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miércoles, 7 de enero de 2026

Menú para Peces

 Menú para Peces

Esa mujer me dejó seco, el orgullo y hasta la vida. Me cambió por un cartero de los de mensajería.

No era amor, era demencia, un vacío en las pelotas, quise borrar mi existencia y no dejar ni las botas.

Sin cartero en el distrito mi tragedia es absoluta: si me manda una denuncia, no hay quien traiga a esa corrupta.

Planeé mi propio desguace, un final limpio y discreto, que no encuentren ni trocito del cadáver incompleto.

Me fui al lago de los parias, donde el agua es puro lodo, donde mueren las plegarias y te pudres sobre todo.

Me puse en bolas al borde, un regalo para el fango, buscando que la corriente me bailara el último tango.

Me hundí con fe de suicida, ya notaba el fin del cuento, pero la fauna del río no entiende de sentimientos.

Vinieron cientos de peces, hambrientos de carne humana, y atacaron con sus dientes mi "lombriz" y mi desgana.

Me devoraron el prepucio, disputan mis testículos, el dolor es un negocio que no sale en los artículos.

¿El amor? ¡A tomar por culo! Grité como una ramera, mientras un enorme pez  me arrancaba la cadera.

Desperté a las doce y cuarto, comó un desesperado. menos mal que fué un sueño y me habia despertado.



El Infarto del Machote

 

El Infarto del Machote

Él es un tipo de risa, que toma la vida a guasa. Pero hoy anda compungido... ¡nadie sabe qué le pasa!

Siente un yunque en las costillas, pasó una noche fatal. Ya no aguanta ni un chiste, ¡se encuentra de funeral!

«Hoy no doblo yo el lomo», le confiesa a su mujer. «Me voy directo al doctor, ¡que me urge que me vea él!».

El médico lo examina con cara de gran espanto. Pide una ambulancia urgente: «¡Al hospital... o al camposanto!».

Tras diez días en la cama, sale el hombre con temor. El doctor le da un aviso: «¡Mucho ojo con el amor!».

«Lo hará usted con mucha calma, nunca al estilo conejo. O le da un patatús firme y allí deja hasta el pellejo».

Pero él no dice ni "miau", se las da de muy machote. Se pasa el aviso por el forro, ¡no teme al efecto rebote!

Se zampa una pastillita sin que la mujer se entere. ¡Ya no es tren de mercancías, es un cohete que hiere!

La mujer quedó aturdida, ¡se volvió loca de remate! Aquello no era un marido, ¡era un reactor en combate!

Ni el AVE, ni el tren bala, aquello era pura explosión. Atravesó las barreras de la misma aviación.

Al terminar la faena, quedó el pobre muy maltrecho. ¡Pero se le quitó el susto... y hasta el dolor en el pecho!

El secreto de María

 




El secreto de María

—María, dime a dónde vas, que parece que llevas prisa. —¿Mujer, a dónde voy a ir? A la casa de la Luisa.

No sé qué le pasará, pues me acaba de llamar; será por el nerviosismo de que pronto va a casar.

Tú sabes que a las novias yo les quito los defectos, para que el día de la boda lo tengan todo perfecto.

Si acaso le viene ancho, yo se lo puedo estrechar; a la medida que quiera se lo dejo por estrenar.

Y si peca de muy estrecho, yo se lo dejo a medida, para que cuando se lo meta sienta una gran alegría.

Pero si le viene justo, ahí no tengo nada que hacer; eso es cosa del novio, que él dé su parecer.

—Y si ella es de "vida alegre", ¿dime qué puedes hacer? —¡Tendré que hacerle mil pliegues para poderlo encoger!

—¡Eres una malpensada! Yo no hago distinciones; mientras a mí me paguen, arreglo a hembras y varones.

Para eso soy modista y es una virtud muy mía: ¡dejarles el vestido listo para que luzcan ese día!


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martes, 6 de enero de 2026

El Misterio del Aparato



 

El Misterio del Aparato.

—¡Pero qué guapa, María! ¡Qué lozana desde viuda! Se te ve toda alegría, sin rastro de la amargura.


—¡Ay, amiga, cuánta razón! Mi marido era un "garrapo", siempre había discusión por usar el aparato.

Ahora que ya estoy libre vivo como una sultana: el aparato es mi esclavo y lo uso cuando a mí me da la gana.

Me pillo mis buenas siestas, disfruto yo sola un rato, lo agarro con las dos manos... ¡y le enchufo al aparato!

Me tiro sobre el sofá, ¡eso es una gloria bendita! Y de tanto que disfruto me quedo pronto fritita.

Aquel "cierzo" de marido me decía todo el rato: «¡Quita tus manos de encima, ni me toques el aparato!».

—¡Pues el mío es diferente! Lo compartimos a ratos: yo le busco siempre el momonto0
... ¡y él enchufa el aparato!

Para eso nos casamos, para darnos el placer; si él me lo quiere enchufar, yo no me voy a oponer.

—¡No te confundas, amiga! Que eso también me gustaba, y los dos juntos gozábamos cada vez que lo enchufaba.

Pero lo mío es más grave, ¡escucha mi confesión!: ¡Es que el muy tacaño no soltaba... el mando de la televisión!

El Milagro del Doctor


 

El Milagro del Doctor

Llaman urgente al doctor, la familia entra en desvelo: una joven doncella quiere marcharse al cielo.

Al revisar a la chica, se lleva una sorpresa. "No es muerte, es catalepsia, aunque esté así de tiesa".

Pregunta a los parientes si la joven tiene novio. "Necesita, por vía urgente, un supositorio propio".

Nadie quiere ser testigo, el pudor los desconcierta. Y dejan al doctor solo... "operando" a la muerta.

Como está boca arriba, aprovecha la postura. Ignora el lugar redondo, va directo a la ranura.

Rápido surge el efecto al terminar de entrar; la "difunta" siente el roce y empieza a respirar.

Viendo que el truco funciona, repite la operación. La muerta salta del lecho cantando el alirón.

Al tercer supositorio brinca como una rana. Se arranca por Rosalía y baila por sevillanas.

Se despide del doctor con vítores y alegría: "Doctor, guarde el instrumento por si hay otra recaída".

Pasado un mes le llama, él vuela al consultorio. El doctor va bien armado con un gran supositorio.

La encuentra muy radiante, fresca como una rosa. "El remedio fue bendito, estás mucho más hermosa".

—"Ya no le ocupo, doctor, pues ya me busqué un novio. Él me da el cariño... y siempre me pone el supositorio.

Pero acaba de morir mi abuela, aquí la tengo, bendita... ¡Meta el dedo, doctor, a ver si me la resucita!".



El Hornero "Manos de Trapo"



El Hornero "Manos de Trapo"

Se las da de constructor haciendo hornos de barro, pero es un gran chapucero que no vale ni un cigarro. No ha hecho uno derecho desde que entró en el gremio, y al que lo llama "hornero" habría que darle un premio.

Se pringa hasta las orejas moldeando los adobes, y aunque le pone empeño, ¡no hay quien lo vea y no robe! Como usa barro y paja y es un poco descuidado, va siempre hecho un gorrino, perdido y embarrado.

El hombre no tiene letras ni sabe de ingeniería, y todo lo que levanta se dobla al tercer día. Como no tiene estudios ni oficio profesional, lo que empieza con orgullo acaba en un dineral.

Para cuadrar los ladrillos no encontraba la postura: si los ponía por fuera se le iba la estructura. El dueño le pega un grito: "¡Me has hecho una porquería!", y él contesta: "No se apure, que cambio de técnica hoy día".

"Ahora los pongo por dentro", dijo el tío muy convencido. Y el horno quedó niquelado, ¡ni el de un rico ha lucido! Aquello era una belleza, redondo y bien rematado, pero el tonto, por su cuenta, dentro se quedó atrapado.

Como hizo la puerta chica —porque es corto de entendederas—, no le pasaban los hombros ni aunque usara una escalera. Solo asomaba el hocico, con cara de circunstancias, mientras los vecinos ríen a base de bien las gracias.

¡Socorro!, grita el mendrugo, dentro de aquel cascarón. La que ha liado el "maestro" no tiene comparación. Pasa un borracho de vuelta, lo mira con duda aguda, y suelta: "¡Vaya con Dios, que se joda esa tortuga!".

La jubilada "madame"

La jubilada "madame"
 

Con una vieja "madama", la amistad era discreta, pero muy interesante por ser ella una alcahueta.

Se dedicaba al apaño, encuentros a comisión, con todas sus conocidas y con mucha discreción.

La cita era sorprendente, estaba ya apalabrada, rodeada de misterio: ¿sería soltera o casada?

Con el servicio pagado y la hora concertada, la "tía", en bolas con bata, se encontraba preparada.

Uno se ponía a cien, era una aventura loca; podía ser joven o vieja, o gorda como una foca.

Alguna vez salía bien, otras salía torcido, o se quedaba a medias por si llegaba el marido.

Todo era puro misterio cargado de intensas dudas; si te pillaba el esposo, ¡te daba una tunda de aúpas!*

Mucha emoción y suspense, era una aventura fina: ¡no hacía falta ir al gimnasio para quemar adrenalina!


N

Soledad.la solterona.



 



Soledad.la solterona.

Soledad, la solterona, anda supercabreada. Va repartiendo patadas a todo lo que se halla.

No levanta la mirada en su paseo diario, mascullando entre dientes por el parque solitario.

Entre paso y berrinche ve una lámpara tirada, y sin pensarlo dos veces le suelta una patada.

El genio que estaba dentro sale un poco cabreado: —¡Coño! Me has hecho daño, pero me has liberado.

No ha sido muy ortodoxo sacarme de esa manera; ahora soy tu esclavo, pídeme lo que quieras.

No concedo tres deseos, soy del planeta Neptuno; allí rigen otras normas: solo concedemos uno.

—Soy pacifista y estoy sola, mi vida es una mierda; ¡quiero que llames a Putin para que pare la guerra!

—Qué difícil me lo pones, no sé de diplomacia... mejor pídeme otra cosa, que esa no me hace gracia.

—Búscame entonces un novio: rico, guapo y con bondad, que me ame locamente y acabe mi soledad.

El genio se queda mudo: —¡Eso lo querría para mí! En este perro mundo no quedan tíos así.

Yo me pongo en tu lugar, es una petición bella... pero llamaré a Putin, ¡a ver si para la guerra!




Soledad, la solterona, anda supercabreada. Va repartiendo patadas a todo lo que se halla.

No levanta la mirada en su paseo diario, mascullando entre dientes por el parque solitario.

Entre paso y berrinche ve una lámpara tirada, y sin pensarlo dos veces le suelta una patada.

El genio que estaba dentro sale un poco cabreado: —¡Coño! Me has hecho daño, pero me has liberado.

No ha sido muy ortodoxo sacarme de esa manera; ahora soy tu esclavo, pídeme lo que quieras.

No concedo tres deseos, soy del planeta Neptuno; allí rigen otras normas: solo concedemos uno.

—Soy pacifista y estoy sola, mi vida es una mierda; ¡quiero que llames a Putin para que pare la guerra!

—Qué difícil me lo pones, no sé de diplomacia... mejor pídeme otra cosa, que esa no me hace gracia.

—Búscame entonces un novio: rico, guapo y con bondad, que me ame locamente y acabe mi soledad.

El genio se queda mudo: —¡Eso lo querría para mí! En este perro mundo no quedan tíos así.

Yo me pongo en tu lugar, es una petición bella... pero llamaré a Putin, ¡a ver si para la guerra!



Romance del Conde Celoso


 

Romance del Conde Celoso 

Parte el Conde hacia la guerra recién salido del altar, con la duda entre las cejas de a quién podrá ella abrazar.

—Esposo, yo os esperara, mas volved con prontitud, que el cuerpo se vuelve herrumbre si se acaba la virtud.

—Para evitar los agravios y dormir con devoción, os guardaré la entrepierna con este fiel cinturón.

—¡Marido, sois un desconfiado! —la Condesa le gritó—. ¿Tan poco vale mi honra que me ponéis tal candado?

—No es falta de confianza, es por lo que pueda ser, que en tiempos del Rey Arturo ya hubo cuernos que temer.

Y le encajó una herramienta que no valía un real, de mano de obra extranjera y de un hierro muy fatal.

La guerra, que era de un día, mil días se prolongó, y el Conde, tras tres inviernos, a su casa regresó.

Halló a su esposa crecida, ancha de carnes y talle, con el culo como un bombo y un hierro que no hay quien falle.

Perdidas están las llaves, el cincho está bien trabado, y el Conde, por más que tira, lo encuentra todo oxidado.

—¡Sois un ruin y un tacaño! —dijo ella con gran decoro—. ¡Esto no hubiera pasado si el cinto fuera de oro!

—Si de oro fuera la prenda —respondió el Conde burlón—, ¡ya te habrían robado el alma, el cuerpo y el cinturón!

—Pues ahora os fastidiáis, que no habréis de catar nada. ¡Marchaos por donde vinisteis, que mi puerta está cerrada!

Montó el Conde su caballo y a la batalla volvió, dejando a la esposa presa a que encuentre un limador.

Corrió ella tras el herrero, que con maña y con tesón, le fue limando los hierros... ¡y gozan de la ocasión!

El Conde halló una aldeana que le dio paz y pasión; sin pasar por la iglesia... ¡y sin tener cinturón!


¿Qué

La abuela futbolera..


La abuela futbolera..

 La Seguridad Social, no sabe qué está pasando; en los días de partido veinte terminan ingresando.

Tienen el mismo problema y en el idéntico lugar; dan cuenta a la policía para que empiece a investigar.

A pesar de los registros y de poner todo su empeño, no encuentran nunca la causa y los casos se van sucediendo.

A las doce de la noche, una abuela con premura, con una bolsa en la mano va a tirar la basura.

La pobre tropieza y cae, no se puede levantar; un policía la ve y la corre a ayudar.

Coge la bolsa la abuela y sale como un cohete, pero se le olvida un bolso que va lleno de billetes.

¡Qué mala suerte la abuela, una caída nefasta! El policía pregunta: «¿De dónde sacó la pasta?».

—Vivo justo aquí enfrente, en esa casa chiquita, con un jardín muy pequeño y una valla muy bajita.

Cuando empieza el partido, yo me pongo a vigilar con tijeras en la mano, porque saltan a mear.

Cuando el tipo está meando, completamente absorto, le digo: «Suelta la pasta o ahora mismo te la corto».

—Es un negocio redondo, ¡es usted una abuela dura! ¿Pero qué hay en esa bolsa que llevaba a la basura?

—Después de lo que ha visto, yo se lo voy a explicar: ¡son restos de "objetores" que no quisieron pagar!


El último vuelo de la bruja

 

El último vuelo de la bruja

Tiene una suegra tan "santa", tan noble y tan singular, que allá donde pone el pie no vuelve hierva a brotar.

Él le tiene un gran afecto, un amor casi profundo: ya le compró la parcela... ¡pero en el otro mundo!

Han pasado veinte años alimentando el rencor; ella se pone más tiesa, él se dobla del dolor.

Un día le dio un síncope, la vieja se quedó frita; voló desde la terraza la "pobre" tía maldita.

Al recibir la noticia se quedó tieso el cuñado, brindando porque por fin la bruja hubiera cascado.

Pero al llegar al asfalto la vio todavía viva, con una mueca de asco y la mirada agresiva.

En su último suspiro le escupió con sentimiento: "No te librarás de mí, seré tu peor tormento".

Él se ha quedado muy calvo, camina mirando el suelo, pues si se descuida un poco le llueve mierda del cielo.

Su sospecha se confirma: la bruja sigue acechando, se hizo paloma de plaza para vivirlo cagando.

No le des veneno al postre, mejor dale una sonrisa: irá al infierno contenta... ¡y se irá mucho más deprisa!


ilustracion para el ultimo vuelo de la bruja

El Último favor al marido"


 


El hombre exhala su aliento, le pregunta a su mujer: —Ya que me voy al infierno, dime si me has sido fiel.

—Eso es una grosería que no voy a contestar. A ver si cierras los ojos y vuelves a resucitar.

Tú siempre fuiste un putero, un cerdo de gran calado. Dime con cuántas mujeres me has el cuerno plantado.

—Yo estaba lleno de vida y me sobraba gasolina. Le enchufé la manguera a toda hija de vecina.

A tus amigas del colegio, en cuanto tuve ocasión; si les venía un catarro, les metía la inyección.

Como bien sabes, trabajaba en despedidas de soltera, y allí tenía que "cumplir", quisiera o no quisiera.

Vi salir humo de un bloque, ardía hasta la persiana; me "sacrifiqué" por tres viudas y les apagué las llamas.

Fui a un centro de acogida de mujeres separadas; las tuve que "consolar", estaban tan... abandonadas.

Paseando por el parque se me acercó un grupo; cuatro modelos hermosas querían probar mi canuto.

Recuerda aquel cumpleaños, entre tartas y regalos; a las madres de los niños les quité todos los males.

Soy un hombre caritativo y siempre muy cumplidor: si una mujer lo precisa, le hago siempre un "favor".

—Nunca llegué a imaginar que fueras tan "misionero"; siempre ayudando a las damas... ¡con el instrumento entero!

Por ser tan "benefactor" estás hoy aquí estirado. Tengo pruebas suficientes para haberte envenenado.

Vete tranquilo a la tumba, y entérate de una vez: mientras tú hacías "favores", ¡yo me estaba tiraba al juez!


¿Qué

Limonda del demonio y milagro de San Antonio



Limonda del demonio y milagro de San Antonio

 En aquel Madrid variopinto, atiborrado de casas de huéspedes y posadas de mala muerte, uno se cruzaba con personajes que se ganaban la vida de las formas más insospechadas. En una de esas, coincidí con un cura que, en lugar de preguntarme por mis pecados, me preguntó por mis amores: si tenía novia o si, al menos, aspiraba a ello.

—Ahora mismo no tengo ni a quién darle los buenos días —le confesé—. Está la cosa difícil; si no eres un tipo de anuncio o tienes buenas referencias, las chicas no te dan ni la hora. No me como una rosca, padre.

El cura, que parecía tener línea directa con el "departamento de emparejamientos" del cielo, me soltó: —En ese campo yo puedo ser tu celestino si sigues mis instrucciones. Te vas a la ermita de San Antonio de la Florida, le enciendes una vela al santo y sueltas una limosna generosa. Yo haré un poco de presión desde aquí rezando por ti. Ya verás; allí las modistillas van buscando novio como quien busca una rebaja.

Decidí probar suerte. Al fin y al cabo, la inversión era poca y, con el enchufe del cura, el santo me miraría con mejores ojos.

Al llegar, la magia (o el destino) hizo su entrada: una chica tropezó en los escalones y aterrizó frente a mí. La ayudé a levantarse con mi mejor porte de caballero y la escolté a un banco para examinarle la rodilla. Tenía un rasguño, así que saqué mi pañuelo —que milagrosamente estaba limpio—, se lo vendé y la acompañé a su casa, sintiéndome yo el mismísimo don Juan.

Su madre me recibió como si hubiera salvado a la infanta. Entre elogios y bendiciones, me plantó en el comedor y me sirvió una limonada mientras lavaba mi pañuelo. Pero entonces, soltó la bomba: me dijo que era vidente y que, en agradecimiento, me leería el futuro gratis.

Ahí mismo se me cortó la digestión. Mi educación de la niñez me dio un bofetón: para mí, una vidente no era una profesional del futuro, sino una sucursal de Lucifer en la tierra, una bruja de las de verruga y escoba. Mientras me echaba las cartas, yo solo pensaba en salir corriendo antes de que me saliera rabo o cuernos.

Las predicciones fueron maravillosas, pero yo no oía nada. Dijo que mi pañuelo era un talismán y que nuestra amistad sería eterna. Salí de allí con las piernas de trapo. Mi cabeza era una coctelera: las calles se movían, el metro parecía ir hacia el infierno y yo, que solo había bebido dos vasos de limonada, me sentía más borracho que un pirata en una bodega. Tenía unas ganas de mear de otro mundo, pero el susto me tenía el grifo cerrado. Llegué a la pensión flotando, convencido de que estaba poseído por un espíritu burlón.

¿Mi primera medida de exorcismo? Le prendí fuego al pañuelo. Si había hechizo, que se quemara con la tela.

Días después, le conté la "tragedia" al cura. El hombre casi se parte de risa: —¡Pero hombre de Dios! —me dijo—. Esa chica era la elegida, la joya de la corona, y la madre solo era una señora con mucha imaginación. Has suspendido el examen de fe por culpa de tus miedos de niño. Deja de buscar brujas donde hay suegras y pide perdón al santo, que si sigues así, la próxima vez no te va a mandar ni una mirada.

Me quedé con la duda de si volver a pedir ayuda, porque a ver qué otra prueba me ponía San Antonio... que la última casi me deja sin pañuelo y sin cordura.

El santo se portó bien, la chica estaba de vicio, yo buscaba una aventura, ¡y casi acabo en el hospicio!


lunes, 5 de enero de 2026

La abuela "chocolate"


 La abuela pasó mucha hambre, le encantan las golosinas, y siempre anda rebuscando por armarios y cocinas.

Su nuera, que es estreñida, no podía ir al váter, y se compró un buen laxante con forma de chocolate.

La abuela se encontró un día con aquellas maravillas: —¡Pero esto es una delicia, mejor que tomar pastillas!—

Con ansia se las comió por miedo a que la pillaran, sin saber que en pocas horas las tripas le reclamaran.

Nada dijo a la familia, salió la abuela corriendo; era ya demasiado tarde y estaba casi anocheciendo.

Nadie en casa se alarma, la abuela es fuerte y es dura; a veces desaparece en busca de alguna aventura.

Pues cerca vive un viudo al que llaman "Ojo Tuerto", y ella a veces se le acerca para que le riegue el huerto.

Al regresar, tiene mal aspecto, y todos pronto le preguntan: —¿Qué tal te fue con el Tuerto? ¿Por qué traes esa cara de susto?—

—Mejor me hubiera sentado una noche con el Tuerto; esta la pasé yo sola... ¡abonando todo el huerto!—



La abuela en el sex shop


 

La abuela en el sex shop

La abuela en el sex shop, nerviosa y preocupada; el dependiente la mira, no entiende nada de nada.

Se acerca con paso lento y no para de temblar; el joven le pregunta: —"¿Qué necesita comprar?"

—"Sáqueme usted una crema, que sea de las mejores, que me suavice la piel y me calme los picores".

—"Además de la pomada que me quite los picores, yo quería preguntarle: ¿aquí venden vibradores?"

—"¡Por supuesto, mi señora! se los traigo ahora mismo; este es el mejor local en temas de erotismo".

—"Verá... ya tengo uno bueno que me regaló el abuelo; como él ya no funciona, es mi pequeño consuelo".

—"Mas no logra recordar el lugar de adquisición; ¡se le fundieron los plomos al abuelo picarón!"

—"Usted, que es tan amable... ¿me podría informar? ¡Que el bicho entró en la almeja y no lo puedo parar!"

El joven, muy asustado, no sabía dónde mirar, mientras los estantes viejos no paraban de vibrar.

—"¡Traiga un mando a distancia o corte la luz del barrio, que me va a saltar la placa y hasta el último rosario!"

El chico, muerto de risa, le dio un consejo de experto: —"Abuela, si eso no para... ¡disfrute del desconcierto!"

Y así se marchó la anciana, brincando por la vereda, gritando: —"¡Que me quiten lo bailao'... mientras la pila me queda!"


¿Qué te pa

El juicio del abuelo.


El juicio del abuelo

En un juicio muy extraño, un abuelo es acusado por una mujer madura de haberla... "perjudicado".

Él ya pasa de los ochenta, ella ronda los cuarenta; ella pesa más de cien... ¡él no llega ni a cincuenta!

El abuelo se defiende: —¡Señoría, ella me ha provocado! Me pegó tal empujón que me dejó "espachurrado".

Es un tierno ancianito, nadie le conoce un vicio; tiene los bolsillos secos y un abogado de oficio.

Para probar la inocencia ante tales acusaciones, el juez ordena al letrado: —¡Bájele los pantalones!

Al bajar los pantalones, ven, como dos huevos fritos, cuatro pelos mal contados y un amago de pichito.

Empeñado en la defensa, se entusiasma el abogado; empezó a darle masajes... ¡y lo dejó casi estirado!

No respira ya el abuelo y se está palideciendo, que la cosa se calienta y termina así diciendo:

—¡No me estires más el pito! ¡Déjalo como al inicio! Que como se mueva el "bicho"... ¡aquí perdemos el juicio!


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sábado, 3 de enero de 2026

Promesa a la suegra.

 



Promesa a la  suegra.

El día que se casó, él quería quedar bien; prometió a su suegra llevarla a Jerusalén.

Ella, que es muy devota, no deja de pensar: «Este es el mejor yerno que me podía tocar».

Pasan días, pasan años, la promesa no es cumplida. La suegra le recuerda: —Ya me tienes aburrida.

—Querida y amada suegra, faltan muy pocos días; solo estoy esperando que toque la lotería.

Como si fuera un milagro, la lotería le tocó; se quedó sin argumentos, el plazo se terminó.

No tiene escapatoria ante tal situación; le comunica a la suegra: —Nos vamos en avión.

Visitar Lugares Santos le causa tal emoción, que la mujer queda tiesa de un ataque al corazón.

No quiere enterrarla allí, sabe muy bien lo que pasa; aunque le cuesta una pasta, decide traerla a casa.

La familia le comenta: —Has pecado de novato; haberla enterrado allí te salía más barato.

—Sois unos pobres diablos, solo pensáis tonterías. ¡Uno que murió allí resucitó a los tres días!

No quería correr riesgos, me tenía que asegurar; conociendo a mi suegra... ¡ podía volver a pasar!

Abuelo enamorado.


 El abuelo se enamora de una mujer desconfiada, que cree que a los sesenta se quedará embarazada.

—Yo quiero hacer el amor, pero con precauciones. Acércate a la farmacia, compra unos condones.

—Yo soy muy católica, creo en los milagros; me siento todavía joven y puede pasarme algo.

—Sí que sería un milagro, y para el clan un desastre; aunque los dos, la verdad, estemos para el arrastre.

—Eso te pasará a ti, yo estoy como una rosa. Seguro que tienes miedo de que no te rule la "cosa".

El hombre, a regañadientes, camina hacia la farmacia; pedir eso a su edad no le hace ninguna gracia.

Le dice la farmacéutica: —¿Cómo los quiere el señor? Los hay de varios colores y de diferente sabor.

El pobre queda asombrado ante tanta novedad; los sabores y colores le causan perplejidad.

—Rojos si está enamorado, —le dice con soltura—, o lléveselos morados si es solo una aventura.

—Los prefiero más discretos, de muy suaves colores. Pero entremos en el tema: ¿cómo son esos sabores?

—Los que más se venden hoy son menta con chocolate, y el que lo está petando: ¡fabada con aguacate!

—Olvidemos los sabores, ella no los va a chupar, que la dentadura postiza le cubre todo el paladar.

Tras mucho reflexionar ante tantas maravillas, le dice a la farmacéutica: —¡Los prefiero con varillas!


Cambios principales realizados:

El abuelo Mariano.


El abuelo Mariano.
 Esto le pasó a Mariano por levantarse temprano; para darse un paseo, con su bastón en la mano.

Con sus ochenta cumplidos, tenía que hacer ejercicio. Para él, dar un paseo se convirtió en un vicio.

Esta vez se alejó mucho hacia un campo muy florido. Se enredó con unas hierbas, cayó al suelo malherido.

Con un tobillo torcido trató de pedir ayuda. Era demasiado temprano: la ha liado cojonuda.

Con esfuerzo sobrehumano se consigue levantar; una vez que está de pie, le dan ganas de mear.

Solo le faltaba eso, está hasta los cojones. Para mear mucho mejor, se baja los pantalones.

Hay un bulto entre las hierbas y no se fija primero; apunta el pito hacia el bulto, ¡mea sobre un avispero!

Rápido es atacado por cientos de aguijones; todo se empieza a hinchar, no cabe en los pantalones.

Vuelve con esfuerzo a casa enseñando cebolleta. Nadie le presta ayuda: ¡creen que es de otro planeta!

Cuando lo ve la María, se queda medio aturdida, pero le dice: «¡Mariano, vente a la cama enseguida!».

Abuelo muy ligón.


 Abuelo ligón

Nacho: —¡Mira por dónde va el abuelo! y tú ni cuenta te das. Va con una tía maciza... ¿me la quieres presentar?

Amigo: —¿Para qué quieres conocerla, si eres un poco locuelo? Entérate de una vez: ¡que es la novia del abuelo!

Nacho: —No me vas a convencer, creo que estás vacilando. Esa piba es un bombón y él tiene noventa años.

Amigo: —A ver si te enteras, tronco, el abuelo es un ligón. Aunque le falten los dientes, puede chupar un bombón.

Nacho: —Seguro que la ligó para quitarse el estrés, y eso del "chupeteo"... ¡puede que sea al revés!

Al mirarla desde lejos, no parece ser muy lista. Será una aprovechada... o anda muy mal de la vista.

Amigo: —Ella ve a la perfección y es una tía muy lista: profesora en un colegio y, además, es catequista.

Nacho: —No me digas que esa tía, además de ser un bombón, le da clases al abuelo de Primera Comunión.

Amigo: —Eres un payaso, tío... Esa tía, un monumento, está enseñando al abuelo a cambiar el testamento.

Que se olvide del antiguo por estar muy desfasado, y que firme uno nuevo... ¡mucho más actualizado!


Una maravillosa suegra.




Una maravillosa suegra.

 En la sociedad se suele hablar mal de la suegra, pero este yerno la quiere y con ella se alegra.

Es una suegra genial, otras son unos bichos; ella lo cuida constante cumpliendo sus caprichos.

Le prepara la comida, le organiza la cena; es una gran cocinera, ¡su sazón es cosa buena!

Le plancha siempre la ropa, le deja limpio el piso; es como un ángel bueno caído del paraíso.

Sus croquetas son gloria, más ricas que un bombón, con ingredientes selectos y abundancia de jamón.

¡Y qué decir de la tortilla! Es para chuparse los dedos, con cebolla y con pimientos, y media docena de huevos.

Ronda por la cincuentena, está muy bien conservada, con buen tipo, sin arrugas y con la carne apretada.

Su hija es muy diferente, de otra generación: ni cocina, ni limpia, ni cose ni un botón.

Lo despertó su mujer cuando estaba soñando, que a la hermosa suegra ya se la estaba aliñando.

No tuvo más remedio que seguir con la juerga: cumplir con la mujer... ¡pero pensando en la suegra!


Dos abuelos en forma


 

Dos abuelos cachondos

Dos abuelos muy cachondos hoy rebosan alegría, pues celebran el cumpleaños los dos en el mismo día.

Reviven su juventud solos, sin sus mujeres, bebiendo buenos licores en busca de mil placeres.

Se pasan con la bebida, ya perdieron la costumbre, y están los dos más calientes que un cocido ante la lumbre.

En la casa del placer se ponen muy exigentes: quieren dos sin estrenar, con curvas y muy calientes.

La madame está apurada ante este plan tan extraño; les pide un dinero extra para evitarles el daño.

Al ver que los dos ancianos están en un plan lamentable, les soluciona el capricho con dos muñecas hinchables.

—Son dos chicas fantásticas, están aún sin estrenar; trátenlas con mucho afecto, les da vergüenza hablar.

—Me costó mucho encontrarlas, son casi como ahijadas. Los esperan desnuditas con las luces apagadas.

Estaban emocionados viviendo tal aventura, que no les dio casi tiempo a bajar la calentura.

Ya de camino a su casa cada cual cuenta su historia: si era vieja o era joven, o si alcanzó allí la gloria.

—La mía tenía la carne entre blandita y muy dura; creo que era muy jovencita, no tenía ni una arruga.

—Guapa como una muñeca, estaba de lo mejor; no dijo nada en el acto, ¡era muda, por favor!

—La mía estaba muy buena, también muda, me asegura; estaba al revés esperando y aproveché la postura.

—Le agarré bien las dos tetas, me puse como un mulo; fue una ocasión especial de aprovechar aquel culo.

—Para mí que era una bruja, pues la enchufé con tal gana, que soltó un pedo de trueno ¡y escapó por la ventana!

No asimilo qué pasó, no entiendo nada de nada: tengo el cuerpo magullado y la pilila destrozad

La protección del abuelo.


 


Abuelo protector.

El joven va por el campo en su paseo diario, admirando el paisaje en su fiel utilitario.

Es una mañana hermosa, nada importa en su destino, pero debe detenerse: hay piedras en el camino.

Tras un gran matorral aparece de pronto un abuelo; con pistola en mano apunta, y el joven cae al suelo.

—Te asustaste solo al verme, tienes pocos pantalones. Levántate ahora mismo, y bájate los calzones.

Él está desarmado, no le queda sino obedecer. Asustado le pregunta: —¿Qué es lo que tengo que hacer?

—Lo que te voy a pedir es una cosa sencilla: que agarres la piruleta y me hagas una pajilla.

Terminada la tarea, el pene apunta hacia el cielo. —¡Sigue con la segunda!— le ordena firme el abuelo.

No le queda más remedio, está solo allí en el monte; terminada la faena, mira el pene al horizonte.

Tiene que hacer la tercera por mandato del abuelo; esta vez, al terminar, el aparato mira al suelo.

Pega un tiro al aire el viejo, ¡qué cabrón es ese abuelo! Como por arte de magia, aparece una modelo.

—Es mi sobrina querida, que se había despistado; se perdió dando un paseo, ¡al fin la hemos encontrado!

—Seguiré con mi camino, pues me quiero relajar. Tú la llevarás a casa... ¡y la vas a respetar!


Treinteañera deseperada.


Soledad.la solterona.

 Una mujer desesperada entra a la iglesia a rezar, pues ya cumplió los treinta y está sin estrenar.

Rezó un año a San Antonio, ni un rosco se ha comido; cambió pronto de táctica invocando a Cupido.

Ni puñetero caso le hace, ella no se da cuenta: él prefiere juventud y olvida a las de treinta.

Rogó a toda figura que habita en el retablo; al ver que nadie escucha, ¡decidió hablar al Diablo!

Pero nada consigue, y ve que se equivoca; a un ser tan maligno rezar no le provoca.

Se acuerda de su padre, le llama hasta "cabrito", cuando el Maligno aparece y le dice a voz en grito:

—¡¿Qué coño quieres de mí?! ¡Me tienes hasta los cuernos! Que tengo mucho trabajo dirigiendo los infiernos.

—Te entregaría mi alma, te entregaría mi cuerpo; necesito con urgencia que disfruten de mi cuerpo.

—Veo que estás desesperada, vas a dejar de sufrir; te daré tanto calor que te vas a fundir.

Tuvieron muchas sesiones en verano y en invierno; ella ya nunca rezaba, él olvidó el infierno.

Un día le dijo al Diablo: —No soy una zorruna; te busqué por las facturas, no soy una facilona.

—Ni yo soy ese Diablo de tus quejas diarias... ¡Soy el cura del pueblo, que se vistió de demonio al oír tus plegariasLa mujer se quedó muda, con la boca bien abierta, al ver que el "Príncipe Oscuro" era el cura de la oferta.

Se ajustó la negra sotana el párroco pecador: —"Perdone usted, hija mía, lo hice por puro amor".

  1. Ella, que no era tonta, le respondió con malicia: —"Si el hábito hace al monje, el rabo hace la caricia".

    "Si Dios todo lo perdona, y el Diablo ya no me espanta, sigamos con las sesiones... ¡que me gusta su fe santa!"

    Y así pasaron los años, entre el rezo y el pecado, ella nunca estuvo sola, ni él volvió a estar amargado.

    Ya no invocaba a Cupido, ni al Diablo, ni al retablo, pues descubrió que en la iglesia... ¡se esconde mejor el diablo!



El muchacho y el "sesenta y nueve"


 

El muchacho y el "sesenta y nueve"

Era un muchacho atrasado de una aldea muy perdida, que marchó a la capital para mejorar su vida.

Trabajó en lo que pudo, sin recibir ni un beso; su sueño era ahorrar dinero y poder probar el sexo.

Neófito en la materia, nunca lo había probado; estar con una mujer lo tenía obsesionado.

Sin ninguna información y con muy poco dinero, pensó que sería barato meter vela en candelero.

Ahorró tan solo cincuenta, creyó que le bastaría para mojar el "churrito" en el pozo de una tía.

Pero no llega la pasta, no puede mojar el nabo: la que cobra más barato pide más de cien "pavos".

Se pone el pobre a llorar, le sale moco de pavo; pregunta qué puede hacer con sus míseros esclavos (50 pavos).

—Es muy poco, muchachito, no te llega para nada. Te haré el sesenta y nueve o una simple "mamada".

—Elijo el sesenta y nueve, que no sé qué coño es. Si me quedo satisfecho, ya te lo diré después.

La mujer era un "callo", no era la chica soñada; al verla allí, desnudita, tenía la panza hinchada.

Ella se puso por lo alto en extraña situación, y empezó a soltar "cuescos" que nubló la habitación.

—Si con solo tirar diez ya me tienes mareado... ¡faltan cincuenta y nueve! Moriré aquí asfixiado.

El pobre volvió a su pueblo, ahora odia la ciudad: donde esté la naturaleza... ¡hay pedos con calidad!


viernes, 2 de enero de 2026

«Adiós, cariño, me voy a tirar al río».


 Es un muchacho muy guapo que se merecía un diez, mas no conquista a ninguna por culpa de su timidez.

Sueña con besar a una chica, no encuentra nunca la manera; si se cruza con un gay, rápido cambia de acera.

Va paseando y pensando, y no deja de cavilar: ¿cuándo llegará ese beso que tanto desea dar?

De pronto ve a una joven subida sobre un puente; parece que quiere saltar y morir en la corriente.

—Muchacha, ¿qué vas a hacer? Si te lanzas a ese río, te arrastrará la corriente y morirás de frío.

—Eso a ti no te importa, lo que quiero es morir; en el estado en que estoy, no lo puedo resistir.

—Antes de saltar al agua y que todo eso te pase, yo te pido por favor: que un primer beso me des.

—Te daré más de un beso, si quieres, una centena; luego me tiraré al río para acabar con mi pena.

Se dieron cientos de besos, y cuando él se quedó frío, ella dijo: «Adiós, cariño, me voy a tirar al río».

—No entiendo tu obsesión, ¿a qué viene tanta pena? Si eres joven, eres guapa y además estás muy buena.

—Mi problema es muy grave, soy un chico muy complejo: mis padres no me dan dinero... ¡para cambiarme de sexo!

El movil de mí juventud..

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 Movil de juventud

En mi juventud no había tecnologías de ahora; el móvil no existía, la campana era la emisora.

Había un toque para todo con mil interpretaciones: uno para ir a la iglesia, otros para las reuniones.

Eran sonidos distintos: si era rápido, era misa; si se anunciaba un incendio, se tocaba más deprisa.

Las ánimas del purgatorio también eran recordadas: al caer la tarde se oían tres veces tres campanadas.

El día de algún entierro se rendía un homenaje, doblando con paso lento deseando un buen viaje.

Con un sonido perfecto, si era bien ejecutado, llegaban las noticias hasta el pueblo de al lado.

El cura tocaba a misa y subía al campanario; con fuerza daba los golpes para rezar el rosario.

Hoy ya no suben la torre, las tocan desde debajo; no quedan curas tan jóvenes que puedan con el badajo.

Había expertos famosos, de alguno yo me acuerdo; en aquella sociedad eran orgullo del pueblo.

Daban hermosos conciertos que podías escuchar sin pagar una entrada, en el centro del lugar.

La juventud de otros tiempos repicaba cada día... ¡Hoy no queda quien se atreva a subir con alegría!


Contemplado monumentos.


Contemplando monumentos.

Estoy sentado en un banco, me pongo a reflexionar en la de monumentos que se pueden contemplar.

Es como cuando uno compra una caja de bombones: los hay de todos colores y de todas las naciones.

Una, color chocolate... ¿Estará dulce o amarga? Solo se puede opinar si uno pudiera probarla.

Ahora pasa una morena, morena de rayos uva; seguro estará sabrosa como el zumo de la uva.

Una rubia, platino, con un tipo tan perfecto que la miro con disimulo y no le encuentro un defecto.

Ahora se acercan dos con bastante "material", como para hacer dos puentes y una gran catedral.

Una china superblanca, con su piel muy delicada; me parece una muñeca para ser coleccionada.

Un conjunto de maduras... y me estoy dando cuenta de que siguen muy bonitas al pasar de los cincuenta.

Ya no digo ni un piropo, pues no les hace mucha gracia; pero si me dicen "guapo", yo siempre doy las gracias.

No hace falta viajar mucho si vives estos momentos: sentado en un simple banco se contemplan monumentos.


 

Historía de un emigrante.



Historia de un familiar que emigró con ilusión, y tuvo que regresar por una gran depresión.

Argentina era la meta, un gran país con futuro; España era la miseria, donde no se hallaba un duro.

Más o menos como ahora, quizá un poco diferente; es una historia ya antigua, allá por 1920.

Trabajó en mil oficios, llegó hasta a mendigar, y al verse tan derrotado, decidió al fin regresar.

¿Qué sucede en el pueblo? Al volver así, humillado, ya nadie quiere mirarlo y todos le dan de lado.

Solo admiran al que triunfa, al que tuvo mucha suerte; él no tiene qué comer, solo desea la muerte.

Cualquier cosa que se mueva le sirve para ser guisada, y la gente de la aldea lo observa siempre asombrada.

Culebras, aves e insectos... para él son una suerte; come todo lo que pilla, perdió el miedo a la muerte.

Los cocina con sus hierbas, nunca le sucede nada; comiendo lo que da el campo su dieta está equilibrada.

Todos huían de su paso, nadie le mostró cariño, y llegaron a decir que devoraba a los niños.

Vivió muchos años solo, no dejó ni descendencia; fue pronto un hombre olvidado, sin nombre y sin una herencia.


El tesoro del rey moro.


 Los abuelos nos contaban historias sobre los moros, que pasaron por el pueblo y escondieron sus tesoros.

Decían que eran califas, amantes de los placeres, no tenían que trabajar y tenían cien mujeres.

Adornaban con el oro sus comidas favoritas, así, al ir a defecar, les salían las pepitas.

Nunca las recolectaban por salir algo manchadas; las tiraban hacia el río para que fueran lavadas.

Si en el río tú te bañas y ves pepitas de oro, no dejes de investigar: ¡hallarás un gran tesoro!

Si encuentras un buen montón, ese es el botín del moro; lo que dice la leyenda es que aquel es el tesoro.

Si te bañas por la noche, podrás ver ese tesoro; verás brillos en el agua: son las pepitas de oro.

Mas luego nos dimos cuenta de que todo era tontuna: lo que brillaba en el agua era el brillo de la luna.

Pero un joven muy borrico la leyenda se creyó, y buscando aquella herencia en lo profundo saltó.

Nunca consiguió salir, hoy todavía lo buscan; como no sabía nadar... ¡bajo el agua lo disfrutan!


C

"Es muy facil predicar".

ES MUY FACIL PREDICAR
 Hace ya muchos años, el domingo era sagrado. Era día de oraciones, pues así estaba estipulado.

Aunque fueran gente pobre de economía maltrecha, debían dar a la iglesia parte de su cosecha.

El cura, que mandaba tanto, vio a un hombre trabajando. Maldijo toda su siembra por no pasar el día rezando.

Con poco para  sembrar, tuvo una mala cosecha. Su familia pasó hambre y quedó muy maltrecha.

Entre rezos pide a Dios que ocurra pronto un milagro, que le envíe el maná del cielo para poder comer algo.

Pero el maná nunca llega y la miseria acentúa. Se le ocurre al pobre hombre pedir una ayuda al cura.

—"¡Eres tonto del culo por creer en lo que digo! Una cosa es predicar, y otra es darte trigo".

Pasó un invierno tremendo, fue una etapa muy dura. Jamás volvió por la iglesia ni a fiarse de los curas.

Segunda Parte: El sudor y la tierra

Pasaron los calendarios, la nieve se fue fundiendo, y aquel hombre, con sus manos, un destino fue tejiendo. No esperó más milagros ni miró nunca hacia el cielo, buscó el pan en la fatiga y el consuelo en el suelo.

Labró de sol a sol, sin descanso y con empeño, siendo él mismo su maestro, su destino y su dueño. Y la tierra, que es agradecida con quien de verdad la cuida, le devolvió con creces lo que el cura le dio por perdida.

Sus graneros se llenaron, hubo lumbre en su hogar, y sus hijos, ya crecidos, no volvieron a rezar. Pues aprendieron la herencia que el padre les enseñó: "Dios no llena la barriga si el brazo no se movió".