganas por una larga temporada.

Acojonado y sumiso, de su lado se marchó. Con una maza y un yunque, el tonto la machacó.

Tal grito pegó el muchacho que los edificios temblaron, los animales huyeron y los pájaros emigraron.

Cuatro ancianas centenarias no lo pasaron mejor: creyeron que venía a por ellas el Ángel Exterminador.

Se desató una tormenta, en la torre cayó un rayo. Él tardó más de cuatro horas en despertar del desmayo.

Avisaron a la novia, querían que ella lo viera; que explicara qué ocurrió al quedar de esa manera.

—Yo no le he hecho nada, le dije: «A ver si te aplacas, para bajar el deseo, vas y te la machacas».

—Por seguir tus consejos, la tiene a la última moda. Revísala a ver si te sirve para después de la boda.

Cuando ella se la revisa, se quedó impresionada: era un ovillo de carne, morcilla de una fabada.

—Eres un ser de otro mundo, eso no es de un ser humano. ¡Aquí no se usan mazas, se machaca con la mano!

Eres más tonto que el tonto que hubo antes de nacer. Esa pelota de carne ya no la quiero ni ver.

Si esto hubiera pasado en la época actual, subiéndolo a las redes se habría vuelto viral.

No consiguió otra novia, aunque mucho lo intentó. Lo llaman en la comarca: «El tío que se la machacó».

También me pasó a mí, me lo dijo la Asunción. Como yo era pastor... busqué otra solución.

EL Canuto de Lucero.

 

Por andar de picos pardos, pilló una enfermedad: el pito cae a trozos, le queda la mitad.

La parienta le recrimina: —Te quedas sin pajarito; por tu mala cabeza, vas a acabar solito.

Él ama a su mujer y quiere seguir adelante; el médico le aconseja: —Lo mejor es un trasplante.

—No quiero la de un viejo, que es el que suele donar; un joven nunca la cede, no se podrá trasplantar.

—No sufras más, cariño, déjame pensar algo; quizás haya otros métodos que nos saquen del letargo.

—No pienses en siliconas ni medios artificiales; de esos los tengo de sobra, yo solo quiero naturales.

Llegó al fin el trasplante al décimo octavo día; se lo enseñó a su mujer y ella gritó de agonía:

—¡Eres un gran cabrón, un verdadero demonio! No quiero saber de ti, se acabó el matrimonio.

Se marchó lejos de él, sin querer ver el canuto; se vistió toda de negro y de riguroso luto.

Cuando una amiga la vio, quiso saber del entuerto: —¿Cómo es que vas de luto, si tu marido no ha muerto?

—No es por ese cabrón, que es un cerdo y un ratero... ¡El luto que estoy guardando es por él, (perro lucero)!


Hormonas,Tetas y Puñetas.

 

La mujer dice al marido: —Tenemos un gran problema, el que antes era tu niño, ahora quiere ser una nena.

Él responde: —No lo creo, lo acabo de ver desnudo; comparado con el mío, tiene un pito cojonudo.

—No es por el aparato, no te lo vas a creer: dice que lleva por dentro el alma de una mujer.

Quiere cambiarse hasta el nombre, pues el suyo no le viene; de ahora en adelante se hará llamar Irene.

Cree que siendo mujer más metas podrá alcanzar, y tomando las hormonas el pecho le ha de brotar.

—Esto me está superando, no lo llego a entender: que teniendo ese "equipo" prefiera ser una mujer.

Este muchacho está loco, es una gran tontería: querer quitarse la pieza por ponerse una tubería.

Quien está bien equipado no aprovecha la ocasión; si yo tuviera ese "arma", ¡duplico la población!

Se cambió al fin a mujer, más no le gusta su aspecto; ahora quiere otra vuelta hacia el género neutro.

Esto de tener un hijo lo voy a pagar con creces; si vuelvo a verme en el lío... ¡Me lo pienso veinte veces!


El novato y la corriente

 

El novato y la corriente.

En esos primeros amores, yo anhelaba saber los grados de calor que tenía una mujer.

Leía revistas de amor, busqué libros de ciencia; al salir con una chica quería tener experiencia.

Eran tiempos difíciles, tiempos de la Guerra Fría; cada uno se apañaba con lo poco que sabía.

Pedí consejo a unos sabios, sabios de pacotilla, y ellos me recomendaron probar con una bombilla.

"Pequeña, de linterna, con dos dedos has de cogerla; llévala a un lugar oscuro y allí podrás encenderla".

Puse anuncio en el diario (la broma no salió barata), pero tras mucho buscar, encontré a la candidata.

Al explicarle mi plan se mostró entusiasmada: "Esto que tú me propones es una prueba muy rara".

Elegimos noche oscura y que fuera en minifalda, que se tumbara en el suelo para yo poder tocarla.

Puestos ya en situación, puse mano en su rodilla; no llegaba la corriente, no encendía la bombilla.

No recibí su rechazo por lo que estaba haciendo, y buscando aquel enchufe mi mano siguió subiendo.

¡Arriba encontré el enchufe! Corriente sí que me daba; la bombilla no encendía, pero mi cuerpo temblaba.

La bombilla estalló al fin, yo seguí siempre explorando; se me caía la baba, los ojos están llorando.

Ella empezó a gemir y le dio un arrebato: me pidió, por caridad, que enchufara otro aparato.

Saqué la mano de allí, dejé libre la rendija, hice el salto del tigre y le enchufé la clavija.

Para descarga tan grande yo no estaba preparado; fue demasiada corriente y allí me quedé pegado.

Se abrasaron los pelos, mi cuerpo se chamuscó; quedé como un torrezno, la clavija se fundió.

Ella se agarró con fuerza, desenchufar, no quería; lo logré desconectar al agotar la batería.

Una experiencia terrible, una cosa sin igual; me dejó para el arrastre, terminé en el hospital.

Para ver la tal clavija, un gran equipo se unió, y todos dicen a coro: "¿Pero dónde la metió?".

Llegó un experto en el tema tras observar un buen rato, y le dijo a los doctores: "¡Este chico es un novato!".

De esta vivencia tan dura, seguro se va a acordar: hay ciertos sitios malditos que se deben evitar.

Es su primera experiencia, la cura será muy larga; ¡estoy seguro de que la enchufó en el coño de la Bernarda!


El Amigo y la Quinta Mujer.

 

Amigos de juventud se llegan a separar, y al cabo de mucho tiempo se vuelven a encontrar.

En un encuentro emotivo saltan los dos de alegría; lo normal en estos casos: cada cual cuenta su vida.

—Yo me casé muy joven, ella se llama Beatriz. Tenemos niño y niña, un matrimonio feliz.

—Mi vida no es igual, no tengo tanta fortuna: ya llevo cinco mujeres y no cuajo con ninguna.

Yo para las mujeres siempre fui como un caramelo, pero ahora estoy asustado y siempre miro hacia el suelo.

—Tu caso es muy extraño, cumplías con tus deberes... Cuéntame qué te sucede para cambiar de mujeres.

—La primera era estupenda pero muy caprichosa; muy buena para el amor, nula para cualquier cosa.

La segunda era católica, lo hacía con tanto anhelo que me decía: "¡no pares, tienes que subirme al cielo!".

Yo no pude subirla, lo intenté noche y día; se fue con uno más joven a ver si él la subía.

La tercera era política, de ideas muy diferentes: cuando yo me quedaba frío, ella se ponía caliente.

La cuarta, era inglesa, tenía otra opinión; terminamos discutiendo por la cuenta del Peñón.

Ahora estoy con la quinta y no la puedo dejar: me tiene acojonado, dice que me va a matar.

Es un bombón de mujer, lo malo es que es italiana; es la hija de un gran jefe de la mafia siciliana.

—Me dejas de piedra, amigo, y no dejo de pensar: ¿qué motivo tiene ella para quererte matar?

—La ley es así en su mundo, si la dejo soy maldito; la venganza más pequeña... ¡Mínimo cortarme el pito!

—No le veo el problema, cumple bien tus deberes: mira solo a los hombres, no mires a las mujeres.

—Para mí sí es un problema, digamos, una putada: soy bizco de nacimiento y no controlo la mirada.