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jueves, 8 de enero de 2026

El Viajero y el Matorral

 


El Viajero y el Matorral

El hombre va de viaje, sus faros casi no alumbran. Se cruza con otro coche y las luces lo deslumbran.

Baja la velocidad, el susto le entra en el cuerpo. Teme a la chica de la curva o encontrarse con un muerto.

La noche es tenebrosa, avanza sugestionado. Pega un frenazo de golpe al ver a un hombre tumbado.

En medio de la calzada, al comprobar su estado, es el muerto que temía: alguien ya lo ha atropellado.

Por no tocar al difunto, se sale de la carretera. Conduce a través del campo como en una gran carrera.

No mira por dónde va, cruza bosque y matorrales, toda clase de maleza y pinchos de los zarzales.

Cuando cree estar a salvo, tras mil sustos de perfil, regresa a la carretera... ¡Lo para la Guardia Civil!

—¡No fui yo quien lo mató! ¡No me culpen del delito! Cuando vi a aquel pobre hombre, ya estaba más que frito.

—De ese no te culpamos, ni por él tienes delito. Pero hay un segundo muerto al que tú sí has dejado frito.

Es de esos atropellos que parecen irreales: ¡Mataste al que estaba cagando en medio los matorrales!

Los ojos Cerrados del Bebé


 —Cariño, dime qué piensas, estoy muy preocupado: el niño tiene tres meses y los ojos muy cerrados.

—No te preocupes por eso, le llevé donde el doctor; le hizo una revisión y de la vista está mejor.

Cuando te fuiste de viaje los abrió para espiar, no le gustó nada el mundo y los volvió a cerrar.

—Mucha culpa tienes tú, el pobre vive asustado por ese monstruo de felpa que tú le has regalado.

—Lo que acabas de decir yo no me lo puedo creer, pues los niños de hoy en día feos los quieren tener.

—Eso serán otros niños, al nuestro no le convence; él se lo pasa de miedo rompiendo todos sus chupetes.

No se queda convencido, le sigue dando mil vueltas, y mientras ella trabaja busca al doctor otras respuestas.

«Que no abra los ojitos no es algo que deba temer. Dígame dónde trabaja y qué hace su mujer».

—En una tienda de chinos con una larga jornada, trabaja de sol a sol y siempre acaba cansada.

—El niño verá muy bien, aunque los tenga rasgados... ¡Eres tú el que no ve! ¡Tienes los ojos cerrados!


El Peor Remedio



 —Mucho tiempo sin verte, Juan. Me alegro un montón. Ya me contarás cómo te va en la nueva urbanización.

—Allí soy de los primeros y está sin finalizar. Faltan muchos servicios para poder opinar.

Despacito va la cosa para poder terminar: el portal está sin luz, la calle sin asfaltar.

Cada día surge un problema que no estás esperando: al llegar al portal, ¡estaba un tío cagando!

Otro día, una pareja que lo hace sin complejos: unas noches "dando caña", otras "pelando el conejo".

—Esos no son graves problemas, los puedes solucionar: pon unas luces potentes que iluminen el portal.

Al estar iluminado, sin dudarlo, te aseguro que se irán a otro portal donde nadie les vea el culo.

—Gracias por el consejo, le pondré hasta diez luces, un letrero iluminado y un Cristo con tres cruces.

Cuando se vuelven a ver al cabo de poco tiempo, el amigo le pregunta si funcionó el invento.

—Ahora es un portal famoso, lo hacen todo a la vista: van un montón a cagar... ¡Mientras!
leen la revista!


Ca

Entrevista al pastor


Un día llegó al pueblo un periodista aficionado. Entrevistó al pastor y le dejó acojonado.

La primera pregunta fue: —¿Cómo pasa usted la vida? —Cuidando de mis ovejas todas las horas del día.

—Además de las ovejas, tendrá otras cosas que hacer. —Limpieza y cosas de casa, porque no tengo mujer.

Mi casa es toda de barro, poco tengo que limpiar. Tan solo una vez al año la tengo que encalar.

La comida no es problema, lo tengo muy controlado. La compro precocinada en el mismo supermercado.

En cuanto al tema de ropa, eso lo tengo chupado. La llevo a la lavandería, ¡asunto solucionado!

—¿Fue alguna vez con mujeres? —Muchas, no te quiero mentir. Cuando voy a la cama, las cuento para dormir.

—Es una cosa increíble, alucinado me deja. ¡La gente para dormir se pone a contar ovejas!

—Eres un tonto, muchacho, creo que no estás al día. Si yo cuento las ovejas... ¡Nunca me dormiría!


Ese primer amor

 Ese primer amor


 Ese primer amor Ese primer amor, nunca será olvidado. Por muchos años que pasen, siempre será recordado.

Eso me pasa a mí, que lo sigo recordando; con nostalgia y con pesar, al menos de vez en cuando.

Me levantaba atontado de tanto y tanto pensar. Me perdía el desayuno y me iba a trabajar.

Llegaba el mediodía, la hora de la comida; seguía pensando en ella y también me la perdía.

A la hora de la merienda, me ponía a meditar; seguía pensando en ella y me quedaba sin merendar.

Llegaba la hora de cena y no dejaba de pensar; en ese primer amor... y me acostaba sin cenar.

Estando ya en la cama, las tripas me daban calambres. No me podía dormir, por estar muerto de hambre.

Ante tanto sufrimiento, me estaba quedando tieso; sin recibir un abrazo, y mucho menos un beso.

Yo estaba lejos de ella, me llamó desesperada: —"Si puedes, ven a verme, que tengo la tripa hinchada".

Ella, al verme, me abrazó y se mostró cariñosa. Yo pensé: "esto es muy raro, cómo ha cambiado la cosa".

Yo quise aprovechar, ella dijo: "no te pases, que tengo la tripa hinchada y se me escapan los gases".

Sin comerme una rosca, yo le di la solución: —"Tírate unos buenos pedos y te bajará la hinchazón".

Al estar ya separados, mejoró la situación. Como por arte de magia, se le bajó la hinchazón.

¿Cómo bajó su tripa? Eso yo nunca lo vi. Pero con la tripa plana, no quiso saber de mí.

No seáis malpensados, sé lo que estáis pensando. Yo sigo pensando en ella... al menos de vez en cuando.


C

Cuestión de peso

 

Cuestión de peso


A la buena de María se le ha muerto el marido. Era un gran hombre... ¡Con sus ciento treinta kilos!

Todos le dan el pésame, los hombres con sentimiento, usando la típica frase: «Te acompaño en el sentimiento».

Qué diferencia en las mujeres, con la frase menos usada: «Él ya estará en el cielo, tú vivirás descansada».

Como pidió ser incinerado, surge un problema gigante: no hay cajas de su tamaño, hay que encargar una grande.

Ante tanto contratiempo, no lo puede soportar; se derrumba la pobre mujer y se pone a llorar.

Los de la incineradora, al ver tanto desconsuelo, le dan una solución: «¿Lo incineramos "a pelo"?».

La viuda hace un gesto, dice que sí con la cabeza: «Y si no cabe en el horno... ¡Que lo hagan pieza a pieza!».

Al recibir las cenizas, contiene sus emociones: son tan pocas que caben en una caja de bombones.

«¿De un marido tan grande solo me devuelven esto? No me lo puedo creer... ¿Qué hicieron con el resto?».

«Es la esencia de su esposo, controle sus emociones; la grasa nos la quedamos... ¡Para producir jabones!».


Justicia Robótica

  

Justicia Robótica 

Estamos viviendo un ciclo que nos supera cada día; está progresando mucho la robótica y la IA.

Juan se compró un robot, quería estar al día: un robot inteligente que detecta la mentira.

Si detecta una mentira, rápido suelta la mano y te pega un tortazo más fuerte que un ser humano.

Tiene un hijo de quince años, en esa edad tontorrona; rápido prueba el robot para ver cómo funciona.

—Hijo, llegas demasiado tarde, me dirás dónde has estado. —En la casa de mi amigo, corrigiendo un dictado.

El robot, sin decir nada, reacciona de inmediato: rápido levanta la mano y le suelta un buen sopapo.

Asustado, el muchacho está rojo del bochorno: —Esta vez no mentiré, estuvimos viendo porno.

—¡Eres un pervertido por eso que estás viendo! Yo, cuando tenía tu edad, me entretenía leyendo.

El robot, al oír eso, parece algo cabreado: le propina un tortazo que lo deja bien sentado.

La mujer, que está presente, no se puede contener; suelta la típica frase: —¡Hijo tuyo, tenía que ser!

El robot se acerca a ella y, sin mirarle a la cara, le suelta una castaña que la deja bien sentada.

Yo no quiero un robot, aunque sea regalado; mejor seguiré de pie, por si me deja sentado.

Pero le pondría un robot a los miembros del Gobierno, que les soltara dos leches cada vez que estén mintiendo.


Los primeros besos


Los primeros besos

Amor, todavía recuerdo los besos que te daba en los rincones. Yo me relamía los labios como quien come bombones.

En la época de novios todos eran muy dulzones. Me decías: "¡Qué bien besas! ¡Hay que ver cómo me pones!".

Después de que nos casamos nos amamos con cariño, pero perdieron dulzura al llegar el primer niño.

Cuando llegó ya el segundo casi no sabían a nada; eran como beber agua un poquito azucarada.

Siguieron así los besos... ellos se fueron de casa. Ahora no saben a nada: ¿Dime, qué leches te pasa?

—Marido, tú no te enteras, ¿esa pregunta a qué vino? ¿No sabes que las mujeres mejoramos como el vino?

—¡Tonta comparación! ¿A qué viene eso ahora? Con el paso de los años el vino siempre mejora.

—Sí, con buena temperatura, con mimos y muy cuidado, moviéndolo de vez en cuando y estando bien embotellado.

Tú no te has preocupado de cumplir con los deberes; eres de esos hombres que no cuidan las mujeres.

Una parte importante que cuida el bodeguero, es ponerle un buen corcho... ¡Bien apretado al agujero!

Si el corcho no encaja bien, tararí, que te vi... Se agria y se deteriora, como me ha pasado a mí.


Antonio y la Tomasa

 Antonio trabaja mucho, llega muy tarde a casa. Lleva poco de casado y esto enfada a la Tomasa.

—Tienes que llegar antes, ¿por qué tanto trabajar? —Tenemos una hipoteca y la tenemos que pagar.

—Llegas siempre muy cansado, vamos de mal en peor; hace ya más de un mes que no hacemos el amor.

—Se lo diré a mi jefe, a ver si me cambia el tajo, aunque lo veo difícil: tenemos mucho trabajo.

No lo cambia de puesto, esto enfada a la Tomasa, al ver que llega hecho unos zorros cada vez más tarde a casa.

Pide por favor al jefe a ver si lo puede cambiar; la Tomasa no le aguanta y se tendrá que divorciar.

Es un buen trabajador, cumple bien en el tajo. El jefe, muy conmovido, va y le cambia de trabajo.

Es un empleo mejor, un poco más descansado, pero llega muerto a casa al no estar acostumbrado.

La Tomasa le esperaba con café, copa y un puro. Él dice que ese día lo ha tenido muy duro.

—Vente rápido a la cama, me lo vas a demostrar: si lo has tenido muy duro... ¡lo tengo que aprovechar!

Mejoró en el trabajo, pero cuando llega a casa, tiene que hacer horas extra por culpa de la Tomasa.

La trampa del noviazgo


Te veo muy ojeroso, Juan, y como algo cansado. No lo encuentro normal... ¿Dime por qué te has casado?

—Cuando me fui de casa, sin los mimos de mi madre, pensé que la soltería sería de puta madre.

La verdad que no fue así y empecé a reflexionar: que para llevar la casa hay mucho que trabajar.

Tenía que hacer la comida, se me da muy mal guisar; peor es hacer la cama y mucho menos planchar.

No sabía lavar la ropa ni poner la lavadora, y para limpiar el baño me tiraba más de una hora.

Me busqué una novia exprés y, casi sin conocerla, me casé rápidamente para que lo hiciera ella.

Me equivoqué totalmente: en el amor es muy buena, pero hacer cosas de casa... dice que no hace esa faena.

Mi abuelo ya me lo dijo: "Si alguna vez te casas, la mujer con uñas largas no hace cosas de casa".

Me dio una alternativa y tenía que escoger: si prefería revolcones, lo tenía yo que hacer.

Con tres trabajos ahora, sin estar acostumbrado... revolcón, limpieza y curro, ¡ando la mar de cansado!

El cumpleaños del soltero de oro


Estaba el bueno de Antonio celebrando su onomástica, bebiendo unos buenos vinos de un modo muy entusiasta.

Entró al bar un buen amigo, uno de los invitados, con una noticia urgente que le dejó anonadado.

—"Antonio, no vas a creerlo, pero te tengo que hablar: tu mujer te pone cuernos, no lo puedes aguantar.

Corre pronto hacia tu casa, conduce sin descansar, que ahora están en plena faena y los puedes atrapar".

Salió como una centella, con la mente ya despierta, y se montó en una moto que vio allí junto a la puerta.

No miraba el recorrido por ir a todo correr; quería pillar al amante junto con su  mujer.

No pasan ni diez minutos cuando lo ven regresar; viene el pobre hecho un Cristo, maldiciendo sin parar.

—"Eres un pésimo amigo, el susto fue de morir. Me estampé con una farola, ¡casi no puedo vivir!".

—"Pero dime —dijo el otro—, en medio de aquel correr, ¿pudiste pillar al tipo que se tira a tu mujer?".

—"¡Vete a tomar por culo por haberme asustado! ¡Que yo no sé llevar motos... y ni siquiera estoy casado!".

El Dilema de Facundo

 


Era un chico espabilado, el hijo del tío Facundo, soñaba desde pequeño con poder cambiar el mundo.

En la escuela no jugaba a juegos de pelear, se sentaba pensativo: ¿qué podría reformar?

Así pasó la niñez, meditando noche y día, sin conectar con amigos, sin ninguna compañía.

Llegó a la edad adulta y el mal se empezó a agravar, no sabía echarse novia por no dejar de pensar.

Pidió consejo al abuelo, que todo lo solucionaba, buscando en su experiencia lo que el viejo aconsejaba.

—"Lo que debes hacer tú, mi pequeño saltamontes, es marcharte de la casa a una cabaña en los montes.

En ese lugar remoto allí podrás disfrutar; llévate a una tía buena que no te deje pensar.

Goza bien de los placeres y solo debes pensar: aunque la tía esté buena, ¡nunca te debes casar!"

—"Viniendo de ti, abuelo, no esperaba tal consejo, si te casaste tres veces... ¿Por qué el vicio, siendo viejo?"

—"La primera conectamos, no había televisiones, sentados en el sofá, cambiábamos opiniones.

Con la segunda fue peor, al llegar la televisión, ni sentarse en el sofá ni compartir opinión.

La tercera fue el desastre, ni hablar de tener razón: ¡no me dejaba cambiar el canal de televisión!"

Hizo caso del abuelo, el hijo del tío Facundo: con una tía buena al lado... es difícil cambiar el mundo.


La herencia de María



El abuelo está muy triste, pues murió su amada María. Era el centro de su vida, lo que él más quería.

Desde Japón llega un nieto, a visitar al abuelo. Al verlo tan afligido, intenta darle consuelo.

—"Trata de vivir la vida, ella ya descansa en el cielo. Dime qué puedo hacer yo, ¿qué es lo que quieres, abuelo?"—

—"Yo solo quiero a tu abuela, y solo quiero llorar. Aunque me encuentre muy solo, no la podré olvidar."—

—"Yo trabajo allá en Japón, donde hay muchísima gente. Solitaria como tú, pero muy inteligente.

Hay una solución clara, para esos inconvenientes: combaten su soledad con muñecas inteligentes.

Te puedo mandar ahora una, con la que puedas hablar, que cumpla tus beneficios y te saque a pasear."—

Llegó por fin la muñeca, y el abuelo respondía: —"Esta no me echa sermones, como hacía mi María."—

Al volver de vacaciones, el nieto buscó al abuelo. Lo encontró de nuevo en llanto, solo y tirado en el suelo.

—"¿Dónde está la muñeca? ¿Acaso se ha averiado, para que estés otra vez tan triste y abandonado?"—

—"Demasiado inteligente... ¡Era muy lista la pava! Quería el piso a su nombre, y si no, me abandonaba.

Cumplió al fin su amenaza, se marchó con el primero, que era más guapo que yo y tenía más dinero.

No hay que fiarse jamás de esas máquinas parlantes. Mejor comprar una hinchable... ¡Muda, como las de antes!"—


2. S

El trio de la Tomasa.


 El marido a su mujer: —Me gustaría un trío, dime si estás dispuesta y si cuento contigo.

—Ni sueñes esas cosas, que yo soy muy decente, con las ideas de antes y además soy creyente.

Me voy a Misa de Gallo, que dura hasta la mañana; no me esperes despierto, te puedes ir a la cama.

La misa se suspendió y regresó la Tomasa, sin rezar un padrenuestro, mucho antes a su casa.

Al entrar al dormitorio, la sorpresa fue divina: el marido está en la cama con la joven vecina.

—Eres un sinvergüenza y un cabrón de marido; ahora me desnudo yo y formaremos el trío.

Los dos están sorprendidos mientras ella se desnuda; se mete pronto en la cama, ¡la va a liar cojonuda!

—Vecina, tú no te vayas, acompáñame en la juerga; daremos una lección a este marido de mierda.

Compinchadas las mujeres, le decían al marido: —Vas a saber lo que es bueno, esto de hacer un trío.

Se turnaron las mujeres, las dos dándole caña; le dejaron más seco que una vieja telaraña.

El hombre no podía más, estaba muy arrepentido, y le juró a su mujer: —Seré un buen marido.

Aprendió bien la lección, no sueña con fantasías; con una mujer le sobra para el resto de sus días.



miércoles, 7 de enero de 2026

Susto en la farmacia.

Susto en la farmacia

Aquel hombre tenía una amante, su mujer se marchó a la misa. «Vente a mi casa, cariño, que tenemos mucha prisa».

Contaba con el sermón que el cura daba en la iglesia, pero el cura se resfrió y acabó con gran presteza.

Después del primer asalto, él la tiene ya rendida, pero antes del segundo... ¡Oyen la puerta encogida!

«¡Cariño, vete deprisa! ¡Salta por el ventanal! No intentes ni vestirte, ya te llamaré mañana».

Y saltó por la ventana, pues era solo un primero; como si fuera de cine, la atrapó un caballero.

Con tal mujer en sus brazos, él no sabía qué hacer; la dejó en pie en el suelo y se echó pronto a correr.

Andar desnuda en la calle no le hacía mucha gracia; por evitar las miradas, se metió en una farmacia.

Allí se sintió segura y empezó a respirar; buscaba algún relajante para poderse calmar.

El boticario, al mirarla, se quedó mudo y perplejo: jamás entró una mujer enseñando aquel "conejo".

Pensó que la pobrecilla sufría de calentura, y que por eso venía completamente desnuda.

«Deje ya de contemplarme y atiéndame con premura. ¿No me diga que a su edad no ha visto una tía desnuda?».

«He visto tías desnudas, pero no aquí en la farmacia; estoy pensando una cosa que puede tener su gracia...

Trae las manos vacías por detrás y por delante: ¿de dónde sacará el pago para costear el calmante?».

«Necesito esa pastilla y una bata para taparme; dese prisa en las dos cosas y dejé ya de mirarme».

«Todo lo que estoy mirando no lo estoy asimilando; no sé si sigo despierto o si lo estoy imaginando».

Se desmayó el farmacéutico ante lo que tenía delante; ella le hizo el boca a boca... ¡Y además le dio un calmante!


El secreto de ,la Entrepierna.


 Qué orgulloso estaba yo con mi novia, la modista. Todos decían en el pueblo que era una chica muy lista.

Sabía hacer de todo, hasta un jersey de lana, remendaba bien las sábanas y sabía hacer la cama.

Y ese que parecía tonto, ¿cómo la habrá conquistado? ¿Con algunos polvos mágicos o qué leche le habrá dado?

Para tenerla contenta yo no sabía qué hacer; ella quiso progresar y eso lo empezó a torcer.

Hacía lindos vestidos con hermosas selecciones, pero se le puso en la cabeza empezar a hacer pantalones.

Tuvo un éxito tremendo de la noche a la mañana. Todos buscan lo moderno, abandonan los de pana.

Muchos mozos a probar con la chica tan moderna; ella empezó a comparar al medir tanta entrepierna.

Con tanto mozo esperando para tomarse la medida, me dedicaba menos tiempo y la encontraba más fría.

Sin poder contenerme empecé ya a sospechar. Le dije: «te noto fría, quizás me quieres dejar».

«Gracias por comprenderlo, eres una cosa tierna; pero es que eres muy bajito y mides poco de entrepierna».

Y ahí se acabó la historia, esto ocurre en ocasiones: se comparan entrepiernas al hacer los pantalones.


Todo por una mona


 Todo por una mona

Pasó Paco ante una tienda a última hora del día. Vio que vendían monas de las que hacen compañía.

Sin pensárselo dos veces, compró la mona tan mona. Pensó que le vendría bien, sin contar con la patrona.

Nada más llegar a casa, ya le dijo la mujer: —Hoy me duele la cabeza, no tienes nada que hacer.

Se acostó con la mona, que no dejaba de jugar. Le dejó tan satisfecho, que la invitó a almorzar.

Se la llevó al trabajo, la mona siempre animando. Él, la mar de contento, llegó a su casa cantando.

La mujer, sola en casa, sin tener nada que hacer; solo viendo cotilleos y la cena sin hacer.

Él cogió a su mona para enseñarla a guisar. La tenía de ayudante para aprender a cocinar.

—¡Marido, qué leches haces! Que me tienes hasta el moño. Vente rápido a la cama, cumple con el matrimonio.

—Entérate de que esta mona es alegre y juguetona; no le duele la cabeza, es una monada de mona.

Cuando esta puñetera mona haya aprendido a guisar, te puedes ir con tu madre a que te enseñe a cocinar.

La mona aprendió el oficio y sabe hacer un cocido. Trata al hombre mejor que esa mujer al marido.

No se puede comparar a la mujer con la mona. Espero que lo entendáis: ¡Todo esto es pura broma!

La noche del dilema.

 

La noche del dilema.

Para la noche de bodas ella tenía la duda: no sabía qué ponerse, si ir vestida o ir desnuda.

Era un dilema terrible, vaya apuro que tenía: ¿de qué forma a su marido más le impresionaría?

Preguntó primero a una amiga para pedirle consejo: ¿debe estar a la vista o escondido el conejo?

"Ponte algo muy sexy, que eso les mola montones; se les cae la baba y se ponen como leones".

No conforme con aquello, buscó una segunda opinión: le preguntó a su abuela, que de eso sabe un montón.

"Hija mía, yo esa noche me puse ropa de lana; ¡nos daba tales picores que lo hacíamos con gana!".

Aquello sonó a rancio, completamente pasado; así que consultó a su madre, de criterio más moderno.

"Madre, dame tu consejo, ¿qué ropa debo llevar? ¿Una que se quite pronto o que cueste de quitar?".

"Ponte la que tú prefieras, de Mango o de Desigual; con ropa sexy o antigua, al marido le da igual.

Y si quieres repetir, no te lleves ni una muda: la ropa siempre es estorbo... ¡Pasa la noche desnuda!".


El Negocio del Ángel

 

El Negocio del Ángel

Estaba el padre Manolo terminando de rezar, llegó una mujer con prisa que se quería confesar.

—Espere solo un momento, estoy pidiendo al Patrón que me facilite el dinero para una operación.

—¿Es una falta pequeña o es un pecado mayor? —Le estoy poniendo los cuernos al marido, con el Ángel Seductor.

—No conozco a ese ángel y no me suena de nada; cincuenta euros a la iglesia y la falta queda perdonada.

Al día siguiente otra dama con el mismito pecado; la penitencia fue la misma y el error fue perdonado.

Así pasó medio año, con las mujeres pecando; con tan alta penitencia el cura se iba forrando.

Nunca las recrimino, jamás les dijo "¡ya basta!", pues aquel Ángel Seductor le hacía ganar mucha pasta.

La parroquia era ya rica, cada día iba mejor; el cura se hizo gran fan de ese Ángel Seductor.

Un día llegó una visita, un hombre arrebatador; rápido le dijo al cura: —Soy el Ángel Seductor.

—Tú no puedes ser un ángel ni has caído desde el cielo; ¿tú no sabes que a este cura no se le toma el pelo?

—Aquí tiene mi carné, yo jamás le he mentido: soy Ángel de nombre propio y Seductor de apellido.

Las mujeres me comentan que lo suyo es la usura; o me da una comisión o yo las cambio de cura.


¿Te gustaría que le demos un formato especial (como una tarjeta o un diseño visual) para que puedas enviarlo por WhatsApp o imprimirlo?

El Párroco y sus Virtudes

 El Párroco y sus Virtudes

Era un joven cura, guapo y elegante, al que un coche nuevo le hizo un desplante. Su carácter noble cambió de repente: salió de noche y se mezcló con la gente.

Conducta muy rara para el sacerdocio, frecuentando siempre lugares de ocio. Son sitios de riesgo y muy peligrosos, donde los pecados resultan honrosos.

La iglesia llenaba con tantas mujeres, que allí descuidaban sus propios deberes. No rezan siquiera, ni se santiguan, mirando al curita sus penas averiguan.

Los hombres, ya moscas, no quieren rezar, por miedo, a las "hostias" que el cura pueda dar. Viendo que la parroquia se vuelve un gran cisco, fueron a denunciarlo ante el señor Obispo.

Perseguido siempre por tanta mala fama, el Obispo decide cambiar el programa. A un lugar muy solo lo mandó a vivir, para que el pecado deje de existir.

Le visita al tiempo para ver su estado, y saber si al fin se siente perdonado. "¿Se olvidó ya, hijo, de tantas mujeres? ¿Ha vuelto a cumplir con sus santos deberes?"

"De aquel solitario lugar, Padre mío, rompo una lanza con mucho brío. Me lo paso en grande, no tengo añoranza, pues paso los días con la Templanza".

"Y en segundo lugar, para mi felicidad, práctico día y noche, la Caridad". El Obispo queda de una sola pieza: "¿Cómo logras, hijo, tan alta pureza?"

Apareció Templanza a un silbido del cura, con gasas finas mostrando su hermosura. Y a un segundo silbido, llegó Caridad, con un gran escote y mucha calidad.

El Obispo, al ver aquel cuadro en la sala, creyó que el infierno le abría su ala. Se desmayó de un infarto ante tal escenario, y aún se recupera hoy en el santuario.

El Fugitivo por Error


El Fugitivo por Error

El hombre viaja tranquilo en su viejo utilitario, tarareando una canción en su trayecto diario.

No tiene ninguna prisa, disfruta del equipaje; el camino es entretenido y acompaña el paisaje.

Pero ve un control de tráfico... y no se quiere parar. Se pone algo nervioso y empieza a acelerar.

Si venía tan tranquilo y acelera sin motivo, la Guardia Civil sospecha: —"Algo esconde ese tío".

Le sigue un motorista, le rebasa y da el alto. Él sale tan nervioso que casi besa el asfalto.

—"Papeles y carné", le pide el agente allí. Pero todo está en regla, poco queda por decir.

Le revisan la guantera, el maletero también, y el guardia no encuentra nada que no marche sobre el riel.

—"Si todo está perfecto, por lo que estoy viendo... Dígame, caballero: ¿Por qué diablos va huyendo?

—"Mire, agente, lo siento, me intentaba esconder... estoy un poco nervioso por culpa de mi mujer.

Se fugó con un civil y mi miedo, al verle ayer, era que se arrepintiera... ¡Y me la quisiera devolver!

.Geografía del Deseo

 

Geografía del Deseo

Lo siento mucho, cariño, me tengo que trasladar. Es un trago amargo para mí el no poderte llevar.

Me subirán el sueldo, la empresa lo ha decidido. El destino será largo: me voy a Estados Unidos.

No estaré fijo en un sitio, tengo que visitar lugares, dormir en distintos hoteles y sudar en varias ciudades.

—Tendré que aceptarlo aunque sea de mala gana... pero no me la pegues con ninguna americana.

—Ni se te ocurra pensarlo, no dudes de mi moral. Te quiero con locura y soy un tío formal.

Te mandaré un WhatsApp, al menos uno al día. Cuidado con el horario, no te encuentre dormida.

Cariño, quiero que sepas que conocí a Carolina. Me enamoré de ella, es una cosa divina.

Cinco días inolvidables admirando su hermosura. Todo es imponente en ella, una auténtica locura.

Doy vueltas en la cama como si fuera una noria; en cuanto haya descansado, poseeré a Georgia.

Cansado ya de Georgia, aunque era muy divina, me mudo de colchón... a conocer Carolina.

—¿Tú eras el que respetaba? Eres un puro demonio. No hace falta que regreses, se acabó el matrimonio.

Si has gozado con tres y con ellas vas disfrutando... yo te he puesto los cuernos con el macizo de Orlando.

Virtudes y el "Tratante"

 

Virtudes y el "Tratante"

Os presento  la Ambrosia, una mujer de bandera, que gobierna al pobre marido con una mano muy fiera.

El marido es un buen hombre, un bendito, un ser divino, pero en cuanto pilla un duro se lo gasta todo en vino.

Viven allá en la aldea, donde acaban los trigales, compartiendo la vivienda con gallinas y animales.

Como son gente muy pobre y la bolsa está ligera, solo ven algún dinero si venden una ternera.

Ambrosía dice al marido: —
Ya llegó la primavera, nos hace falta una ayuda, vete a vender la ternera".

—"Mañana vas al mercado y no rebajes ni un duro, tienes que traerme a casa mínimo cincuenta duros.

Sacó cinco duros extra y cambió de parecer: —"Me siso este dinérico y Ambrosía ella lo va a saber".

Se fue directo al bar:  tomó café, copa y un buen puro, se buscó una mala moza y allí se fundió otro duro.

Regresó a casa tarde cantando por el camino, él no sabía de coplas, pero le ayudaba el vino.

Como no había farolas y la niebla estaba fina, se equivocó de portal... ¡Y se acostó con la gorrina!

¡Cuando lo vio, se queda toda de piedra: —Tú sacaste más dinero! Y vienés hecho una mierda

—"Llegas hecho un adefesio, encima hueles a cuadra, seguro sacaste más perras y te tiraste a una guarra".


El Sabueso de la Perfumería

 El Sabueso de la Perfumería

En una boutique de lujo, de esas de alto copete, las modelos son empleadas y el perfume es un juguete. Pero hay un encargado que, más que vender fragancias, prefiere oler los cabellos, acortando las distancias.

Es un hombre bondadoso, aunque un poco "pavisoso", con un vicio por el pelo que resulta algo vicioso. Las chicas no comprenden qué busca en su melena, ¡parece un setter irlandés que anda buscando la cena!

Están todas hasta el moño de este perro faldero, que fiscaliza el champú con rigor de carnicero: —"Hoy no te has duchado", te suelta con descaro, —"Tus pelos están revueltos, y huelen un poco raro".

Si tuviste noche brava y el amor te despeinó, él nota que el aroma a Dior se te esfumó. Y si tu pelo esta mañana exhala una dulce esencia, te suelta la pregunta con total impertinencia:

—"Hueles mucho a vainilla... dime, linda, chiquilla: ¿Has tocado los huevos o hiciste una tortilla?

Hartas de este "nariz" que se cree muy cotilla, piden a gritos al dueño que lo borre de plantilla. —"¡Es un pervertido!", gritan todas al unísono, mientras él sigue olisqueando con el gesto muy monótono.

Pero el dueño, que es zorro y de vuelta está de todo, responde a las modelos con un poco de recodo: —"Señoritas, por favor, no me sean tan sensibles, que un olfateo de pelo no produce daños que sean irreversibles".

Y aquí llega la madre de toda esta cuestión, la cruda realidad de nuestra humana condición: No importa que te huela un galán de un metro noventa... ¡Lo malo es que lo haga un canijo que no llega a los ochenta!


 

El Comercial en París

 

Comercial en París

En su primer viaje a Francia conoció a una francesa, una mujer imponente de los pies a la cabeza.

Como no hablaba francés y la quería conquistar, sacó papel y lápiz y la puso a dibujar.

Ella, que era muy lista, le siguió el juego al momento: le quitó el lápiz de un salto y dibujó su intención en un acento.

Pintó un parque con flores, un rincón muy discreto... Él pensó: "¡Ya la tengo! ¡Quiere probar mi amuleto!".

Tras varios trazos románticos, ella se sintió aburrida, y dibujó un vaso vacío que pedía una bebida.

No hace falta ser un lince ni tener mucha intuición: la francesa tenía sed... y él, una gran erección.

Después de varios cócteles, ella subió la apuesta: dibujó un hotel de cinco estrellas para dormir una siesta.

"Eso de gastar tanta pasta me complica la jugada", dijo él, haciéndose el sordo ante tal "encerrona" planeada.

Ella, torciendo el morro y ya con pocas ganas, le dibujó una cama grande... ¡Con sus sábanas y almohadas!

Él, con el dibujo en la mano, estaba ya que ardía: ¡Esto una española ni en mil años lo haría!".

Se imaginaba ya el "mambo", el sudor y las pasiones... "¿Cómo coño adivino... que vengo a vender colchones?

La Fabada de Antonio

 

La Fabada de Antonio

Este es el tal Antonio, albañil de primera, que le exige a su mujer más chicha en la tartera.

"Cómprame una bien grande", dice el muy pesado. Y ella, por no aguantarle, la ha llenado de un guisado...

Una fabada con todo, tocino de pata negra, con unos aliños raros que el estómago te alegra...

A la hora del almuerzo, el tío no se lo cree, va enseñando la tartera para que el resto la vea.

"¡Si te comes todo eso!", le dicen con gran susto, "te vas a caer del andamio o reventarás de gusto".

Subido ya en los hierros, Antonio no se aguanta. "¡Cuidado!", voy a cagar¡que la tripa se me espanta!".

Y mientras él está cagando,  y se encuentra concentrado, se desplomó todo el grupo con el andamio volcado.

Mueren dos compañeros, ¡qué tragedia más fuerte! Y él dice: "¡Viva la fabada, que me libro  de la muerte!".

Llega a casa y lo cuenta, tan pancho el caradura, sin pensar en los entierros ni en esas dos pobres viudas.

La mujer más sensible, lo lamenta compumgida.es una enorme tragedia. Para esas dos pobres viudas

"No te preocupes por ellas", suelta el tío tan simplón, "que el seguro les paga por lo menos un millón".

Y la mujer, que lo escucha, dice: "¡Tu suerte es cojonuda! Si no hubieras ido a cagar. Yo sería la tercera viuda.

El susto del soltero.

 


Fumador y borrachín, soltero y empedernido, por cuidarse siempre mal está seco como un higo.

Está tumbado en un banco en un lugar solitario; se le acerca una morena en su paseo diario.

Con una voz melodiosa le dice con mucho amor: «¿Sería usted tan amable de concederme un favor?».

Él no se puede creer que ella le pida un favor; con lo buena que ella está, no hay sueño que sea mejor.

«Solo tiene que decirme en qué consiste el favor; lo haré con mucho gusto, poniendo todo mi amor».

«Si es usted tan amable, acompáñeme a mi hogar; allí sabrá el motivo y le podré convidar».

Pasaron al dormitorio, hubo café, copa y puro; ella pidió, por favor, que la esperara desnudo.

Ni por lo más remoto pasó por su imaginación, que en su desordenada vida probaría tal bombón.

Él ya cree en los milagros, esto no pasa a menudo: sin terminar el café, el tío estaba desnudo.

Una habitación preciosa, una cama muy ancha; su figura es similar al Quijote de la Mancha.

Más contento que un jilguero cuando le ponen alpiste, dispuesto para la batalla tiene la lanza en ristre.

Con su lanza entre las manos su moral se viene abajo: eso no es una lanza, más bien parece un pingajo.

Entra ella en la estancia con su hijo de la mano, y le pide que contemple a ese extraño ser humano.

«Fíjate bien en este hombre, que lleva una mala vida: ¡así te quedarás tú si no te comes la comida!».

Menú para Peces

 Menú para Peces

Esa mujer me dejó seco, el orgullo y hasta la vida. Me cambió por un cartero de los de mensajería.

No era amor, era demencia, un vacío en las pelotas, quise borrar mi existencia y no dejar ni las botas.

Sin cartero en el distrito mi tragedia es absoluta: si me manda una denuncia, no hay quien traiga a esa corrupta.

Planeé mi propio desguace, un final limpio y discreto, que no encuentren ni trocito del cadáver incompleto.

Me fui al lago de los parias, donde el agua es puro lodo, donde mueren las plegarias y te pudres sobre todo.

Me puse en bolas al borde, un regalo para el fango, buscando que la corriente me bailara el último tango.

Me hundí con fe de suicida, ya notaba el fin del cuento, pero la fauna del río no entiende de sentimientos.

Vinieron cientos de peces, hambrientos de carne humana, y atacaron con sus dientes mi "lombriz" y mi desgana.

Me devoraron el prepucio, disputan mis testículos, el dolor es un negocio que no sale en los artículos.

¿El amor? ¡A tomar por culo! Grité como una ramera, mientras un enorme pez  me arrancaba la cadera.

Desperté a las doce y cuarto, comó un desesperado. menos mal que fué un sueño y me habia despertado.



El Infarto del Machote

 

El Infarto del Machote

Él es un tipo de risa, que toma la vida a guasa. Pero hoy anda compungido... ¡nadie sabe qué le pasa!

Siente un yunque en las costillas, pasó una noche fatal. Ya no aguanta ni un chiste, ¡se encuentra de funeral!

«Hoy no doblo yo el lomo», le confiesa a su mujer. «Me voy directo al doctor, ¡que me urge que me vea él!».

El médico lo examina con cara de gran espanto. Pide una ambulancia urgente: «¡Al hospital... o al camposanto!».

Tras diez días en la cama, sale el hombre con temor. El doctor le da un aviso: «¡Mucho ojo con el amor!».

«Lo hará usted con mucha calma, nunca al estilo conejo. O le da un patatús firme y allí deja hasta el pellejo».

Pero él no dice ni "miau", se las da de muy machote. Se pasa el aviso por el forro, ¡no teme al efecto rebote!

Se zampa una pastillita sin que la mujer se entere. ¡Ya no es tren de mercancías, es un cohete que hiere!

La mujer quedó aturdida, ¡se volvió loca de remate! Aquello no era un marido, ¡era un reactor en combate!

Ni el AVE, ni el tren bala, aquello era pura explosión. Atravesó las barreras de la misma aviación.

Al terminar la faena, quedó el pobre muy maltrecho. ¡Pero se le quitó el susto... y hasta el dolor en el pecho!

El secreto de María

 




El secreto de María

—María, dime a dónde vas, que parece que llevas prisa. —¿Mujer, a dónde voy a ir? A la casa de la Luisa.

No sé qué le pasará, pues me acaba de llamar; será por el nerviosismo de que pronto va a casar.

Tú sabes que a las novias yo les quito los defectos, para que el día de la boda lo tengan todo perfecto.

Si acaso le viene ancho, yo se lo puedo estrechar; a la medida que quiera se lo dejo por estrenar.

Y si peca de muy estrecho, yo se lo dejo a medida, para que cuando se lo meta sienta una gran alegría.

Pero si le viene justo, ahí no tengo nada que hacer; eso es cosa del novio, que él dé su parecer.

—Y si ella es de "vida alegre", ¿dime qué puedes hacer? —¡Tendré que hacerle mil pliegues para poderlo encoger!

—¡Eres una malpensada! Yo no hago distinciones; mientras a mí me paguen, arreglo a hembras y varones.

Para eso soy modista y es una virtud muy mía: ¡dejarles el vestido listo para que luzcan ese día!


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martes, 6 de enero de 2026

El Misterio del Aparato



 

El Misterio del Aparato.

—¡Pero qué guapa, María! ¡Qué lozana desde viuda! Se te ve toda alegría, sin rastro de la amargura.


—¡Ay, amiga, cuánta razón! Mi marido era un "garrapo", siempre había discusión por usar el aparato.

Ahora que ya estoy libre vivo como una sultana: el aparato es mi esclavo y lo uso cuando a mí me da la gana.

Me pillo mis buenas siestas, disfruto yo sola un rato, lo agarro con las dos manos... ¡y le enchufo al aparato!

Me tiro sobre el sofá, ¡eso es una gloria bendita! Y de tanto que disfruto me quedo pronto fritita.

Aquel "cierzo" de marido me decía todo el rato: «¡Quita tus manos de encima, ni me toques el aparato!».

—¡Pues el mío es diferente! Lo compartimos a ratos: yo le busco siempre el momonto0
... ¡y él enchufa el aparato!

Para eso nos casamos, para darnos el placer; si él me lo quiere enchufar, yo no me voy a oponer.

—¡No te confundas, amiga! Que eso también me gustaba, y los dos juntos gozábamos cada vez que lo enchufaba.

Pero lo mío es más grave, ¡escucha mi confesión!: ¡Es que el muy tacaño no soltaba... el mando de la televisión!

El Milagro del Doctor


 

El Milagro del Doctor

Llaman urgente al doctor, la familia entra en desvelo: una joven doncella quiere marcharse al cielo.

Al revisar a la chica, se lleva una sorpresa. "No es muerte, es catalepsia, aunque esté así de tiesa".

Pregunta a los parientes si la joven tiene novio. "Necesita, por vía urgente, un supositorio propio".

Nadie quiere ser testigo, el pudor los desconcierta. Y dejan al doctor solo... "operando" a la muerta.

Como está boca arriba, aprovecha la postura. Ignora el lugar redondo, va directo a la ranura.

Rápido surge el efecto al terminar de entrar; la "difunta" siente el roce y empieza a respirar.

Viendo que el truco funciona, repite la operación. La muerta salta del lecho cantando el alirón.

Al tercer supositorio brinca como una rana. Se arranca por Rosalía y baila por sevillanas.

Se despide del doctor con vítores y alegría: "Doctor, guarde el instrumento por si hay otra recaída".

Pasado un mes le llama, él vuela al consultorio. El doctor va bien armado con un gran supositorio.

La encuentra muy radiante, fresca como una rosa. "El remedio fue bendito, estás mucho más hermosa".

—"Ya no le ocupo, doctor, pues ya me busqué un novio. Él me da el cariño... y siempre me pone el supositorio.

Pero acaba de morir mi abuela, aquí la tengo, bendita... ¡Meta el dedo, doctor, a ver si me la resucita!".



El Hornero "Manos de Trapo"



El Hornero "Manos de Trapo"

Se las da de constructor haciendo hornos de barro, pero es un gran chapucero que no vale ni un cigarro. No ha hecho uno derecho desde que entró en el gremio, y al que lo llama "hornero" habría que darle un premio.

Se pringa hasta las orejas moldeando los adobes, y aunque le pone empeño, ¡no hay quien lo vea y no robe! Como usa barro y paja y es un poco descuidado, va siempre hecho un gorrino, perdido y embarrado.

El hombre no tiene letras ni sabe de ingeniería, y todo lo que levanta se dobla al tercer día. Como no tiene estudios ni oficio profesional, lo que empieza con orgullo acaba en un dineral.

Para cuadrar los ladrillos no encontraba la postura: si los ponía por fuera se le iba la estructura. El dueño le pega un grito: "¡Me has hecho una porquería!", y él contesta: "No se apure, que cambio de técnica hoy día".

"Ahora los pongo por dentro", dijo el tío muy convencido. Y el horno quedó niquelado, ¡ni el de un rico ha lucido! Aquello era una belleza, redondo y bien rematado, pero el tonto, por su cuenta, dentro se quedó atrapado.

Como hizo la puerta chica —porque es corto de entendederas—, no le pasaban los hombros ni aunque usara una escalera. Solo asomaba el hocico, con cara de circunstancias, mientras los vecinos ríen a base de bien las gracias.

¡Socorro!, grita el mendrugo, dentro de aquel cascarón. La que ha liado el "maestro" no tiene comparación. Pasa un borracho de vuelta, lo mira con duda aguda, y suelta: "¡Vaya con Dios, que se joda esa tortuga!".

La jubilada "madame"

La jubilada "madame"
 

Con una vieja "madama", la amistad era discreta, pero muy interesante por ser ella una alcahueta.

Se dedicaba al apaño, encuentros a comisión, con todas sus conocidas y con mucha discreción.

La cita era sorprendente, estaba ya apalabrada, rodeada de misterio: ¿sería soltera o casada?

Con el servicio pagado y la hora concertada, la "tía", en bolas con bata, se encontraba preparada.

Uno se ponía a cien, era una aventura loca; podía ser joven o vieja, o gorda como una foca.

Alguna vez salía bien, otras salía torcido, o se quedaba a medias por si llegaba el marido.

Todo era puro misterio cargado de intensas dudas; si te pillaba el esposo, ¡te daba una tunda de aúpas!*

Mucha emoción y suspense, era una aventura fina: ¡no hacía falta ir al gimnasio para quemar adrenalina!


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