El Viajero y el Matorral
El hombre va de viaje, sus faros casi no alumbran. Se cruza con otro coche y las luces lo deslumbran.
Baja la velocidad, el susto le entra en el cuerpo. Teme a la chica de la curva o encontrarse con un muerto.
La noche es tenebrosa, avanza sugestionado. Pega un frenazo de golpe al ver a un hombre tumbado.
En medio de la calzada, al comprobar su estado, es el muerto que temía: alguien ya lo ha atropellado.
Por no tocar al difunto, se sale de la carretera. Conduce a través del campo como en una gran carrera.
No mira por dónde va, cruza bosque y matorrales, toda clase de maleza y pinchos de los zarzales.
Cuando cree estar a salvo, tras mil sustos de perfil, regresa a la carretera... ¡Lo para la Guardia Civil!
—¡No fui yo quien lo mató! ¡No me culpen del delito! Cuando vi a aquel pobre hombre, ya estaba más que frito.
—De ese no te culpamos, ni por él tienes delito. Pero hay un segundo muerto al que tú sí has dejado frito.
Es de esos atropellos que parecen irreales: ¡Mataste al que estaba cagando en medio los matorrales!


























