Amigos de juventud se llegan a separar, y al cabo de mucho tiempo se vuelven a encontrar.
En un encuentro emotivo saltan los dos de alegría; lo normal en estos casos: cada cual cuenta su vida.
—Yo me casé muy joven, ella se llama Beatriz. Tenemos niño y niña, un matrimonio feliz.
—Mi vida no es igual, no tengo tanta fortuna: ya llevo cinco mujeres y no cuajo con ninguna.
Yo para las mujeres siempre fui como un caramelo, pero ahora estoy asustado y siempre miro hacia el suelo.
—Tu caso es muy extraño, cumplías con tus deberes... Cuéntame qué te sucede para cambiar de mujeres.
—La primera era estupenda pero muy caprichosa; muy buena para el amor, nula para cualquier cosa.
La segunda era católica, lo hacía con tanto anhelo que me decía: "¡no pares, tienes que subirme al cielo!".
Yo no pude subirla, lo intenté noche y día; se fue con uno más joven a ver si él la subía.
La tercera era política, de ideas muy diferentes: cuando yo me quedaba frío, ella se ponía caliente.
La cuarta, era inglesa, tenía otra opinión; terminamos discutiendo por la cuenta del Peñón.
Ahora estoy con la quinta y no la puedo dejar: me tiene acojonado, dice que me va a matar.
Es un bombón de mujer, lo malo es que es italiana; es la hija de un gran jefe de la mafia siciliana.
—Me dejas de piedra, amigo, y no dejo de pensar: ¿qué motivo tiene ella para quererte matar?
—La ley es así en su mundo, si la dejo soy maldito; la venganza más pequeña... ¡Mínimo cortarme el pito!
—No le veo el problema, cumple bien tus deberes: mira solo a los hombres, no mires a las mujeres.
—Para mí sí es un problema, digamos, una putada: soy bizco de nacimiento y no controlo la mirada.


































